El celular se me resbaló de las manos y golpeó el suelo con un golpe seco.
—No... esto es una broma —susurré, sintiendo cómo un sudor helado me cubría la nuca—. Es una maldita broma.
Salté de la cama y encendí el monitor de mi computadora. La luz azul de la pantalla me golpeó las retinas: 14 de agosto, 6:15 a.m. Salí corriendo al pasillo, descalzo, y tomé el celular de mi madre que se cargaba en la repisa. 14 de agosto. Bajé las escaleras de dos en dos, tropezando, y encendí la televisión de la sala en el noticiero matutino. El presentador hablaba del clima monótono mientras, en la esquina inferior de la pantalla, la fecha parpadeaba, burlándose de mí.
Había regresado. El tiempo se había fracturado, pero mi mente conservaba cada herida. Mi respiración se aceleró hasta convertirse en un jadeo. Si era la mañana del 14, eso significaba que Blanca no llegaría a la escuela hoy. Significaba que la habían secuestrado anoche.
¡Estaba viva! Atrapada, aterrada, pero viva.
La adrenalina barrió con la tristeza de golpe. Esta vez no habría policías incompetentes, ni salas de espera, ni interrogatorios donde me trataran de loco. Esta vez, las reglas las ponía yo.
Me vestí en tiempo récord y salí corriendo hacia la casa de Blanca. El aire frío de la mañana me quemaba los pulmones, pero no disminuí el paso. Llegué al pórtico y toqué el timbre, tratando de controlar el temblor de mis manos.
La puerta se abrió. Lourdes apareció en bata, sosteniendo una taza de café caliente. Su rostro estaba relajado, sin la sombra de muerte que le vi en la morgue.
—¿Emanuel? —Me miró con sorpresa, esbozando una sonrisa—. Qué milagro tan temprano. ¿Buscas a Blanca? Tuve que tragar saliva gruesa para que mi voz no se quebrara. Estaba viendo a una madre que aún no sabía que su mundo estaba siendo destruido. —Sí... —logré articular, metiendo las manos en los bolsillos para ocultar mi nerviosismo—. Quería ver si nos íbamos juntos a la escuela. —Ay, muchacho, te ganaron. Blanca pasó la noche en casa de Ana. Me mandó mensaje ayer diciendo que se irían directo desde allá.
El estómago se me revolvió. El mensaje. El asesino o Blanca, obligada, había enviado ese mensaje para ganar tiempo. —Ah, ya veo —esbocé la sonrisa más falsa de mi vida—. Qué distraído soy. Gracias, Lourdes. Nos vemos luego.
Me di la vuelta y bajé los escalones lentamente, fingiendo calma. En cuanto doblé la esquina y la perdí de vista, eché a correr con todas mis fuerzas.
Conocía la ruta exacta que Blanca tomaba para ir a casa de Ana. Solo había un punto oscuro, un callejón estrecho y sin salida que acortaba el camino, el mismo que había visto en mis pesadillas. Al llegar, la calle estaba desierta. Las sombras de los edificios aledaños mantenían el callejón sumido en una penumbra fría.
Caminé lentamente, analizando cada centímetro del asfalto. Había bolsas de basura amontonadas y el olor a humedad era sofocante. Me agaché junto a los contenedores, escarbando entre desperdicios y cajas húmedas.
Y entonces lo vi.
Medio oculto bajo una capa de hojas mojadas, estaba su celular. La funda negra lo hacía casi invisible. Lo tomé con reverencia; la pantalla estaba estrellada y no encendía. Batería muerta. Lo guardé en mi bolsillo como si fuera oro.
Seguí el rastro visual desde donde encontré el teléfono hasta la salida del callejón. El pavimento estaba marcado. Mi sueño no se había equivocado.
Me agaché para examinar las huellas. No eran de un sedán común. Eran neumáticos todoterreno, anchos, con tacos de goma profundos y agresivos. Pero lo que me heló la sangre fue lo que había incrustado en el dibujo de las llantas: tierra seca. Una arcilla rojiza, densa y muy particular.
Mi mente hizo click. San Luis Potosí tenía las calles pavimentadas, pero si salías de la ciudad hacia los viejos caminos mineros rumbo al Cerro de San Pedro o las faldas de la sierra, esa era exactamente la tierra que destrozaba cualquier auto normal. Alguien no compraría llantas de ese calibre para andar por el centro; el vehículo pertenecía a esa zona árida y escarpada. El Asesino M operaba desde la periferia montañosa.
Saqué mi teléfono, tomé fotos detalladas de las huellas y del lodo rojizo, y corrí de regreso a casa.
Las siguientes horas fueron un frenesí. Encerrado en mi cuarto, conecté el celular de Blanca a la corriente y me senté frente a la computadora. Descargué mapas topográficos, crucé imágenes de llantas todoterreno y busqué propiedades abandonadas en las antiguas rutas mineras. La luz del sol atravesó mi ventana, cambiando de tono hasta volverse naranja, pero no me moví de la silla.
Mis ojos ardían por el brillo del monitor. El celular de Blanca finalmente encendió, pero estaba bloqueado por un código que yo no conocía.
La frustración y el cansancio acumulado comenzaron a pasarme factura. La cabeza me daba vueltas. Apoyé la frente sobre el escritorio, solo por un segundo, para descansar los ojos.
La oscuridad me tragó de inmediato.
El olor a humedad y concreto. El parpadeo enfermo de la bombilla en el sótano.
—Despierta, princesa. Es hora de la segunda ronda —susurró la voz rasposa, reverberando en las paredes de piedra. Dos sombras se desprendieron de la oscuridad. El calor en la habitación aumentó, asfixiante, con olor a hierro y miedo.
—¡No! ¡Por favor, suéltenme! —El grito de Blanca era un alarido de puro terror, rasgando el silencio del sótano.
Pude escuchar el tintineo metálico de la yerra acercándose al fuego.
—¡SUÉLTENME! ¡SUÉLTENME! ¡SUÉLTENME!
Desperté de un salto, tirando la silla hacia atrás con un estruendo. Tenía el pecho empapado en sudor y el grito de Blanca aún resonando en mis oídos.
El tiempo se acababa.
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Editado: 21.05.2026