Conexión

Capítulo 6: Ecos en la Línea

El dolor en mi cuello me despertó de golpe. Me había quedado dormido sobre el escritorio. La pantalla de la computadora me devolvía la mirada con una crueldad digital: 14 de agosto, 11:30 a.m.

Había perdido horas valiosas. Blanca llevaba casi doce horas en ese infierno y yo seguía encerrado en mi cuarto.

El lodo rojizo y las marcas de las llantas todoterreno apuntaban hacia los caminos mineros abandonados en las afueras de la ciudad, rumbo al Cerro de San Pedro. Pero esa zona abarcaba decenas de kilómetros de desierto, minas muertas y propiedades en ruinas. Si iba a ciegas, tardaría semanas en encontrarla. Necesitaba reducir el radio de búsqueda, y la única forma de hacerlo era rastrear los pasos previos del Asesino M.

Tecleé furiosamente en el buscador. Me salté las noticias amarillistas y encontré un foro de casos sin resolver. Había un hilo dedicado a sus víctimas. Zaira, Camila, Zoé... Direcciones, fechas, lugares de desaparición.

Anoté las ubicaciones en mi celular, pedí un transporte por aplicación y salí corriendo de casa. Mi pecho era un tambor constante de ansiedad.

El primer destino fue en la zona poniente de la ciudad, un fraccionamiento de alta seguridad con residencias que parecían fortalezas de cristal y acero. Logré pasar la caseta de vigilancia escabulléndome detrás de un camión de reparto. Al tocar el timbre de la mansión Mejía, me recibió una mujer mayor. Su postura era rígida, pero sus ojos estaban hundidos en sombras de insomnio.

—¿Sí? ¿Quién es usted? —preguntó a través del interfón, sin abrir la pesada puerta de madera. —Señora, mi mejor amiga fue secuestrada anoche por el mismo hombre que se llevó a su nieta, Zaira. —Fui directo al grano, sin cortesías. No tenía tiempo—. Necesito saber si la policía encontró algún rastro en su cuerpo. Tierra, polvo, lo que sea.

Hubo un silencio pesado. La puerta se entreabrió lentamente, sujeta por una gruesa cadena de acero. La abuela de Zaira me observó con una mezcla de lástima y escepticismo. —Los detectives dijeron que había polvo en su ropa —murmuró, con la voz quebrada—. Polvo de piedra caliza y residuos de plata oxidada. Dijeron que no servía de nada, que toda la ciudad está rodeada de cerros... Lo siento mucho, muchacho. Estás persiguiendo a un fantasma.

Piedra caliza y plata. El Cerro de San Pedro. Estaba en lo correcto. Le agradecí con un asentimiento brusco y corrí hacia la avenida para tomar otro taxi.

El contraste fue brutal. Media hora después, me encontraba en un barrio desgastado en el norte de la ciudad, esquivando charcos de agua sucia y perros callejeros. Golpeé la puerta de la casa de Camila Yaggue.

Un hombre corpulento abrió de un tirón. Llevaba una camiseta manchada, el olor a cerveza rancia emanando de él como una nube tóxica. —¿Qué diablos quieres? —gruñó. —Estoy rastreando al hombre que se llevó a Camila —escupí, manteniendo la mirada—. Mi amiga acaba de desaparecer. ¿Dónde la encontraron a ella? ¿Hacia qué dirección apuntaba el rastro? El hombre soltó una carcajada seca, carente de cualquier humor. Me barrió con la mirada de pies a cabeza. —¿Tú? ¿Jugando al detective? Mírate, rubiecito. Pareces un niño asustado. Ese infeliz te va a masticar y a escupir los huesos. —¡Dígame dónde la encontraron! —grité, golpeando el marco de la puerta con el puño cerrado.

Mi arranque de ira debió sorprenderlo, porque dejó de reír. —En el basurero clandestino cerca de la Carretera Federal 57 —respondió, cerrando la puerta en mi cara—. Estás muerto, niño.

La Federal 57. La misma carretera que conectaba con la ruta a las minas. El cerco se estaba cerrando.

Solo me quedaba una parada. Zoé Galera. Llegué a su dirección a pie, con los pulmones ardiendo y el sol del mediodía castigándome la nuca. Una mujer con un vestido azul marchito estaba barriendo la acera frente a su casa. Cuando le mencioné el nombre de su hija y el secuestro de Blanca, dejó caer la escoba.

A diferencia de los demás, ella no me bloqueó la entrada. Se sentó en el borde de la banqueta, como si el peso de mis palabras le hubiera quebrado las piernas.

—Los policías son inútiles —susurró la mujer—. Me dijeron que la agarraron en silencio. Pero es mentira. Yo estaba al teléfono con mi Zoé cuando pasó. Eran las once de la noche. Iba saliendo de la panadería "Cookie", la que está abierta 24 horas junto al puente. Me arrodillé frente a ella, sacando mi celular para abrir el mapa. —¿Qué escuchó, señora? ¿Cualquier sonido, por mínimo que sea? ¿Un claxon? ¿Voces? —Escuché el motor —dijo ella, con la mirada perdida en el asfalto—. Sonaba pesado, como una bestia tosiendo. Y después... los gritos de mi niña. El motor aceleró y, justo antes de que se cortara la llamada, escuché el tren. El silbato del tren de carga de medianoche pasando por las vías viejas.

Un escalofrío me recorrió la espalda. El rompecabezas estaba completo. Si el secuestrador tomó a Zoé en la panadería junto al puente, y segundos después se escuchó el tren de carga, solo podía haber tomado una ruta de escape para evitar el tráfico: el camino de terracería que cruza las vías viejas y sube directamente hacia la zona minera del Cerro de San Pedro.

El lodo rojizo, las llantas todoterreno, la piedra caliza y la ruta de escape. Todo apuntaba a un solo lugar.

Miré a la madre de Zoé. Sus ojos estaban llenos de lágrimas contenidas. —Sé que no puedo devolverle a su hija —le dije, poniéndome de pie, sintiendo cómo una determinación fría como el hielo reemplazaba mi miedo—. Pero le doy mi palabra de que esta noche, ese maldito no se llevará a nadie más.

Guardé el teléfono en mi bolsillo y caminé hacia la avenida. Ya no necesitaba investigar. Ya sabía dónde estaba la cueva del monstruo. Era hora de cazar.



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En el texto hay: crimen, juvenil, ficcion

Editado: 21.05.2026

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