Conexión

Capítulo 9: El Precio de la Verdad

El zumbido del aula me taladraba los oídos. La voz de la profesora era un eco lejano, ininteligible. Apoyé la cabeza sobre el frío plástico del pupitre y cerré los ojos, solo un segundo.

—Mamá… Emanuel… por favor… —La voz de Blanca era un hilo de seda deshilachada.

El sueño me golpeó como un mazazo. Estaba allí, en el sótano, pero esta vez el aire era denso y el olor a metal oxidado era tan real que me hizo toser. Blanca estaba atada, su rostro cubierto de cardenales.

—¿Qué tanto dices, estúpida? —Un hombre con el rostro oculto tras una máscara de tela gruesa le asestó una bofetada brutal. La cabeza de Blanca se ladeó, colapsando contra su hombro.

Desperté con el corazón martilleando mi pecho, empapado en sudor frío. Ya no era solo una visión repetida. El bucle estaba cediendo ante mi voluntad, pero el costo era altísimo: mi propio cuerpo se estaba agotando.

Sin pensarlo, salí del salón, ignorando los gritos de la maestra. Corrí a casa con un solo objetivo. Entré al baño y busqué el frasco de Temazepam de mi madre. La primera pastilla no fue suficiente. Ni la segunda.

Me tragué tres de un golpe con un sorbo de leche agria. La habitación comenzó a oscilar, perdiendo sus bordes. Cuando finalmente caí en el trance, el sótano se desplegó ante mí con una nitidez dolorosa. Mis manos atravesaban a Blanca como si ella fuera aire, pero podía sentir la vibración de su miedo.

Subí las escaleras.

Esta vez, no hubo neblina negra. Crucé hacia la sala de la casa. Era una construcción rústica, cimentada sobre piedra volcánica y vigas de madera vieja. Estaba allí, en algún lugar del desierto minero. Pero antes de poder llegar a la puerta principal para ver la fachada, una oscuridad viscosa empezó a filtrarse por mis poros. El efecto de la pastilla se desvanecía.

Desperté con el cuerpo entumecido, los músculos gritando. Eran apenas las tres de la tarde. El tiempo se me escapaba entre los dedos.

Más. Necesitaba ver más.

Tomé el resto del frasco. Cinco pastillas. La desesperación es un veneno que uno se sirve a sí mismo. El mundo se apagó y volví al sótano, pero el escenario se había deformado. Las paredes de piedra ahora palpitaban como si fueran arterias. Las risas de los secuestradores en la planta alta no eran risas, eran chillidos de insectos.

—¿Lista para otra ronda? —La voz del secuestrador sonaba como un rugido de motor.

Mi furia fue volcánica. Me lancé contra ellos, tratando de golpear, de desgarrar, pero mis puños atravesaban la materia. Era un espectro impotente, un testigo invisible del horror.

Ya no podía despertar. La dosis había sido demasiado alta. El sótano empezó a desmoronarse, transformándose en un pasillo estéril y cegador. Un hospital.

El sonido de una alarma de signos vitales, constante y monótona, me perforó el cerebro. Beep. Beep. Beep.

—¡Presión bajando! ¡Lo perdemos! —La voz de un médico retumbó como si estuviera bajo el agua.

Me vi a mí mismo desde la altura. Estaba en una camilla, convulsionando, mis padres llorando junto a un monitor que mostraba una línea errática. Mi cuerpo en el hospital estaba pagando el precio por lo que mi alma estaba viendo.

—¡Mamá! ¡Papá! —Grité, pero solo salió un gemido que mi cuerpo físico replicó en la sala de urgencias—. ¡Estoy aquí, no me dejen!

Mis piernas flaquearon. La visión del hospital se estaba disolviendo en un charco de tinta negra. Sabía que si no salía ahora, no volvería a despertar. Me arrastré por el suelo de la sala de urgencias, atravesando la puerta de cristal con mis últimas fuerzas, buscando desesperadamente la fachada de la casa de los secuestradores, el único dato que faltaba para completar el rompecabezas.

Al salir, el aire frío de la noche me golpeó la cara. El hospital desapareció. Me encontré de rodillas en un terreno escarpado, frente a una vieja estructura de madera y piedra caliza con una reja de desagüe cerca de la entrada.

Miré hacia arriba. Un letrero de hierro forjado, oxidado y a punto de caer, colgaba de la fachada.

“MINA MAGISTRAL – ACCESO PRIVADO”.

Mi visión colapsó en un punto blanco. El último sonido que escuché fue la voz del médico: —Código azul. Desfibrilador.

Todo se volvió negro.



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En el texto hay: crimen, juvenil, ficcion

Editado: 21.05.2026

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