El zumbido agudo del monitor cardíaco fue reemplazado violentamente por el trino alegre y cruel de mi celular.
Abrí los ojos de golpe, aspirando aire como si emergiera del fondo del océano. Mi pecho estaba intacto. No había agujeros de bala ni rastros de la sobredosis. Estaba en mi cama. La luz del amanecer se filtraba por las persianas.
En la pantalla, brillaba la sentencia de siempre: «14 DE AGOSTO. 15 ANIVERSARIO DE AMISTAD».
Esta vez no hubo pánico. No hubo confusión. Había muerto dos veces en este bucle, y el miedo se había calcinado por completo, dejando solo una determinación fría y absoluta. Sabía exactamente dónde estaba, a qué hora atacarían y cómo entrar.
Me levanté en silencio. Fui a la habitación de mis padres, abrí el cajón inferior del buró de mi padre y saqué la caja de metal. Tecleé el código que él creía que yo ignoraba y extraje su revólver calibre .38. Pesaba mucho más de lo que imaginaba. Me guardé un puñado de balas en el bolsillo de la chamarra, tomé las llaves de su camioneta y salí de la casa antes de que el sol terminara de salir.
Mi primera parada fue la panadería "Cookie". Estacioné a una cuadra, caminé hasta la alcantarilla del desagüe pluvial y metí el brazo en el lodo congelado de la mañana. Extraje el llavero oxidado de la Mina Magistral, lo limpié contra mis pantalones y volví al volante.
Conduje hacia las faldas del Cerro de San Pedro. El desierto me recibió con su silencio sepulcral. Al llegar a las ruinas del Lote 42, oculté la camioneta detrás de unos matorrales secos y caminé hacia la entrada del sótano. La puerta de hierro pesado tenía dos cerrojos industriales.
Mis manos no temblaban. Introduje la primera llave. Giró con un clic metálico. Luego la segunda. La puerta cedió sin hacer ruido.
Bajé las escaleras de piedra sumido en la más absoluta oscuridad, guiándome solo por la memoria de mis vidas pasadas. Al final del túnel, la luz parpadeante de una bombilla iluminaba la escena. Blanca estaba allí, atada a la silla, inconsciente por el golpe del secuestro.
La bilis me subió a la garganta, pero me obligué a respirar. Escuché los pasos pesados bajando desde el interior de la casa.
—Oye, Marcus, dejaste la puerta abierta otra vez, imbécil —gruñó la voz rasposa que había escuchado tantas veces en mis pesadillas.
El hombre corpulento entró en el círculo de luz. Llevaba el rostro cubierto. Al ver a Blanca, soltó una risa seca. —Hola, princesita. Creo que empezaré sin mi hermano.
Levantó la mano para tocarla. Blanca despertó de golpe, aterrorizada, soltando un grito ahogado por la mordaza.
Salí de las sombras. Levanté el revólver con ambas manos, alineando la mira temblorosa con el centro de su espalda. —Aléjate de ella.
El hombre se congeló. Giró lentamente, bajando la mano hacia la cintura para sacar su arma. Sus ojos me clavaron una mirada asesina a través de los agujeros del pasamontañas. —¿Y tú quién diablos e...?
Apreté el gatillo.
El estruendo en ese espacio cerrado fue ensordecedor. Un trueno que me destrozó los tímpanos. El retroceso del arma me lanzó los brazos hacia arriba, casi dislocándome las muñecas. El hombre salió despedido hacia atrás, chocando contra la pared de piedra. Cayó al suelo, ahogándose en su propia sangre. No fue un tiro limpio, pero fue letal.
El olor a pólvora, cobre y azufre inundó el sótano. Blanca gritaba, aterrada por el ruido ensordecedor. Corrí hacia ella, guardando el arma humeante en mi cintura, y comencé a desatar los nudos frenéticamente. —¡Soy yo! ¡Blanca, soy yo! —le grité para que me escuchara por encima del zumbido en nuestros oídos. —¡¿Emanuel?! —sollozó, cayendo en mis brazos en cuanto las cuerdas cedieron.
—Tenemos que irnos. ¡Ya! La jalé hacia las escaleras de piedra. Salimos a la luz del día, corriendo hacia la camioneta de mi padre. Abrí la puerta del copiloto y la empujé hacia adentro.
Entonces, el parabrisas de la camioneta estalló en mil pedazos.
El impacto de los perdigones me obligó a tirarme al suelo. El segundo secuestrador, el hermano, había salido de la casa con una escopeta de caza. —¡Te voy a matar, hijo de puta! —rugió, recargando el arma con un sonido mecánico y aterrador.
Me arrastré bajo el chasis de la camioneta. La tierra roja se me metió en los ojos. Escuché sus botas crujir sobre la grava, acercándose por el lado del conductor. No tenía ángulo. No podía apuntar.
No voy a dejar que nos mate otra vez.
En un acto de pura desesperación, rodé sobre mi espalda debajo del motor, asomé el cañón del revólver justo por debajo del estribo de la camioneta y disparé a ciegas hacia sus piernas. Dos veces.
Un alarido de dolor rasgó el aire. La escopeta cayó al asfalto con un ruido metálico. Salí de mi escondite arrastrándome, me puse de pie temblando y apunté al hombre que ahora se retorcía en el suelo, desangrándose. Me miraba con terror, suplicando en silencio, pero yo no bajé el arma hasta que dejó de moverse.
Tiré el revólver al asiento trasero. Subí al lado del conductor, arranqué con el parabrisas destrozado y aceleré a fondo hacia la ciudad.
El trayecto al hospital fue un borrón. Blanca temblaba envuelta en mi chamarra, llorando en silencio mientras yo mantenía los nudillos blancos sobre el volante.
Horas después, en la sala de espera de Urgencias, el olor a antiséptico me devolvió a la realidad. Los médicos la estaban revisando. Las puertas corredizas de la entrada se abrieron de golpe.
El oficial Daniel entró acompañado de tres policías uniformados. Me vio sentado en la silla de plástico, cubierto de lodo rojo, con las manos manchadas de sangre seca.
Daniel se detuvo frente a mí. Su expresión era ilegible. Miró el revólver de mi padre que yo había dejado sobre el mostrador de recepción en cuanto llegué. —Las unidades acaban de llegar a la mina, Emanuel —dijo Daniel, con voz grave—. Encontraron dos cadáveres y el matadero de ese infeliz en el sótano.
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Editado: 21.05.2026