Conexión

Capítulo 11: El Último Ciclo

El frío del concreto era lo único que me mantenía anclado a la realidad. Llevaba días en el área de procesados del penal de La Pila. Las horas se escurrían lentas, marcadas solo por el eco de las botas de los custodios contra el metal de las rejas y el olor rancio a humedad y sudor.

A pesar de todo, mi mente estaba en paz. Ya no había pesadillas. No había humo negro, ni sótanos, ni yerros al rojo vivo. Al estar ahí, hundido en la oscuridad de mi celda, sabía que el monstruo estaba muerto. Ella estaba a salvo. Pagar con mi libertad era un precio que volvería a aceptar sin dudarlo.

—Rodríguez. Arriba —ladró un custodio, golpeando los barrotes con su macana—. Tienes visita.

Me puse de pie lentamente, sintiendo el peso del uniforme beige. Caminé por el largo pasillo hasta el área de locutorios. Era un cuarto gris, dividido por gruesos cristales blindados y teléfonos de plástico percudido.

Me senté en la silla de metal. Del otro lado del cristal, estaba ella.

Blanca tenía sombras oscuras bajo los ojos y una palidez que delataba el trauma de los últimos días. Pero respiraba. Estaba viva. Tomé el auricular, sintiendo un nudo apretado en la garganta.

—Blanca... —murmuré, pegando la frente al cristal frío. —Emanuel... —Su voz sonó metálica a través de la bocina, pero cargada de una calidez que me desarmó—. Mírate nada más. —He tenido días mejores —esbocé una media sonrisa, cansada y rota—. ¿Cómo estás tú? ¿Cómo está Lourdes? —Estamos bien. El Ministerio Público ya confirmó la identidad de esos monstruos. Encontraron los restos de las otras chicas en la mina, tal como les dijiste. El abogado dice que con la evidencia de las armas y mi testimonio, probarán que fue legítima defensa. Te van a sacar de aquí, Emanuel.

La frustración en sus ojos era evidente, pero yo solo sentía alivio. —Tardará un tiempo, Blanca. La burocracia es lenta. Pero no me importa. Estás aquí. Eso es todo lo que me importa.

Blanca bajó la mirada por un segundo. Levantó la mano y apoyó la palma contra el cristal blindado. —Eres mi héroe, Emanuel. Siempre lo has sido. Te voy a esperar. El tiempo que sea necesario.

El custodio me tocó el hombro con fuerza. Tiempo terminado. Puse mi mano sobre el cristal, alineando mis dedos con los de ella, y asentí. No hacían falta más palabras. La vi alejarse por el pasillo, escoltada por su madre, y regresé a mi celda sintiendo que mi alma, finalmente, podía descansar.

Esa noche, me acosté sobre la delgada colchoneta de mi plancha de concreto. Cerré los ojos. El cansancio psicológico de haber muerto en otra línea temporal —un secreto terrorífico que me llevaría a la tumba— y la tensión del encierro me apagaron el cerebro de inmediato.

El sueño regresó.

No era un sótano. Era la sala de estar de Blanca. La luz de las lámparas era cálida, hogareña. Lourdes estaba sentada en el sofá, cepillando suavemente el cabello oscuro de su hija. Parecía una postal, un fragmento de paz absoluta.

Entonces, un golpe seco resonó en la puerta principal. Lourdes frunció el ceño. Se puso de pie, alisándose la falda, y caminó hacia la entrada. Blanca se quedó en el sofá, mirando su celular.

—¿Sí? ¿Quién...? —preguntó Lourdes, quitando el cerrojo y entreabriendo la puerta.

El estruendo fue ensordecedor. ¡PUM!

La madera de la puerta se astilló en mil pedazos. El impacto del perdigón destrozó el pecho de Lourdes, lanzándola hacia atrás como una muñeca de trapo. Su sangre salpicó las paredes blancas de la sala.

—¡MAMÁ! —El grito de Blanca me desgarró los tímpanos. Trató de correr hacia ella, pero una bota pesada pateó lo que quedaba de la puerta, abriéndola de par en par.

Una silueta enorme y desconocida entró a la casa. Un tercer hombre. El cañón humeante de una escopeta de corredera se alzó lentamente, apuntando directo al rostro bañado en lágrimas de Blanca.

El hombre jaló el mecanismo. Clac-clac.

Una nube negra, espesa y asfixiante, inundó la sala. ¡PUM!

—¡BLANCA!

Desperté gritando a todo pulmón. Mis pulmones ardían, buscando aire desesperadamente. Tiré mantazos ciegos al aire, esperando golpear los barrotes de mi celda, buscando al custodio para gritarle que llamaran a una patrulla a la casa de Lourdes.

Pero mis manos no tocaron metal frío. Tocaron sábanas de algodón.

Parpadeé, cegado por la luz del sol que entraba por la ventana. El olor a cloro de la prisión había desaparecido. Las rejas de acero ya no estaban. Frente a mí, colgaban mis viejos pósters gastados en la pared. Estaba en mi habitación. En mi propia cama.

El corazón se me detuvo. Un terror helado, mucho peor que la muerte, me inyectó las venas. El sonido de mi celular vibrando sobre la mesa de noche rompió el silencio de la mañana.

Giré la cabeza lentamente, sintiendo que cada vértebra de mi cuello crujía. La pantalla brillaba con una luz blanca y cruel.

«14 DE AGOSTO. 15 ANIVERSARIO DE AMISTAD».



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En el texto hay: crimen, juvenil, ficcion

Editado: 21.05.2026

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