Conexión

Capítulo 12: El Fin del Bucle

El celular temblaba entre mis manos sudorosas.

—No... esto es mentira. Es una maldita mentira —susurré, cayendo de rodillas junto a la cama mientras la alarma seguía taladrando el silencio de la habitación.

Había matado a los dos hermanos. Había hecho todo bien. Pero el bucle se reinició. Lourdes. La puerta destrozada. La escopeta. Había un tercer asesino. Alguien que se había quedado en la sombra, esperando.

El tiempo no perdonaba. Me arrastré hasta el baño, abrí el botiquín y saqué el frasco de Temazepam. No me importó contar las pastillas. Volqué el frasco sobre mi mano y me tragué un puñado entero. Si mi corazón se detenía esta vez, que así fuera, pero no iba a regresar con las manos vacías.

El trance me golpeó con la violencia de un choque frontal.

El sótano de la Mina Magistral se materializó ante mí en tonos sepia y sombras densas. Blanca estaba ahí, atada, inconsciente. No me detuve a mirarla. Atravesé el techo de piedra, subiendo directamente hacia el piso superior de la casa.

La sala principal era un asco de madera podrida y polvo. Los dos hermanos estaban en la cocina, pero yo busqué frenéticamente evidencias en el área común. No podía tocar nada, mis manos fantasmales atravesaban los muebles. Tenía que usar los ojos.

Sobre una mesa de centro rayada, había un montón de correspondencia vieja y recibos de luz arrugados. Me incliné sobre ellos, forzando la vista hasta que las letras borrosas cobraron nitidez.

El aviso de cobro estaba a nombre de: Murian V. - Lote 42, Antiguo Camino a San Pedro.

Alcé la vista. Apoyada contra la pared del pasillo, oculta entre las sombras, descansaba el arma. Una escopeta de corredera calibre 12, con la culata de madera oscura. Y grabado en el metal del cañón, brillaba el infame símbolo de la doble "M". Marcus y Murian. No era un código satánico. Era una macabra firma matrimonial.

La oscuridad empezó a tragarme desde los bordes de mi visión. El corazón me latía tan lento en el mundo real que sentía el frío de la muerte rozándome la nuca. Rompí el trance con un grito ahogado.

Desperté en el suelo de mi baño, vomitando bilis y temblando de hipotermia. El sol ya se estaba ocultando. El cielo era una herida púrpura sobre San Luis Potosí.

Me arrastré hasta mi computadora. Usé los datos del recibo y me metí al registro público de la propiedad en línea. Crucé el nombre de Murian y el Lote 42. Descargué los planos topográficos, las coordenadas GPS exactas y uní esos documentos con los fotogramas en ultra alta resolución (4K) que había limpiado de la panadería, donde se veían las placas parciales de la Jeep.

Imprimí todo. Un dossier perfecto. Una sentencia de muerte documentada.

Salí corriendo hacia la jefatura de policía. No busqué a Daniel. Fui directo a la oficina de guardia del comandante de la unidad táctica de antisecuestros. Atravesé a los uniformados de la recepción, empujando la puerta antes de que pudieran detenerme.

—¡Tienen a una chica en la Mina Magistral! —grité, arrojando la pesada carpeta sobre el escritorio de metal del comandante—. Marcus y Murian V. Lote 42. Tienen el vehículo del secuestro de la panadería "Cookie" de hace un año. Aquí están las coordenadas, las placas y la orden de propiedad. Si no entran ahora mismo, la van a matar con una escopeta calibre 12 que tienen en el pasillo.

El comandante, un hombre curtido con cicatrices de acné en el rostro, iba a gritarme por irrumpir, pero su mirada se clavó en las fotografías de alta resolución y en los documentos legales. Levantó el teléfono rojo de su escritorio. —Quiero a todo el equipo táctico equipado en el patio. Ahora.

No me dejaron ir con ellos. Era un civil y un menor de edad. Me obligaron a quedarme en la sala de espera, pero me escapé por la puerta trasera, tomé la camioneta de mi padre y conduje a toda velocidad detrás del convoy policial, manteniendo la distancia y apagando mis luces al entrar a la zona árida.

Me detuve a un kilómetro de la mina, oculto en la oscuridad del desierto. A lo lejos, las luces rojas y azules de las patrullas cortaban la noche como cuchillas intermitentes, tiñendo las piedras de un color irreal, profundamente cinematográfico.

El silencio del cerro fue rasgado por el estruendo de un ariete derribando una puerta. Luego, el caos.

Ráfagas de rifles de asalto hicieron eco en el cañón. Gritos ininteligibles. Y entonces, el sonido inconfundible y sordo de una escopeta resonó dentro de la casa. —¡Oficial herido! —El grito llegó hasta donde yo estaba a través de las radios de las patrullas del perímetro—. ¡Tirador abatido! ¡Repito, mujer armada neutralizada!

Apreté los puños sobre el volante, sin atreverme a respirar. ¿Había llegado a tiempo? ¿Habían entrado al sótano? El tiempo pareció congelarse. La eternidad se redujo al parpadeo de las torretas policiales en la lejanía.

Unos minutos después, vi movimiento en la entrada principal de la finca. Paramédicos corriendo con una camilla. Y detrás de ellos, envuelta en una manta térmica de aluminio que reflejaba las luces de las patrullas, venía Blanca. Caminaba por su propio pie, escoltada por dos oficiales.

Salí de la camioneta y corrí. Ignoré los gritos de los policías del perímetro, esquivé la cinta amarilla de la escena del crimen y tropecé con las piedras sueltas del camino.

Blanca levantó la vista. Su rostro estaba sucio, manchado de polvo blanco de piedra caliza y lágrimas secas, pero sus ojos brillaron al reconocerme en medio de la oscuridad y el caos.

Soltó la manta y corrió hacia mí.

El impacto de su abrazo casi me tira al suelo. La rodeé con mis brazos, enterrando mi rostro en su cuello, respirando el aroma de su cabello revuelto, confirmando con cada sentido que era real. Que la piel bajo mis manos estaba caliente. Que su corazón latía contra el mío.

Las lágrimas de la desesperación acumulada, de las muertes pasadas, del terror solitario, finalmente brotaron.



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En el texto hay: crimen, juvenil, ficcion

Editado: 21.05.2026

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