Poco antes de bajar, cuando Jayce veía hacia el lugar donde parecía que los hombres iban a buscar aventuras sexuales, una persona llamó al muchacho.
—¡Buenas noches, joven! —dijo una mujer de edad avanzada y ojos azules, a quien Jayce, extrañado saludó de vuelta—. Disculpa que te moleste, tal vez no me recuerdes, pero yo sí. Hace unos días vi que te comportaste un poco atípico en el andén de la estación «Mirador» —expresó la anciana, cosa que dejó sin palabras al estudiante.
—Sí. ¿En serio? ¿Cómo fue?
—Bueno, es que tengo una sobrina que padece de esquizofrenia y tal vez tú no lo hayas notado, pero fue como ver un síntoma. Por favor, no te ofendas —explicó aquella, asustando a Jayce.
—¿Qué vio? ¿Cómo me comporté?
—Fue raro. Pasó el metro y te quedaste inerte, parecías congelado. Luego, un muchacho de sombrero y chaleco fue a hablarte. Te dio una carta de póker y la viste sin decir nada. Él comenzó a irse, tú rompiste el regalo y empezaste a hablar sólo, hasta que reaccionaste asustado y buscaste por todos lados. Fuiste hasta la escalera, por donde se fue el que te dio el naipe, pero tenía rato de que se había ido.
—¿Q-qué? No puede ser… —dijo el adolescente, asustado.
—Lo sé. Mi sobrina era igual. Se quedaba paralizada viendo a la nada, como si algo pasara por su mente. También reaccionaba lento a situaciones, como si el tiempo se congelara a su alrededor. Ve a hacerte estudios —concluyó la señora al ponerle la mano en el hombro.
—Yo… Entonces él fue hasta donde yo estaba. El sujeto de sombrero fedora y chaleco sin mangas.
—Sí, así es. ¿No lo recuerdas? —Fue entonces que Jayce tomó la decisión de seguir buscando, despidiéndose de la amable anciana preocupada, bajando del andén hasta un lugar donde, sin dudas, alguien cómo él correría peligro.
Las calles eran tenebrosas y oscuras. Parecía que los faros de ese lugar estaban descompuestos o alguien hacía que no encendieran. Algunos sólo parpadeaban, lo que volvía todavía más escalofriante el lugar. A pesar de todo ello, había bastante gente dispersa, semi oculta.
Todos eran hombres, la mayoría de una edad por encima de los treinta años. Se notaban interesados en Jayce desde que puso un pie dentro, haciendo señas al tocarse en la entrepierna, sonriéndole cuando cruzaban miradas e incluso indicándole que se acercara a ellos o que los siguiera.
El muchacho, por su parte, estaba atemorizado. Los nervios del chico eran notorios, y aunque quería regresar por donde llegó, el temor a ser seguido por las obvias razones le hizo mejor tratar de salir por el lado contrario de la zona, pues esa calle conectaba con otra avenida a la cual ya casi estaba por llegar.
El plan era preguntar por Hendrik, mas al estar dentro y notar el ambiente, Jayce quedó intimidado y cambió de parecer. Ahora sólo quería salir de ahí tan pronto le fuera posible.
Por desgracia, eso no iba a ser tan fácil cómo pensaba, pues la entrada del otro lado de la avenida estaba cerrada por una valla vieja, que a pesar de verse un tanto oxidada y débil, tirarla iba a ser un problema, además que haría mucho ruido y podría llamar de más la atención, por lo que el estudiante decidió darse la vuelta y, ahora sí, salir cómo debió hacerlo en un inicio.
En el regreso, algunos hasta le silbaron, Jayce se veía ya muy agitado, sobre todo porque notó cómo algunas personas, descaradas, estaban practicando actividades sexuales frente a todos, sin ningún tipo de pena o vergüenza. Esto lo llevó a tratar de ir más rápido, cosa que le hizo confundirse y dar una vuelta de forma errónea, perdido entre los callejones del sitio, apagado el faro más cercano de donde estaba, cubierto por la oscuridad.
Aterrado, el muchacho buscó la luz más cercana y decidió moverse hacia allá, pero un hombre corpulento le cortó el paso, mostrándole los genitales al chico.
—¿A dónde con tanta prisa? ¡Agárrala! —dijo el sujeto de gran edad y más alto que Jayce, a lo que el menor, asustado, se negó tartamudeando.
—N-no, gracias —replicó, tratando de rodearlo, pero el sujeto no se retiraba.
—No tengas miedo. Para eso entraste —dijo el desconocido, acercándose más a Jayce, a lo que aquel, asqueado, corrió y evadió al sujeto, no sin antes escuchar algo—. ¡Ven para acá, papito!
El corazón del estudiante estaba a punto de salírsele del pecho. No sabía a donde ir, no reconocía las calles y sólo notaba personas que tenían las mismas intenciones que el sujeto que iba tras él.
Desesperado, trató de esconderse en un angosto pasillo, puesto detrás de un bote de basura, en donde abrazó su mochila, llorando y pidiendo que no lo encontraran. Tomó su teléfono, marcó a su padre y cuando escuchó tres tonos, la luz del móvil provocó que su acosador lo hallara.
La llamada no fue correspondida, pero el sujeto sí llegó hasta el chico, guardando éste su móvil y poniéndose de pie para tratar de escapar, pero el callejón estaba sin salida.
—¿Para qué te pones nervioso? —dijo el adulto a la par que se bajaba el pantalón.
—¡N-no! No entiende. Eso es un error. Yo no quiero sexo ni nada de eso. No soy gay —explicaba Jayce, casi llorando.
—¡Tranquilo, papi! Yo tampoco soy joto. Sólo quiero pasarla rico. ¡Ven! No tengas miedo. Sácala de ahí —replicó tranquilo y con una voz jariosa.
—¡Es en serio! Sólo vine a buscar a un sujeto llamado Hendrik. ¡Es todo! Me dijeron que venía por aquí. —Al escuchar eso, el tipo sonrió un poco, parecía que conocía al susodicho, cosa que le excitó de momento.
—Ya ven. Te va a gustar —aseguró al arrinconar al menor, para luego él tratar de golpear al hombre, pero éste consiguió bloquear el ataque y sujetarle la mano, a la par que lo tiraba al suelo y se ponía sobre él, cubriéndole también la boca—. Tranquilízate, hermoso. Así se empieza —explicó con un tono jadeante y comenzando a lamer la piel de Jayce, quien lo golpeaba pero parecía no tener efecto.
Lo peor es que dos sujetos parecidos se acercaron, con las mismas intenciones, cubierto el paso de entrada, comenzando a desnudarse. Jayce pidió ayuda y trató de golpear los genitales de su agresor, mas no parecía tener efecto o alcanzarlo. El pánico gobernó al estudiante y las voces de los tipos fueron desapareciendo mientras escuchaba los gritos de adolescentes que estaban burlándose de él, llamando «maricón» entre otras cosas parecidas, encerrándose en un viejo recuerdo que lo atormentaba.
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Editado: 13.10.2026