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Novena Unión: Encanto

Durante el fin de semana, Marisa, Antonio y Jayce se limitaron a hablar de cosas banales. Estaban desesperados por comentar el susto que les dio Hendrik al aparecer de la nada, pero habían acordado no decir algo al respecto por chat sobre él.

A la par de eso, el adulto continuó enviándole mensajes casuales al de ojos azules. Aquel, al inicio, se sintió un poco incomodo respondiendo. Hacía su mejor trabajo por sonar natural, pero le costaba, hasta que empezó a tranquilizarse leyendo las cosas que escribía el pintor.

Comenzó a platicarle de su día, de cómo le fue en las ventas en la plaza con sus pinturas y todos los proyectos que tenía pensado hacer. De alguna manera extraña, Hendrik tranquilizó a Jayce con su amabilidad y simplicidad, algo que provocó al muchacho hablarle todavía más, llegando a tener largas conversaciones de horas durante el día.

En eso, los chicos del equipo de rugby subieron una imagen a redes retando a la preparatoria G, la cual ganó y estaba listada para jugar contra ellos en la final. Esto lo compartió el propio Jayce con una leyenda que decía: «Manos les van a faltar para pelarme la verga». Con una sonrisa en el rostro, dio de alta dicha imagen y hubo varias respuestas. Entre ellas, una que no esperaba para nada.

La chica del perfil que tanto revisaba había puesto un emoji sonriente y había dicho lo siguiente:

«¡Qué confiado me saliste!»

Jayce se volvió loco al ver eso. Estaba acostado en su cama, pero se dio la vuelta para sentarse y, nervioso, contestó aquel mensaje: «Es para intimidarlos o que se molesten. Gana el que tiene la cabeza fría». Le dijo a la chica en privado, a lo que ella le respondió poco después.

—Más te vale ganar, entonces. Presumido. —Sin más, Jayce sólo envió un emoji de risa y los mensajes cesaron.

Quería invitarla al juego, decir algo más para continuar la conversación, pero sintió que lo forzaría demasiado. Sobre todo, por haber usado aquella imagen que le quitó algo de seriedad a lo dicho y cortó el flujo.

Al final, no pudo escribir nada más que eso. Estaba frustrado por toda la situación, mas ya era algo que le había pasado antes, así que lo soltó y mejor empezó a prepararse para dormir, despidiéndose de todos, excepto de Hendrik, con el cual continuó platicando hasta ya muy noche, en donde terminó el adulto por despedirse primero, cayendo el menor luego de leer eso.

La semana se reinició. Una vez más tocaba levantarse para ir a clases y trabajar, por lo que todos en la casa de Jayce estaban listos para salir, incluido el pequeño a quien el padre ofreció llevarse, cosa que no agradó a sus hermanos, mas no hubo objeción como tal.

En el camino, los hombres hablaron mucho, sólo de cosas superficiales, pero de forma más vívida. Parecía que la relación entre ambos había mejorado mucho. Jayce creía que se debía a que estaba retomando el rugby de manera oficial, aunque no estaba seguro.

Una vez estando en la preparatoria, ambos se despidieron con un fuerte abrazo, y cuando el estudiante iba a bajar, su padre lo detuvo con un pequeño recordatorio.

—Si alguien te está molestando, no dudes en decírmelo, Jayce. Sabes que puedes confiar en mí. ¿Cierto? —dijo el hombre, lo que extrañó a su hijo, mas aquel respondió afirmativo con una brillante sonrisa dibujada en su rostro—. Te amo, hijo. —Un tanto más tranquilo, el mayor pudo arrancar y dejar al más pequeño de su progenie detrás.

Eso dejó un tanto pensativo a Jayce, mas no le tomó mucha importancia, pues sabía que su padre se preocupaba demasiado por él. A veces, a un punto exhaustivo.

El estudiante no dio ni tres pasos hacia la preparatoria cuando lo abordaron Marisa y Antonio. Ellos se veían un tanto desesperados.

—¡Mierda! ¿Por qué tardaste tanto? —preguntó la chica, un poco preocupada.

—¡Lo siento! Papá se ofreció a traerme. No podía decirle que no —respondió Jayce, a lo que Antonio suspiró de alivio.

—Menos mal. ¡Qué lio con lo de Hendrik!

—¡Ya sé! Me sorprendió mucho verlo ahí, pero Marisa tenía razón. Estaba desesperado por verme y se inventó una excusa —teorizó el deportista, lo que hizo sonreír a su amiga.

—Era lo más seguro. Su personalidad por mensajes dictaba eso. Además, verlo en persona me contó un poco más sobre él. Perteneció a la G. La preparatoria para cerebritos. Estoy segura de que algo importante sobre él nos puede decir. ¿No te ha dicho nada sobre verse hoy? —cuestionó la joven luego de hacer esas conclusiones.

—No aún. De hecho, pensaba yo mismo proponerlo —confesó Jayce, lo que impresionó a Antonio e hizo reír a Marisa.

—¿Qué? ¿Estás loco?

—Por eso un día sí y otro no en el entrenamiento. ¿Verdad?

—Atrapado —expresó Jayce luego de sus amigos, extrañado mucho el otro varón.

—No me digas que ya te cae bien. ¿Recuerdas que mató a tres sujetos? ¿Hola? —mencionaba de forma sarcástica el castaño, lo que provocó a su amigo molestarse.

—¡Lo sé! De hecho, empiezo a creer que él no es el vampiro. Tal vez sea una persona con habilidades que lo está buscando. Un «vigilante» como los llaman.

—No lo creo —concluyó Marisa, seria—. Cuando vi a Hendrik, noté algunas aptitudes que se identifican con las de una persona maltrecha.

—¿En serio? ¿Cómo cuál?

—Para empezar, te acosó. Usó su preparatoria como excusa, pero era obvio que venía a verte. Cuando se acercó a nosotros y nos presentaste, a mí en especial, se me quedó viendo desde arriba, como si hubiera un poco de desprecio. Supongo que, al ser mujer, entiende que puedo ser una especie de «competencia» para él. Además de eso, agachó la cabeza sin dejar de ver a Carlos, como si estuviera esperando a que dijera algo desagradable o que te hiciera molestar para atacarlo. El sujeto no es un pan de dulce. No sé qué tanto han hablado, pero hay malicia verdadera en él. —En eso, Marisa pidió su móvil a Jayce, el cual, de mala gana, lo entregó.

—¿En serio notaste todo eso ese día? —cuestionó Antonio, escéptico.




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