La última noche donde Hendrik y Jayce hablaron fue muy amena para ambos. Intercambiaron opiniones, se contaron pequeñas anécdotas divertidas y se creó una conexión más fuerte entre ambos. Tanto fue así que, por primera vez, el adulto se sentó al lado del joven para ambos ver algunas cosas en sus propios móviles.
Al inicio, el anfitrión no se sentía cómodo acercándose tanto, pero fue el mismo Jayce quien le pidió colocarse a su lado, algo que puso muy feliz al otro, siendo ya un poco más desinhibido con el muchacho y creando un lazo más fuerte de confianza entre ambos.
Ya en casa, el estudiante vio un ambiente un tanto tenso. Hendrik le había aconsejado ser cortes y no provocar problemas como se lo pidió su madre, a menos que sus hermanos buscaran lio, cosa que no pasó.
Así mismo, cuando el menor estuvo en la privacidad de su habitación, decidió enviarle un mensaje a la chica que seguía en redes. Estaba muy feliz y algo valiente por lo que estaba viviendo con su nuevo amigo, así que tomó iniciativa y le puso algunos mensajes causales saludando y preguntando como andaba.
—¿Regresaste al rugby? Mine me contó —dijo la chica, algo que molestó un poco a Jayce, mas lo vio como una oportunidad más que otra cosa.
—Sí, estoy temporal. Ya vi que te reuniste con ella. ¿Cuándo nos juntamos para que me cuentes cómo le vas a hacer para ir al extranjero de la nada? —El mensaje llegó y fue leído casi de inmediato. No obstante, la respuesta no fue inmediata. Parecía que ya no iba a responder.
Jayce entró en pánico al momento. Quería componerlo, preguntar otra cosa, comentar algo gracioso que desviara del tema lo dicho, mas sabía que ya lo había visto y nada podía arreglarlo.
Molesto, comenzó a hacer destrozos en su habitación, arrojó almohadas, objetos de su escritorio y golpeó la pared un par de veces, enrabietado, mas luego escuchó el sonido del teléfono, a lo que lo revisó, leyendo la respuesta de la chica.
—¡Ya sé! A ver qué día me lanzo a tu casa para platicar y ver a todos. Si no, te invito algo en la tarde, nada más dime a qué hora sales. —Todo parecía tan casual, que el joven no hizo otra cosa más que sentarse aliviado en su cama, notado el desastre alrededor, dándose cuenta de que había explotado por nada y que últimamente le había pasado mucho.
—Salgo a las 4 todos los días. Cuando quieras, sino acá te recibimos —expresó de vuelta, lo que terminó en una confirmación sin fecha, acabada la conversación.
La situación hizo reflexionar un poco al muchacho, aunque no pasó mucho para que se quedara dormido viendo las fotos de la joven, la cual parecía que cada vez tenía menos dentro de sus redes, algo que ya había notado Jayce.
Al día siguiente, como es costumbre, antes de entrar a clases, los tres amigos se reunieron fuera del bachillerato en favor de que el pelinegro pudiera darles nueva información de Hendrik. Por desgracia, aquel había decidido ya no seguir con lo acordado, así que confrontó a sus amistades sobre lo que pensaba, aunque sabía que iba a salir mal.
—Ya no voy a hablar de Hendrik con ustedes —expresó Jayce, a lo que Marisa giró los ojos.
—¿Otra vez?
—La última vez ya —respondió a la chica, poniéndose agresiva con él otra vez.
—¿Nos has estado ocultando cosas? No entiendo por qué de repente te sientes tan cercano a él. No han hecho otra cosa más que platicar de estupideces. Se supone que tratarías de indagar en su pasado y no creo que lo hayas hecho bien. Sólo hablas de ti, como siempre, y eso nunca aportó en nada. El sujeto quiere cogerte y por eso no se queja de lo molesto que es escucharte decir «yo, yo yo», para que lo sepas —enunció Marisa, impresionados ambos al verla tan molesta.
—¿Qué vergas te pasa, imbécil? ¿Ya te desesperaste? —mencionó Jayce, haciéndole frente.
—¡Sí! No estás cooperando. Parece que sólo quieres que te chupe la verga ese maldito pintor de mierda. —Enrabietado, Jayce tomó con fuerza de los hombros a Marisa, lanzado Tony para interponerse y hacer que su amigo suelte a la chica, pero el jugador de rugby era muy fuerte, no parecía importarle lo que hiciera el otro chico.
—¡Paren ya! Jayce, no hagas esto —expresó Tony, asustado.
—Hazlo, Jayce. A lo mejor así confirmas lo hombre que eres a todos —incitó la adolescente de forma provocativa, lo que enfureció más al deportista, aunque, al final, sólo consiguió que la arrojará hacia adelante y la soltara, dándole la espalda y quitándose a Antonio de encima.
—¿Qué te pasa a ti también? Has estado insoportable, mujer.
—¿Sabes por qué? ¡Ese wey nos dijo que el asesino estaba frente a nosotros, nos hizo un drama para que le creyéramos y ahora se echa para atrás! Tal vez ya cogieron, por eso no dice nada —expresó Marisa en respuesta al castaño, molesta.
—Sabes que no es eso —dijo Jayce en respuesta, un poco más tranquilo, aunque estaba más que enojado—. Mencionó a su hermano. Dijo que no se llevaban bien desde hace mucho tiempo. Creí entonces que me diría algo horrible, que me aconsejaría odiar a mis propios hermanos luego de lo que le conté, mas fue todo lo contrario. ¡Puta madre! Me dijo que fuera paciente y que los tratara con respeto. Fue amable, comprensivo y maduro. ¿Cómo quieres que piense que es un asesino?
—¿Eso te dijo? —cuestionó Marisa, intrigada—. ¿Qué pasó con su hermano? ¿Dónde está?
—¿Realmente te importa? —La pregunta hizo reflexionar a la mujer, naciéndole una sonrisa torcida gigante al haber escuchado algo que consideraba interesante, expresión que se fue disolviendo en una pensativa.
—Quiero saber más de Hendrik. Quiero ver si es el asesino, Jayce. Yo te creo.
—Pero ya no lo creo así.
—Entonces te estás dejando llevar por tus propios deseos. No conocemos a Hendrik y en lugar de ocultarnos cosas, deberías ser más claro. Déjanos entender —invitó la muchacha, pero luego el pelinegro vio su expresión, una que ya conocía de ella.
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Editado: 13.10.2026