Confesiones de Lieben

9.- Salud

La salud es importante.

Sino entiendes esas cuatro palabras resumidas en dos, entonces serás una de las mías. Yo me pase esa frase por el arco del triunfo.

No porque quisiera, sino que nunca fue mi prioridad.

Desde que era niña solía enfermarme con frecuencia de resfriados al grado que mis padres estaban desesperados por no saben porque tenía tan bajas defensas. Me asustaba enfermar y que creyeran que fingía, por lo que aprendí a lidiar con los malestares por mi cuenta. Eso incluye cefaleas y migrañas durante mi época escolar que, aunque todos sabían que las sufría, nunca me permitieron una revisión médica pues era algo normal. Años más tarde descubrí que eran causadas por el estrés (si quieres puedes leer el capítulo escuela para tener contexto). No lo recomiendo así que no lo volvería a hacer.

En todo caso, mi padecimiento actual comenzó hace como unos seis años. Yo viví en otra ciudad y estar lejos de mi fuente de estrés dejaban ver cómo me había descuidado, tenía pésimos hábitos alimenticios, no dormía a mis horas y casi no me ejercitaba, no porque no lo requiriera, sino que no podía incluirlo en una rutina que apenas podía sobrellevar. Hubo un momento en que sentí una incomodidad cíclica. Fui a que me revisaran y dijeron que era estrés. No tenía nada físico que me provocará esa sensación, pero no tener dinero para pagar la renta era estresante así que lo aludieron a eso.

Pasaba el tiempo y la sensación no desaparecía. Me sentía cansada aun cuando dormía lo que necesitaba y comencé a comer menos para no incomodar a las personas que vivían conmigo. Algunos hábitos no cambiaron, otros empeoraron, pero mi alimentación siempre fue motivo de reclamos y es que yo en casa no podía comer nada si no pedía permiso, aunque fuera algo que yo compré. En ese tiempo, el dinero escaseaba y nada se podía desperdiciar así que, le daban prioridad a alguien más por encima de mí; fui educada de esa manera, pero no había forma de que lo considerara normal.

Bueno, siguiendo con el tema, la sensación de incomodidad me hizo sentir nerviosa. Mi cuerpo me decía algo y cuando regrese a mi casa, cualquier cosa me ponía tensa. Además de no tener trabajo, cualquier comentario era mal recibido. Una mañana amanecí con un dolor y más tarde en la revisión me dijeron que solo eran cólicos menstruales y me sorprendí del hecho que aceptará que era eso cuando dije claramente que nunca los había sentido.

Era una de las favoritas de Dios por no tener cólicos menstruales.

Paso el tiempo y la presión de no tener trabajo iba en aumento, tenía cosas que comprar, cosas que pagar y buscaba donde ganar dinero que todo lo demás se me olvidó. Cuando me volví a mudar, mi mente se relajó unos cinco minutos pensando que mi rutina sería más cómoda, pero error, todos los días recibía una llamada de mis padres que me recordaba que no estaba de vacaciones y que debía pagar la renta del nuevo lugar.

En este punto ya está a harta de enviar solicitudes y currículum a todos los lugares donde solicitaban empleada, aun así, no tenía ninguna respuesta aun cuando estaba dispuesta a aceptar pruebas. Mi cuerpo ya estaba cansado, comenzaba a tener problemas de memoria y comenzaba a quedarme en blanco durante el día. Estaba cansada, no podía levantarme y solo el hecho de caminar hacia temblar mis piernas. Entonces llego el momento que me rompió por completo. Estuve presente cuando mi abuelito falleció. No era el primer familiar cercano que fallecía, pero si el primero que vi partir. Aun escucho el grito que dio mi madre esa tarde de enero y la confirmación de los paramédicos sobre su estado. Ese suceso se ha convertido en una pesadilla recurrente que me provoca insomnio.

Ese día mi cuerpo dijo no más. Ya no pude llorar, estaba asfixiándome y quería que terminara todo. Mi cuerpo era un caos. Me sentía desorientada, cansada y adolorida sin motivo alguno. Mi presión arterial estaba inestable y sugerían una revisión psicológica por sospechas de ansiedad y depresión. En este momento, estaba aislada por completo. Después del funeral, aun tomando medicamentos, quise seguir con mi rutina. Todo en mi vida estaba alterado. Quería estar lejos de casa, quería estar en casa, quería trabajar e irme, pero también quería quedarme y llorar. Mis ciclos menstruales se alteraron tanto que ya no sabía con qué frecuencia sucedían solo sabía que me provocaban tanta incomodidad que quería quedarme acostada durmiendo.

Una vez más volví a casa, me recibieron con la condición de no pedir y a cambio yo debía escuchar. Todos los días busqué trabajo, presencial, en casa, en línea lo que fuera y no encontré nada. Los pretextos eran muchos y no los entendía. No podía comer por pensar en lo que me faltaba, los trabajos pequeños faltaban y las disputas con los clientes eran más frecuentes puesto que no querían pagar. Levantarme de la cama era pesado, llorar cada día parecía una obligación y mi piel estaba tan pálida que el diagnóstico más común era anemia. Aun así, decidí no tratarme. Mi estado era malo y lo sabía, pero como iba a pagar un tratamiento a largo plazo cuando debía trabajar para tener dinero y pagar ese tratamiento. Claro que no fue mi mejor decisión, estaba desesperada por ya no escuchar el mismo sonsonete de siempre diciéndome que me pusiera más pilas y le echara ganas a mi trabajo porque la educación no fue gratis.

De todos modos, cuando logré trabajar… mi estado era… lo peor que había sentido, el corazón palpitaba en mi garganta al mínimo esfuerzo, saltarme una comida hacía que la cabeza me diera vueltas, estaba pálida a punto de desmayarme en cualquier momento. El trabajo no fue lo mejor, se las arreglaron para descontarme por cualquier cosa; en una semana me dije, "ya basta, no aguanto más" y renuncie. Un mes después, fui operada.




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