Confesiones de una cazadora

Capítulo 98.

El escuadrón se había marchado para emboscar al redentor, pero sin Injae, aunque esta consiguió hallar la dirección del lugar donde los citó y se fue a preparar para salir.

—Maldición, mi traje está roto —masculló viendo la prenda.

Alguien tocó la puerta para notificarle algo sobre la cría de dementor y la chica fue hasta las jaulas donde vio al médico del instituto revisando al chico que ya había sido vestido con ropa perteneciente a uno de ellos.

— ¿Cómo está?

—Bien, sus niveles son los adecuados para un adolescente promedio —respondió el hombre—. El niño insistió en verte, los dejaré.

El doctor se marchó dejando que Injae se acercara a la jaula con una expresión fría en el rostro como si estar allí la hiciera perder su valioso tiempo.

—Estoy aquí, niño —espetó arqueando su ceja—. ¿Para qué querías verme? Se rápido porque tengo cosas que hacer como ir detrás de un escuadrón que me mandó al diablo, encontrarlos y decirles un par de cosas groseras, luego atrapar a un redentor y si se puede… matarlo.

El chico la vio nervioso, olfateó un poco de lejos a Injae y con ello, él retrocedió asustado.

—Eso no te hizo feliz.

— ¿Qué me dejaran de lado como basura porque no les soy útil ya? Sí, claro, a nadie le hace feliz eso, pero la gente sigue haciéndolo. Tómalo como la primera lección de tu nueva vida como humano.

—Creo que recordé mi nombre o eso es lo que creo que era lo que me decían…

— ¿Tus padres? —Entrecerró sus ojos—. ¿Los recuerdas bien? Me refiero a su forma humana, ¿o es que siempre has sido así?

El muchacho dio un trago duro y pensó unos segundos antes de hablar.

—Hubo una vez hace un tiempo en que tomé esta forma, pero era muy pequeño y no duré mucho así. —Suspiró—. ¿Es cierto lo que dicen todos? ¿Tú los mataste?

—Asesinaron personas, humanos como yo y como tú ahora, es nuestro deber protegerlos y evitar que más mueran por culpa suya, eso fue lo que hice.

— ¿Yo también haré esas cosas? —Inquirió desanimado.

Injae respiró fuerte con fastidio y dejó salir su resoplo junto con una mirada cansada.

—No si aprendes a controlarte y para eso necesitas una manada que te enseñe. Te buscaremos una después, ahora debo irme.

— ¿Puedo ir contigo?

La chica se dio la vuelta para verlo antes de irse, lo miró burlona y soltó una risita.

—Estaré ocupada y no podré cuidarte, además es una mala idea si es a ti a quien quieren.

—Puedo ayudar, puedo seguir el rastro de tus amigos y guiarte a ellos… Por favor, quiero ir. —La miró suplicando.

Injae tomó en secreto las llaves de una de las camionetas, puso su arma en el copiloto mientras que el chico se subía al asiento trasero y actuaba como un pequeño emocionado por el paseo.

—Solo guiarás, no te bajarás ni hablarás de más. ¿Queda claro, niño?

—Sí, pero no me llames niño —alegó ofendido—. Puedes llamarme Leif.

— ¿Leif? —Preguntó confundida mientras encendía el vehículo—. ¿Qué clase de nombre es ese?

— ¿Puedo cambiarlo?

La castaña se encogió de hombros desinteresada.

—Si vas a hacerlo, hazlo ya y que sea bueno porque no podrás cambiarlo a cada rato.

El chico vaciló en voz alta haciendo el ruido con su boca cerrada mientras arrugaba sus labios y veía a los lados cuando Injae empezó a conducir.

— ¿Me sugieres uno?

—No sé me ocurre uno, quizá luego cuando encuentre uno acorde contigo y su significado.

— ¿Qué significa el tuyo? Oí que te llaman Injae.

—No tengo idea, mi madre me lo puso y no puedo preguntarle porque está muerta.

Después de un largo trayecto, la chica llegó a la orilla de un sendero solitario y sin letreros típicos que prohibían el paso o diesen alguna advertencia. Bajó del auto poniéndose su chaqueta y con su arma lista en ella.

—Quédate aquí y no dejes la camioneta.

Injae se adentró al sendero con cautela, avanzó un tramo hasta ver un tronco en mitad del camino y luego el crujido de una rama la alarmó para que levantara la flecha entre sus dedos y apuntara.

Un pajarito se levantó en vuelo por el movimiento brusco de la chica.

—Estúpido pájaro.

Vio a lo lejos que detrás de unos árboles a lado del sendero, había un pequeño puente de tablones de madera cubierto con enredaderas que estaba sobre lo que se escuchaba que era un río así que se metió al bosque para ir hacia el puente. Llegando a él se subió para cruzar despacio por lo viejas que estaban las cuerdas que apenas lograban sostenerlo, se asomó hacia abajo para ver la corriente del río y de pronto una brisa de aire pareció susurrarle, esto hizo que se girara y con la fuerza logró que la cuerda se rompiera y ella cayera.

Se levantó rápido y se subió a la orilla del río para empezar a caminar más molesta de lo que ya estaba. Al final entre tantas vueltas que dio por el camino que siguió, terminó encontrándose con la entrada a una caverna; entre más se metía, más escuchaba los ecos de lo que se asemejaban a gritos o gemidos raros que provenían del fondo de la caverna y cuando llegó corriendo hasta allí, vio al escuadrón siendo atacado por las sanguijuelas gigantes que una vez aparecieron en el pueblo de noche.

— ¡¿De dónde salieron tantas?! —Gritó alguien.

Injae sacó una de sus flechas nuevas y diseñadas exclusivamente para ella, escogió una de pluma escarlata y apuntó para disparar hacia una esquina donde había un grupo de sanguijuelas saliendo. Las criaturas se explotaron al recibir la flecha, sus trozos con sangre pegajosa y verde salieron volando; cuando esto pasó, el grupo volteó hacia la entrada de la caverna.

— ¿Injae?

La chica ignoró la reacción y se alistó con otra flecha, sin embargo, de una estalactita se dejó caer sobre ella una de las sanguijuelas más grandes para posarse sin forma de librarse hasta que Félix llegó y la decapitó con su hacha; toda la sangre verdosa cayó en el cuerpo de Injae.




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