Confesiones de una cazadora

Capítulo 100.

Dentro de una habitación grande de color caoba se hallaba un comedor de cedro a quien le estaban poniendo vajilla fina y lujosa de plata para servir la comida. En la primera cabecera de la mesa estaba sentado un hombre adulto de cabello y barba rojiza con tonos rubios, junto a él a su derecha estaba una mujer igualmente pelirroja de melena larga que estaba recogida en una trenza gruesa detrás de ella y se adornaba con una tiara de esmeraldas.

—Su majestad —habló un hombre entrando al salón—. El príncipe y la princesa ya están aquí.

Dio paso a que entrase una chica de vestido azul marino con escote cuadrado y mangas holgadas hasta los codos que usaba su cabello negro suelto adornado con una diadema más ancha y lisa del mismo color que su vestido y acompañada con unas cuantas piedras preciosas en los bordes.

—Majestad… —La chica se inclinó para mostrar respeto.

El hombre le pasó de lado sin prestarle atención y fue hacia el chico pelirrojo con pecas que venía detrás de la joven. El chico venía un tanto desalineado, su camisa blanca de mangas estaba descubierta porque su saco azul rey lo traía él en las manos.

— ¡Mi muchacho! ¡Mi príncipe! —Exclamó el hombre entusiasmado—. Tu madre y yo hemos esperado tu llegada, toma asiento.

—Mis rayos de luz —dijo la mujer viendo a ambos jóvenes—. Espero tengan hambre, pedí que hicieran sus platillos favoritos.

—Gracias, madre —contestaron al mismo tiempo.

Los sirvientes llegaron con charolas donde traían los platillos para cada integrante de la familia.

“Sus majestades…” “Su alteza real…” “Alteza.”

—El baile de debutantes en el reino Venatore será pronto —mencionó el hombre—. Con la esposa fallecida del rey Alaric, él ya no tendrá un heredero varón a menos que se case de nuevo.

—Andreas. —Le tomó la mano como regaño—. El rey Alaric ha sido un buen hombre y un gran aliado nuestro, muestra más respeto por su perdida.

—Analissa, sé que debe ser dificil, pero si fuera él pensaría en el bienestar de mi reino. Solo tiene dos hijas, dos princesas y me gustaría hablar con él para llegar a un acuerdo.

La joven pelinegra levantó la vista a su padre y cuestionó al respecto, pero el hombre le mal contestó y regañó por meterse en asuntos que no le concernían.

— ¿Por qué no puedes ser como tu hermano? —Recriminó decepcionado—. Deberías aprender a ser un poco más como Scottland.

—Yurim, ve a tu habitación.

La chica apretó sus puños sobre la mesa, se levantó molesta y azotó la servilleta sobre el platillo acabado antes de irse.

—Padre…

—No digas nada, Scottland. Tu hermana me puso de mal humor, hablaremos sobre los Venatore más tarde.

Después de la cena todos se retiraron y como se acordó, Scottland fue a ver a su padre a su estudio donde estaban a solas. Andreas le explicó sus planes para la familia Venatore, sin embargo, el chico se opuso rotundamente a la idea y lo único que consiguió fueron insultos y algunos golpes por parte de su padre.

—Siempre he alardeado sobre ti, sobre mi heredero que algún día pondrá aún más en alto el gran apellido de los Evenson —confesó irónico—. ¡Y esto es lo que obtengo por poner mi fe en ti! ¡Eres un malagradecido!

Scottland bajó su cabeza conteniendo sus lágrimas antes de que su padre lo viese y se enojara más.

—Ve con el batallón, acaba con esos sucios y repugnantes seres hasta que no quede ninguno con vida así tengas que usar cualquier método —ordenó energético—. Si lo haces, perdonaré tu altanería y te permitiré elegir con cuál de las princesas Venatore casarte… si fallas, más vale que sea muriendo y no de regreso con el fracaso a este reino. ¿Quedó claro?

—Sí, su majestad. —Se inclinó ante él y se marchó.

Por otra parte, del otro lado de la frontera de la corte Evanesa se hallaba el reino Venatore planificando el baile de debutantes donde todas las damas más prestigiosas que estaban en sus veintes o cerca de ellos asistían para encontrar un buen prospecto a esposo.

— ¿Es el vestido que ibas a usar en el baile de debutantes? —Cuestionó una chica rubia—. Es una pena…

— ¿Qué estás…? ¡Rebecca! ¡Detente!

La joven rubia rasgó un vestido morado de alta costura de seda y encajes, luego se lo arrojó al suelo donde su hermana menor de cabello café se tiró para recogerlo.

—Creo que ahora tendrás que usar la ropa de la servidumbre —se burló sonriente—. Pobre de ti, Injae. Nadie querría de esposa a una chica más pálida que el mismo rosa palo, ni con tan poca carne como la que tienes y ni hablar de ese cabello horrible… al menos péinalo mejor, parecerías una más de las criadas si no fuera por la ropa que llevas puesta.

Injae bajó su mirada al vestido en sus manos y lloró un poco antes de que Rebecca le levantase con rudeza el mentón para verle el rostro lloroso.

—Y encima tienes el descaro de ponerte a llorar, siempre debes hacerte la víctima, ¿no?

— ¿Por qué eres tan mala? —Balbuceó.

Alguien tocó a la puerta y entró una muchacha de trenzas cobrizas usando un delantal.

— ¡Su alteza! —Corrió hasta Injae—. ¿Qué ha pasado? ¿Se encuentra bien?

Rebecca reviró sus ojos y después de un resoplo se terminó saliendo del cuarto para encontrarse con su padre, quien al verla le regaló una sonrisa para luego preguntarle por su hermana, pero la rubia mintió diciendo que estaba en el jardín.

—Juro por el cielo que, si la princesa Rebecca vuelve a hacerle algo, yo…

—Meli. —Le sonrió tierna—. Gracias, pero no quiero que tengas problemas. Rebecca no solo es rencorosa, también puede ser muy vengativa.

—Pero alteza… —Suspiró resignada—. Entonces permítame ayudarle con su vestido, usted debe ser la más hermosa dama en ese baile… oí que los duques de Barrow estarán allí.

Injae se rio y luego su criada. Cuando la princesa se quedó a solas, se paró frente a su balcón para observar el jardín de laberinto que tenía su palacio, una avecilla de colores rosados y verdosos se posó sobre su mano así que ella volteó a verla, pero entonces miró un brazalete dorado con una piedra roja en forma de punta de flecha.




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