Confesiones de una cazadora

Capítulo 124.

En la mañana siguiente, Gerard salió con sus tres acompañantes vistiendo lo más formal posible hacia el museo de Petaluma, al bajar del vehículo Injae miró con recelo el edificio y el anciano se acercó con una sonrisita burlona.

— ¿Quieres saber por qué a los cazadores que se vuelven sobrenaturales les quitan su marca? Entra.

Injae subió los escalones viendo como en las contrahuellas de estos se iluminaba una escritura en cursiva sintiendo al mismo tiempo su nuca caliente justo donde su marca de cazadora estaba tatuada y cuando llegó a las puertas, vio la misma escritura iluminarse arriba del marco. Al entrar, esperó encontrar otra cosa, pero el mismo museo de siempre estaba allí.

— ¿Ves esa puerta? —Le señaló el hombre—. Gira la perilla a la izquierda, después a la derecha y vuelve a girarla a la izquierda para abrirla, así entrarás al Santuario.

La castaña fue a la puerta indicada, dicha puerta no la recordaba de las veces que estuvo ella en el museo por lo que se sentía insegura de abrirla; giró la perilla como le indicó Gerard y al abrir, una luz amarilla provino de adentro, Injae entró primero dejando al resto atrás.

Detrás de la puerta se hallaba un lugar muchísimo más grande que el propio museo, Injae se adentró más logrando que el sonido de sus zapatillas resaltase entre todo el silencio y al hacerlo, quienes estaban allí la miraron unos segundos y luego continuaron con lo suyo pasando de un lado a otro. Injae se detuvo a observar el lugar y lo que había en él: un vitral en semicírculo al fondo detrás de un barandal que simulaba una especie de balcón para ver todo el lugar desde más alto, adornos extravagantes que cambiaban de forma cada tanto y todos a la vez, en las paredes había relojes de piso antiguos con una hora diferente en cada uno. La chica volteó hacia atrás a ver por encima de su hombro que la puerta de donde salió no estaba y en su lugar había un reloj, se quedó seria juzgando lo que pasó y comenzó a caminar por el resto del lugar para curiosear.

Abrió la puerta hacia un pasillo solitario de espejos de todo tipo de tamaño y forma, observaba su reflejo con claridad en cada uno hasta que el sonido de un ave llamó su atención y se paró delante de uno de ellos, de pronto el espejo pareció volverse líquido y ella acercó su dedo para tocarlo.

—No haría eso si fuera tú —dijo la voz de un hombre atrás.

Injae volteó sobresaltada y observó a un hombre de tez apiñonada, rostro pecoso con el cabello y la barba cobriza que parecía rondar entre los cuarenta y cinco y cincuenta años de edad.

—Ahora dejan entrar a cualquiera —expresó disgustado viéndola—. Esta es una reunión importante, no un parque de diversiones para que juegues con tus muñecas así que regresa a casa porque seguro no tienes permiso de estar aquí.

Injae bajó su mirada sonriendo burlona mientras él la veía sin entender porque seguía allí, luego ella alzó su vista y la plasmó sobre el hombre de ojos ámbar.

—Oh. —Sonrió abierta queriendo verse avergonzada y luego articuló una expresión más gélida—. Soy una Venator, no necesito su permiso o el de alguien para estar aquí.

El hombre apretó su mandíbula ante la mirada retadora que le dio la chica, estando a punto de abrir la boca para soltar un reclamo fue interrumpido por otro hombre de baja estatura más joven que él que llegó apurado.

—Señor, será mejor que se retire porque ellos acaban de llegar —susurró nervioso.

El hombre misterioso de pecas se puso tenso al oír al otro tipo.

—Al parecer el que no tiene permiso de estar aquí es otro —susurró burlesca viéndolo una vez más antes de salir del pasillo.

— ¡Mocosa insolente! ¿Quién se cree…?

—Señor, en serio debe irse ahora, sino ellos podrán verlo y todo se vendrá abajo.

El pecoso resopló resignado ante la insistencia de su lacayo, aceptó irse y le ordenó a este que se quedase a oír la reunión.

Injae salió del pasillo de espejos y se encontró a Scott buscando a alguien con la mirada, cuando la vio dejó de buscar.

—Ahí estabas, creí que te habrías perdido —comentó incómodo—. Lo que pasó antier…

—Está bien. —Negó relajada—. Fue algo sin importancia, solo me importa que estemos bien… ¿Lo estamos?

Scott la miró abatido y asintió, luego ella sonrió y él se mantuvo viéndola fijo mientras la luz que pasaba por el tragaluz caía sobre Injae.

— ¿Tengo algo en la cara?

—No… —titubeó viéndola—. Es solo que mentí cuando dije no haber visto un ángel, resulta que… estuvo frente a mí siempre.

Injae levantó un poquito sus comisuras queriendo sonreírse, pero prefirió no hacerlo y arrugar su frente extrañada.

—El cuadro —dijo nervioso antes de que ella preguntara—. El cuadro atrás de ti es de un ángel que se dice fue visto por un viejo cazador.

Injae volteó y en efecto vio la pintura, regresó a mirar a Scott y le asintió con una ligera risita.

Durante la reunión, estaban los líderes de las facciones sobrenaturales que hasta ese momento conformaban a La clave: La triada, un trío de vampiros sumamente viejos que regían al resto de su especie desde hacía milenios; el consejo de la magia, dirigían el reino de la magia y hacían cumplir las leyes de este mismo, también representaban a todo tipo de brujas incluyendo hasta las de sangre; algunos alfas que tenían las manadas más grandes de todas; cuatro hadas que reinaban un subreino respectivamente dentro del reino de la magia; por último estaban los cazadores, representados por el Orkunato.

—Creo que todos saben la historia de la bruja suprema y lo imperativo que es mantenerla a ella y a su peligrosa magia fuera de este mundo —comentó el hechicero líder del consejo—. Por eso le hemos pedido a un par de videntes que en conjunto averiguaran sobre su retorno.

El hechicero respiró fuerte con inquietud y viendo a todos tuvo que decir la verdad del descubrimiento.




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