Omnia era el corazón del universo.
No solo un planeta: la piedra angular sobre la que se sostenían los demás mundos, sus alianzas frágiles, sus amenazas veladas y sus pecados más antiguos. Allí se reunían los reyes y reinas de cada reino para decidir el destino de millones. Allí, una sola palabra podía levantar imperios o condenarlos a la extinción.
Y hacia ese lugar avanzaba Nevan.
Sus pasos resonaban en el corredor de piedra pulida como si llevara el peso de su planeta entero sobre los hombros y probablemente lo hacía. La luz plateada de los ventanales lo bañaba de un brillo gélido, convirtiéndolo en una figura casi fantasmagórica mientras caminaba. Ajustó su saco oscuro con una elegancia que parecía aprendida, no heredada, y se permitió una respiración profunda.
Al cruzar las puertas del gran salón, el mundo pareció agrandarse de golpe.
El recinto era inmenso: un círculo perfecto, con paredes que se elevaban como columnas infinitas, cubiertas por glifos antiguos que narraban guerras, pactos y traiciones. Quien se parara en el centro era, inevitablemente, pequeño. Expuesto. Vulnerable.
Las sillas del Consejo se alzaban en plataformas elevadas, dándoles a los monarcas la apariencia de dioses distantes. Capa tras capa de ropajes brillantes, coronas de metales imposibles de soñar para cualquier otro, miradas duras como cuchillas. Todos lo observaban desde arriba, juzgándolo antes de que siquiera hablara.
Nevan sonrió con esa cortesía ensayada hasta la perfección. Esa sonrisa que había usado toda su vida para aplacar temores, disfrazar su origen, esconder la historia oscura de su especie.
—Buenos días, señores, señoras y señoritas. —saludó, inclinándose con impecable educación— Mi nombre es Nevan y represento al planeta Mortem en asuntos de relaciones políticas externas.
El silencio fue breve antes del estallido de murmullos, inevitable.
Mortem era el planeta de los solitarios.
El nombre recorrió el salón como un susurro maldito.
Los más ancianos fruncieron el ceño y las figuras más jóvenes miraron a Nevan como si estuvieran frente a una criatura de leyenda. Y, en cierto modo, lo estaban.
Los solitarios eran mitos vivientes, cuentos contados antes de dormir a los niños para que no se acerquen al bosque.
Bestias entre árboles, devoradores de carne, sombras que cazaban en la noche.
Y sin embargo, allí estaba él con traje,limpio, peinado hacia atrás con precisión casi ceremonial con ojos grises y soñadores. Educado como un príncipe, no como un monstruo.
Cuando el murmullo cedió, Nevan continuó con voz firme:
—Hablo en nombre de todos los solitarios cuando expreso nuestro deseo de ser aceptados en este Consejo y obtener los mismos derechos que las demás especies. Reconocemos errores del pasado, pero hemos cambiado. Mortem ha cambiado. Y creemos que podemos aportar mucho al universo.
Las reacciones fueron variadas: incredulidad, burla, temor. Pero en el fondo, bajo todas las expresiones, había una misma sombra.
La guerra.
La única guerra que Mortem había provocado años atrás.
Una guerra tan brutal que Omnia aún evitaba nombrarla.
Una guerra donde un Elegido —uno de los seres más poderosos jamás creados— había caído a manos de los solitarios.
Esa mancha no se borraba.
No importaba cuántos trajes usara Nevan, ni cuánta diplomacia hubiera aprendido.
Para muchos en esa sala, seguía siendo un hijo de Mortema Mater, nacido del hambre, de la violencia.
El rey de Omnia carraspeó. Su voz cargada de autoridad hizo eco en las paredes.
—Buenos días, joven Nevan. —Hablaba como quien trata a un niño ingenuo—. Su solicitud será analizada por el Consejo. No es un asunto prioritario, por lo que deberá esperar algunos meses... si eso le sirve.
Nevan asintió, sin dejar que la frustración asomara siquiera en sus ojos.
—Será suficiente, alteza. Agradecemos su tiempo.
Y se retiró.
Los primeros tres meses pasaron sin respuesta.
Luego seis.
Luego nueve.
Cuando el año se completó, Nevan decidió volver. Esta vez no lo acompañaba solo su paciencia.
A su lado caminaba Zander, líder militar de los solitarios. Alto, de hombros enormes, mirada intensa, el porte de un general y la presencia de un depredador contenido. Su sola figura provocó que algunos guardias llevaran una mano al arma.
Al entrar en el salón, el rey de Omnia los recibió con una sonrisa tan falsa que casi brillaba.
—Buenos días nuevamente —saludó Nevan con cortesía impecable—. Sabemos que manejan asuntos muy importantes, pero ya ha pasado un año. Venimos a saber si el Consejo llegó a una decisión.
El rey se acercó, ladeó la cabeza, lo miró como si buscara algo gracioso en su rostro.
—Lo siento, pero... ¿una respuesta a qué?
Las risas contenidas serpentearon por el salón.
Nevan siguió sonriendo.
Era una sonrisa de acero.
—Al asunto de Mortem, su alteza.
—Oh... ¿qué asunto? Quizás pueda refrescar mi memoria —dijo el rey con burla abierta.
—Los derechos de Mortem —Recordó Nevan.
—Ah aún no han sido tratado, podrías volver en tres meses... —Decretó el rey con una sonrisa mal contenida, la sonrisa de Nevan no flaqueo ante las risas de los reyes.
Zander tensó la mandíbula, pero se mantuvo en silencio hasta que ya no pudo contenerse.
—Con todo respeto, su alteza... es poco lo que pedimos, considerando que hace tiempo ustedes provocaron un genocidio injustificado —dijo con voz grave—. Y, actualmente, no podrían ganar una guerra.
El silencio cayó pesado como una lápida.
Las miradas se volvieron dagas.
El rey se incorporó con lentitud irritada.
—¿Es eso una amenaza? ¿Quién es usted?
—El líder bélico de Mortem —intervino Nevan, antes de que Zander pudiera responder algo peor.
El rey los miró como si fueran bichos insolentes.
—¿Y vienen aquí a faltarme el respeto?