Confiar En El Enemigo

Capítulo 2

El portal se cerró detrás de ellos con un zumbido grave, como el cierre de una gigantesca puerta metálica. Y en cuanto la luz se desvaneció, Elarian sintió que el aire mismo cambiaba: más pesado, más frío, más denso.

Mortem no los recibía.

Simplemente los toleraba.

El suelo fue lo primero que atrapó su atención. Era blanco como la nieve... pero no tenía ni la suavidad ni la pureza de ésta. Era ceniza mezclada con escarcha se compactaba bajo las botas con un sonido sordo, apagado, como huesos viejos triturándose.

Cada paso dejaba una huella profunda. Y cada huella parecía tardar demasiado en desvanecerse, como si el planeta se resistiera a eliminar la evidencia de su presencia.

El bosque que los rodeaba era inmenso. Troncos oscuros y gruesos se elevaban hacia un cielo gris plomizo, en el que no se distinguía el brillo de Omnia, ni alguna luna, ni planeta cercano lo cual no le extrañaba, Mortem era una planeta alejado de los demás. Solo una claridad uniforme, triste, que hacía que el tiempo pareciera detenido. Los árboles recordaban a los pinos de la Tierra, pero su sufrimiento era evidente. La mayoría estaba formado por ramas secas que se enroscaban como dedos artríticos. Otros tenían copas minúsculas, desprolijas, como si hubieran crecido a pesar del planeta, no gracias a él.

El aire olía a frío, a tierra húmeda y a algo metálico que recordaba a la sangre.

Un silencio tan absoluto que los soldados de Omnia intercambiaron miradas inquietas. Nada vivo emitía sonido. No había viento que agitara las ramas, ni animales huyendo entre la maleza. La quietud era antinatural, casi ritual.

Mortem era un mundo donde hasta la ausencia hacía ruido.

A pocos metros de distancia, tres figuras aguardaban su llegada.

Nevan estaba en el centro, como un anfitrión elegantemente preparado para una visita diplomática, no para recibir a una escuadra militar enviada a inspeccionar su planeta. A sus lados estaban Zander —alto, imponente, con los hombros rectos y una expresión que oscilaba entre la hostilidad y el ejercicio de paciencia— y otro joven solitario, más bajo, quizá un aprendiz o un soldado recién incorporado.

Nevan mantenía ese gesto pulido, tan propio de él: la sonrisa medida, la postura relajada, las manos visibles en un intento claro de mostrar no agresión. Su atuendo era sencillo, práctico, pero aun así cargado de una elegancia innata que desentonaba con el entorno áspero del planeta.

Elarian avanzó unos pasos y estudió cada detalle alrededor: las sombras entre los árboles, el patrón de pisadas en el suelo, la distancia entre los solitarios y el bosque. Su misión no era solo observarlos... era evaluar si todo aquello era una trampa.

La reputación de Mortem no hacía el trabajo fácil.

Cuando se detuvo frente al grupo, el silencio del bosque parecía volar alrededor de sus alas como un peso invisible.

Nevan se acercó, quizá demasiado confiado para alguien que recibía a un batallón entero armado hasta los dientes.

—Buenos días a todos —saludó con una amabilidad que contrastaba con el paisaje hostil—. Espero que estén listos para un día de mucha caminata. Mortem es un planeta extenso y, como bien indica nuestro nombre... no vivimos en ciudades. Ni en pueblos, en realidad.

Su sonrisa adquirió un tinte humorístico.

Pero ningún soldado de Omnia la devolvió.

Los soldados permanecían con los rostros tensos, la mano cerca del arma, los ojos clavados en los solitarios con una mezcla de curiosidad y desconfianza. Zander, por su parte, respondió aquella vigilancia apenas levantando la barbilla, teniendo que contener el impulso natural de gruñirles.

Elarian, en cambio, dio un paso al frente para equilibrar la tensión.

Fue entonces cuando lo notó realmente.

Nevan era alto. Muy alto.

Pero no solo eso: su presencia, incluso sin transformar, tenía ese magnetismo extraño y salvaje que describían los antiguos registros sobre los solitarios. Una belleza peligrosa, diseñada para atraer, para desarmar, para engañar si era necesario.

Y sin embargo, en él no había amenaza visible, solo diplomacia.

Y una calma que parecía casi...angelical.

—Será un placer conocer Mortem —dijo Elarian, extendiendo la mano hacia él—. El resto del universo tiene muy poca información sobre ustedes. O, al menos, información creíble.

Sus soldados la miraron de reojo: Elarian, la general de Omnia, estrechándole la mano a un solitario como si fuesen aliados en vez de enemigos potenciales.

Nevan tomó su mano con gentileza, mostrando una sonrisa verdaderamente agradecida.

Por un instante, su expresión perdió la máscara diplomática. Allí había alivio. E incluso esperanza.

—Nos honra la presencia de todos ustedes hoy —respondió—. Y de verdad agradezco que hayan venido en persona. Permitan que los guiemos. Mortem es vasto... y a veces demasiado silencioso.

Con un gesto, indicó el camino entre los árboles.

El grupo comenzó a avanzar.

Elarian caminó junto a Nevan, atenta a cada una de sus palabras, cada inflexión. Sus soldados la seguían con disciplina, aunque sus miradas desviaban constantemente hacia el bosque, como si esperaran que algo —cualquier cosa— surgiera desde las sombras para abalanzarse sobre ellos.

Mientras se adentraban, el silencio del bosque parecía cambiar de textura. Ya no era un vacío... era una presencia. Como si los árboles escucharan. Como si el suelo respirara con ellos. Como si Mortem mismo examinara a los visitantes, decidiendo si eran merecedores de caminar sobre su tierra.

Elarian avanzaba con la vista fija en el sendero nevado, pero cada cierto tiempo percibía el mismo patrón: una mirada fugaz, casi involuntaria, dirigida a sus alas. Nevan intentaba disimularlo con una cortesía impecable, pero no era difícil notarlo. Sus ojos se desviaban apenas un segundo, como si un impulso lo venciera; un vistazo rápido que parecía querer memorizar la curva de cada pluma, la forma en que el blanco puro absorbía la tenue luz del bosque. Y cada vez que creía que Elarian no estaba mirándolo, una especie de asombro se le cruzaba por el rostro, un brillo infantil que dejaba en evidencia algo más simple que admiración: fascinación. Como si las alas fueran algo que siempre soñó ver de cerca y nunca se permitió confesar.



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En el texto hay: darkromance, romance belico, guerra entre mundos

Editado: 02.07.2026

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