Tras la reveladora —y en cierto modo devastadora— visita a Mortem, Elarian tardó dos días enteros en redactar su informe oficial. No porque la tarea fuera complicada, sino porque cada vez que intentaba plasmar los hechos en palabras, alguna imagen volvía a irrumpir en su mente: Zander estrellando a una criatura contra un tronco, Nevan deteniendo otra con un brazo monstruoso, la nieve teñida de tonos oscuros bajo sus pies. La metamorfosis, la brutalidad, el silencio posterior.
Y, sobre todo, la certeza de que no habían visto ni la mitad de la verdad.
Aun así, su deber era con Omnia.
De modo que escribió. Con precisión. Con disciplina. Con frialdad.
Describió las cabañas dispersas, la sorprendente cordialidad, la calma atípica de los habitantes. Pero también detalló, con énfasis quirúrgico, cada rasgo de la transformación: la velocidad inhumana, la fuerza sobrehumana, la violencia animal. Señaló que aunque algunos solitarios mostraban rasgos de civilización aceptable, existía otro porcentaje —indeterminado, pero claramente presente— que conservaba una ferocidad digna de las pesadillas que todos recordaban de la infancia.
"Aun aquellos que aparentan serenidad poseen una naturaleza salvaje latente, difícil de predecir, imposible de ignorar."
La frase quedó subrayada en el pergamino, fría e implacable.
El informe incluso mencionaba que los dos individuos que habían demostrado ser más educados, Nevan y Zander, habían sido los mismos que revelaron capacidades monstruosas en cuestión de segundos. Un hecho que, para cualquier político del Consejo, era argumento suficiente.
Cuando terminó de redactar, Elaria no sintió alivio.
Sintió un vacío extraño.
El día de la lectura del informe, el salón del Consejo Central estaba más lleno de lo habitual. Las luces suspendidas en lo alto iluminaban los rostros tensos de los representantes: reyes, reinas, líderes militares, embajadores y sabios. Todos sentados en sus tronos elevados, como si observaran desde un panteón.
El Rey de Omnia sostenía el informe entre sus manos enguantadas. Sus dedos pasaban las páginas lentamente, en un acto casi teatral. El silencio en el salón era tan absoluto que se escuchaba el roce del papel.
Elaria permanecía de pie en el centro del lugar, con la espalda recta y las alas plegadas. No mostraba emoción. O no permitía que nadie la viera.
Finalmente, el rey cerró el documento con un golpe seco.
Y sonrió.
—Debo decir —comenzó con una satisfacción apenas velada— que este informe supera incluso nuestras expectativas.
Un murmullo recorrió el salón, pero nadie habló. Nadie necesitaba hacerlo: la decisión empezaba a formarse en los rostros como una sombra inevitable.
El rey alzó el documento para que todos lo vieran.
—Aquí —dijo, su voz expandiéndose con eco entre las paredes— se demuestra claramente que los solitarios continúan albergando una naturaleza impredecible, violenta y potencialmente devastadora. Aunque una parte de ellos pueda haber adquirido modales aceptables, la presencia de individuos salvajes y la facilidad con la que incluso los civilizados retornan a su forma violenta...
Dejó caer el informe sobre la mesa, como si su peso fuera el de un veredicto final.
—...hace que sea absolutamente inaceptable considerar a Mortem como candidato al Consejo.
Los representantes asentían. Algunos con frialdad. Otros con visible alivio.
Elaria no habló.
No movió un músculo.
Había visto de primera mano la mezcla de tragedia y salvajismo que era Mortem.
Y aunque una parte de ella... muy pequeña... pensaba en la sonrisa amable de Nevan, en la calma inteligente de su voz, en su torpe fascinación por sus alas...
...no podía permitir que eso influyera en su juicio oficial.
El rey dio un paso adelante y levantó la mano, sellando la resolución.
—El Consejo Central decreta que Mortem queda oficialmente excluido del derecho de membresía. Su participación queda prohibida. Su influencia, limitada. Y su intento de obtener igualdad... negado.
Un golpe de mazo retumbó como un trueno.
El destino de un planeta entero quedó decidido en un solo gesto.
Un mes más tarde el aire frente al puesto de control vibró con un zumbido grave, como si la realidad misma respirara hondo. El portal de tránsito interplanetario se abrió con un estallido de luz celeste, formando un óvalo perfecto suspendido sobre la plataforma de piedra blanca. Los guardias omnianos, alineados en filas impecables, enderezaron la postura en cuanto la superficie del portal comenzó a ondular.
Una sombra cruzó el umbral primero.
Luego, la figura completa de Nevan emergió del portal, caminando con la seguridad de quien conoce cada milímetro de sus propios movimientos. Su ropa oscura contrastaba con los mármoles luminosos de Omnia, y la energía estática del viaje todavía chisporroteaba alrededor de su silueta. Detrás de él, atravesaron el portal Zander y el asistente, ambos tensos al encontrarse bajo la mirada implacable de los guardias omnianos.
Pero antes de que pudieran avanzar siquiera dos pasos, una barrera de luz se alzó frente a ellos.
—Deténganse —ordenó el capitán de la guardia, sin necesidad de alzar la voz.
Zander frunció el ceño, listo para defender a Nevan si era necesario.
—Sólo el representante diplomático de Mortem puede ingresar al Consejo —anunció el capitán, sin inmutarse ante el gruñido de Zander—. El resto deberá permanecer en el área de seguridad.
El asistente dio un paso atrás con resignación.
Zander soltó un resoplido impaciente, pero antes de que pudiera interponer palabra, Nevan levantó suavemente una mano.
—Estaré bien —dijo con una calma que no era para los guardias, sino para su gente.
Zander cedió... pero su desconfianza llenó el aire como humo. Y aun así, ningún guardia se atrevió a sostenerle la mirada por más de un segundo.