Confiar En El Enemigo

Capítulo 4

La habitación estaba apenas iluminada, como si incluso el fuego temiera mostrar demasiado. Una lámpara construida a partir de ramas retorcidas y metal reciclado colgaba del techo, arrojando una luz amarillenta e inestable que proyectaba sombras ondulantes sobre las paredes de roca. Esas sombras parecían vivas, moviéndose con cada respiración de quienes estaban reunidos allí.

La mesa central ocupaba casi todo el espacio. Había sido tallada de un tronco ancestral, tan ancho que solo podía haber pertenecido a uno de los grandes árboles del Bosque Antiguo de Mortem, aquellos que ya no existían más que en las leyendas. Estaba cubierta de objetos: libros con tapas desgastadas, hojas que habían cambiado de manos demasiadas veces, mapas pintados a mano, pergaminos recién escritos, frascos con tinta y plumas secas. Todo mezclado en un caos meticuloso, propio de la mente que los había reunido.

Nevan estaba sentado en la cabecera.

Y aunque no alzaba la voz, gobernaba la sala.

Su rostro estaba parcialmente cubierto por la luz tenue, de forma que un lado se veía suave, diplomático, mientras que la otra mitad quedaba sumida en sombra, dejando entrever el tacto frío que solo los solitarios conocían. Era como si existieran dos Nevans en uno solo: el político que había aprendido a sonreír ante el desprecio... y el estratega que había visto morir a los suyos sin siquiera tener armas para defenderse en los libros de historia.

—Es un plan sencillo, pero no debemos subestimarlos —comenzó con tono sereno, hojeando unos recortes de papel gastado—. Omnia tuvo avances importantes desde la última guerra. Y no olvidemos los artefactos que desarrollaron durante su conflicto contra el Infierno.

Pasó un dedo por los bordes quemados de un reporte militar.

Era evidente que había costado conseguir esa información.

Sangre, favores... o ambas cosas.

—Somos más fuertes que antes —admitió sin arrogancia, solo constatando un hecho—. Pero las armas celestiales, tanto del Cielo como del Infierno, siguen siendo una amenaza real. Fueron las únicas capaces de cobrarse las vidas de los nuestros en la guerra pasada.

Un escalofrío recorrió la sala.

Y no por el frío.

Los soldados presentes bajaron la mirada, recordando lo que había significado perder a uno de los suyos. Los solitarios no morían fácilmente. Que una sola arma pudiera matarlos... era una verdad incómoda que preferían evitar mencionar.

Zander, apoyado con ambos codos sobre la mesa, mantenía el ceño fruncido. Pero lo escuchaba. Siempre escuchaba a Nevan.

Nevan continuó:

—Tenemos un objetivo principal.

Sus dedos tomaron una hoja doblada con precisión ritual. La desplegó lentamente, dejando que el papel crujiera en el silencio. La colocó en el centro de la mesa.

Era la imagen de Elarian, recortada de un periódico de Omnia.

El rostro de la joven, de mirada implacable y alas extendidas, parecía observarlos desde la mesa, juzgando incluso a través del papel. La fotografía irradiaba autoridad. Voluntad. Poder.

Nevan la miró con la neutralidad de un cirujano antes de iniciar una operación.

—Debemos quitarla del medio antes de la próxima batalla. —Su voz no tembló ni un instante—. Sin líder bélica, Omnia tardará en reorganizarse. Tendrán que elegir un reemplazo. Y modificar toda su estrategia desde cero.

Los soldados intercambiaron miradas tensas porque aquello... no sonaba a Nevan el amable, ni a Nevan el diplomático.

Era el Nevan que surgía cuando Mortem estaba en peligro.

—Y por lo que he podido leer —añadió con un destello calculador en la mirada—, no hay nadie más capacitado que ella. Ni siquiera cerca.

Zander dejó el documento que tenía en las manos y lo miró fijamente.

—No la mataremos ¿Verdad? —intervino, como si intuyera exactamente hacia dónde podía dirigirse la mente del joven.

Nevan sonrió apenas, ladeando la cabeza.

—Jamás dije que debiéramos hacerlo. —Le dedicó una mirada afilada a los soldados, como si advirtiera su tendencia natural a usar más fuerza de la necesaria—. Su captura es esencial para una futura negociación.

Dio un paso hacia atrás, cruzando los brazos con tranquilidad.

—Omnia respeta demasiado a sus soldados al mando. Sin ella, estarán vulnerables. Necesitados. Y no podrán emprender estrategias arriesgadas sin la certeza de que alguien del calibre de Elarian los dirija.

Su asistente tragó saliva.

Un solitario de la fila izquierda murmuró algo entre dientes.

Otro carraspeó, inquieto.

Zander respiró por la nariz, paciente pero tenso.

—Lo mejor sería que no luches en primera línea, Nevan —advirtió—. Ellos planearán lo mismo. Te querrán neutralizar antes que a nadie.

Nevan asintió, como si lo hubiese anticipado desde antes de entrar a la sala.

—Claro. Tendrán que prescindir de mí al inicio. —Sus ojos recorrieron el mapa desplegado—. Ustedes harán el trabajo sucio. Yo me mantendré entre los árboles.

La luz osciló un segundo, como si el viento hubiera pasado por allí.

Pero no había viento.

—En cuanto capturen a Elarian —continuó—, sin herirla gravemente, debo sacarla del campo de batalla antes de que sus soldados lo noten. Si logran sostener la línea el tiempo suficiente, podré llevarla a la retaguardia sin que Omnia sospeche que está en problemas.

La sala entera escuchaba ahora en absoluto silencio.

Nadie respiraba fuerte.

Nadie hablaba.

Nadie se movía.

Nevan apoyó ambas manos sobre la mesa y habló con voz baja, firme, definitiva:

—Cuanto antes capturemos a Elarian, antes terminará la batalla. No estoy interesado en que se pierdan vidas de ningún bando.

Los soldados lo miraron con una mezcla de respeto y miedo.

Porque Nevan no mataba si no era necesario.

Y si decía que Elarian debía vivir... viviría.

Pero si ordenaba lo contrario...

La sala entera sabía perfectamente lo que ocurriría.



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En el texto hay: darkromance, romance belico, guerra entre mundos

Editado: 02.07.2026

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