El amanecer sobre Omnia había sido extraño. No traía luz ni calma, sino una sensación eléctrica en el aire, como si el propio planeta hubiese contenido el aliento ante lo que estaba por ocurrir. El enorme edificio central de seguridad estaba inundado de actividad desde la madrugada: soldados corriendo de un lado al otro, comandantes revisando listas, ingenieros afinando los motores de vuelo, y toda la gigantesca maquinaria militar del reino funcionando como un corazón acelerado.
En medio de ese caos organizado, Elarian avanzaba con su armadura ligera ajustada al cuerpo, tan silenciosa como letal. Sus botas resonaban sobre el mármol pulido; cada paso marcaba un ritmo de urgencia y determinación. Su capa corta se movía rítmicamente con la brisa artificial de las corrientes de aire del hangar, mientras sus alas —bien plegadas— reposaban con disciplina militar.
Ella no temblaba, no dudaba, no pestañeaba.
A su alrededor, cientos de soldados se alineaban frente al portal interplanetario, formando filas impecables que se extendían desde la plataforma principal hasta los balcones superiores. Armaduras brillantes, alas tensas, cascos preparados, máscaras térmicas en mano.
La guerra había dejado de ser un rumor.
Ahora era un hecho.
Los motores del portal vibraban como un gigante dormido que empezaba a abrir los ojos. Ráfagas de energía azulada comenzaban a girar en espiral, distorsionando el aire y generando un zumbido que hacía vibrar el pecho de todos.
Elarian se colocó al frente, era la primera en la línea.
Como debía ser.
Mientras los últimos preparativos se realizaban, sintió que alguien se aproximaba tras ella. Reconoció el paso sin necesidad de voltear.
El rey de Omnia se acercó, llevando consigo esa mezcla de solemnidad y carga que solo los gobernantes a punto de enviar a su gente a la muerte podían portar. Nadie lo escuchó. Nadie lo vio. Todos seguían en formación, mirando adelante, esperando la orden.
El rey se ubicó a su lado, tan cerca que apenas movió los labios cuando habló.
—¿Ganaremos? —susurró.
Su voz estaba contenida, dura, pero bañada de miedo. Miedo genuino.
Elarian no lo miró, no podía darse ese lujo.
En cambio, mantuvo la vista fija en el portal que parpadeaba como una herida abierta entre mundos.
—Jamás lucharía una guerra que no creyese que puedo ganar —respondió, firme como una espada recién forjada.
No era arrogancia. Era una promesa y una mentira necesaria.
El rey asintió solo una vez antes de retirarse entre las sombras. Los soldados apenas notaron su presencia, pero el aire que dejó detrás pesaba como plomo.
El portal terminó de encenderse.
Se abrió con un estallido sordo, generando una onda de energía que hizo temblar la plataforma. Un remolino de luz azul expandió sus bordes, estabilizándose hasta transformarse en un espejo líquido que no reflejaba nada del mundo al que pertenecía. Era un abismo vertical hacia Mortem.
Elarian ajustó su máscara térmica sobre su rostro. La visión se volvió rojiza, con tonalidades que distorsionaban la luz del hangar. Finalmente levantó el brazo, y sus alas se desplegaron con un sonido seco, poderoso.
—¡Tropas, en posición! —ordenó.
Fue un trueno.
Miles de alas se extendieron al mismo tiempo.
El suelo vibró, el aire silbó y Elarian respiró hondo.
Y dio un paso hacia el portal.
La transición fue brutal.
Cruzar un portal interplanetario era como ser arrojado dentro de una corriente oceánica: el cuerpo se comprimía, los oídos estallaban en silencio, y los colores se extendían hacia atrás como si el universo fuese arrastrado por un viento invisible.
Cuando aterrizó al otro lado, las botas de Elarian golpearon suelo firme. Sus alas hicieron un latigazo para estabilizarla y, acto seguido, todos los soldados aparecieron detrás de ella en oleadas de luz azul.
El frío fue lo primero que sintió.
Un frío seco, agresivo, que quemaba el aire al inhalar.
El bosque de Mortem se extendía frente a ellos, oscuro, silencioso, inmóvil. Árboles altísimos —torres de madera gastada— se alineaban como columnas funerarias. Las copas eran tan delgadas que apenas filtraban luz. Y el suelo estaba cubierto por esa mezcla extraña entre nieve y ceniza que hacía parecer que todo hubiese muerto hacía siglos.
Elarian dio un paso adelante.
Su máscara no detectaba nada; ningún rastro de calor, ningún ser vivo, ni animales, ni solitarios, ni nada.
—Mierda... —pensó, sin permitir que su postura lo reflejara.
Habían estado preparados para una emboscada inmediata.
Para solitarios corriendo a la velocidad del rayo, para grotescas criaturas surgiendo de los troncos, para algo, pero no para el vacío absoluto.
El silencio era tan profundo que parecía sobrenatural.
Uno de los comandantes se acercó rápidamente.
—Señorita Elarian, no estamos registrando movimientos. Ninguno.
Ella no respondió.
Una líder no podía mostrar miedo ni confusión.
Se quitó la máscara.
El aire frío la golpeó.
Intentó enfocarse.
Afinó su visión.
Escuchó.
Nada.
Nada.
Nada...
Hasta que algo se movió.
Entre dos árboles altos y secos, a unos cincuenta metros, un joven apareció caminando con la calma de quien pasea en su jardín. No tenía armas a la vista. No tenía protección. No tenía prisa. Sus manos estaban en los bolsillos y su sonrisa era tan suave que parecía una película proyectada sobre su rostro.
Nevan salió del bosque como si hubiese estado esperando el momento preciso para aparecer.
Como si la escena hubiese sido ensayada.
Alzó una mano y la saludó con una expresión cordial.
Como si fuera un buen día.
Como si fueran buenos vecinos.
Como si no estuvieran a segundos de iniciar una guerra.
Elarian descendió en espiral, deteniéndose a unos metros del suelo, justo frente a él. Volvió a colocarse la máscara térmica. Y entonces ocurrió algo imposible.