Confiar En El Enemigo

Capítulo 6

Los párpados de Elarian se sentían como placas de hierro oxidado. Intentó abrirlos una vez, pero el dolor en su cabeza y espalda la obligó a detenerse. En la segunda tentativa, la luz cálida la atravesó como una fina aguja. La tercera vez, finalmente consiguió que sus ojos se acostumbraran a la claridad.

Lo primero que notó fue el techo de madera.

Delgada, irregular, oscura, con vetas que serpenteaban como si fueran raíces vivas. Podía ver pequeñas grietas por donde se filtraba un hilo diminuto de aire frío, pero la temperatura en el interior era sorprendentemente agradable, casi reconfortante.

Elarian parpadeó varias veces, todavía desorientada. Su respiración era pesada; cada inhalación se sentía como si un peso aplastara su pecho por dentro.

Cuando por fin pudo girar la cabeza hacia un costado, lo entendió.

Estaba en una cabaña, no cualquier cabaña, una cabaña de solitarios.

Lo sabía por la forma en que la madera estaba unida, por ese estilo casi primitivo pero funcional, por el olor particular —una mezcla de resina, nieve recién derretida y algo que le recordó al bosque durante la guerra—.

Pero lo que más la desconcertó fue que sus manos estaban libres.

No tenía marcas de haber estado atada recientemente.

Se encontraba recostada sobre una cama sorprendentemente mullida para un hogar tan rústico; una manta espesa y una sábana suave la envolvían con una calidez agradable. Elarian levantó la manta con dificultad, apenas lo necesario para inspeccionar. El movimiento le arrancó un jadeo involuntario cuando su ala herida protestó con un latigazo de dolor tan fuerte que por un momento la habitación pareció distorsionarse ante sus ojos.

Siguió mirando.

No tenía puesta su armadura.

Ni sus botas.

Ni su ropa de combate.

En su lugar llevaba una camiseta amplia y un pantalón de tela suave, ligeros, impropios de un soldado pero cómodos al tacto. No eran suyos. Eso la alarmó aún más.

La chimenea que ardía frente a ella iluminaba la cabaña con un resplandor anaranjado. El fuego crepitaba suavemente, desprendiendo un sonido constante que en cualquier otro contexto habría sido relajante. Pero para Elarian solo aumentaba el desasosiego: nadie la vigilaba, nadie la retenía... ¿por qué?

La respuesta no aparecía, y el silencio de ese refugio improvisado se volvió ensordecedor.

De pronto, un ataque de tos le estalló en el pecho. Se inclinó involuntariamente hacia adelante, y la puñalada de dolor en su ala la hizo retroceder contra la almohada con un gemido ahogado. Sentía como si su espalda fuera atravesada nuevamente por aquella garra monstruosa.

Un hilo de sangre fresca resbaló por la comisura de sus labios y manchó la sábana. El sabor metálico le despertó un recuerdo fugaz de la batalla: gritos, humo, garras, el rugido de los solitarios, su caída, el suelo negro, el dolor abrasador...

Intentó enderezarse cuando escuchó el ruido de una puerta.

Una ráfaga de aire helado irrumpió en la cabaña, llevándose con ella todo rastro de seguridad.

Elarian buscó desesperadamente con la mirada un arma. Cualquier arma, un cuchillo, un palo, una piedra. Incluso un trozo de madera puntiagudo serviría.

Pero no había nada. Los estantes estaban vacíos, y la habitación, por más pequeña que fuera, estaba ordenada de una forma casi insultante. Ni un arma. Ni un objeto amenazante. Nada que ella pudiera usar para defenderse.

La puerta se abrió por completo.

Nevan entró.

Cargaba un atado enorme de leña contra su pecho. Cuando sus ojos grises se encontraron con los de Elarian, él sonrió con la misma amabilidad tranquila que siempre usaba frente al consejo.

Cerró la puerta sin apuro, sin tensión, como si no hubiese ninguna urgencia en el mundo. Ni siquiera miró las paredes en busca de peligros. Parecía confiar plenamente en que nada, ni nadie, podía atacar allí dentro.

Elarian parpadeó ante aquella actitud tan relajada.

Conocía esa sonrisa.

La cordialidad del diplomático, la fachada impecable del representante de Mortem pero también conocía la otra cara.

La que había visto en el bosque, la frialdad y la precisión con la que la había capturado.

Colocó la leña en el suelo junto a la chimenea y se acercó a ella sin pedir permiso. Y aun así, sus movimientos eran sorprendentemente cuidadosos, casi gentiles. Le acomodó la almohada detrás de la espalda e impidió que pusiera peso sobre el ala herida, sosteniéndola por el hombro con una mano firme pero delicada.

Fue entonces cuando Elarian notó la mancha roja que comenzaba a atravesar el vendaje.

Nevan también la vio. Su expresión cambió. Era la primera vez, desde que lo había conocido, que Elarian lo veía sin su sonrisa. Sin el disfraz del joven encantador.

Frunció el ceño, molesto, preocupado... o quizás ambas cosas.

—¿Cómo te sientes? —preguntó sin adornos—. ¿Tienes frío?

Elarian lo miró con incredulidad.

¿Cómo podía hacer preguntas tan absurdas en un momento así?

Miró a su alrededor una vez más, atando cabos, intentando reconstruir la lógica de su situación.

—La temperatura es ideal —respondió finalmente, con voz ronca—. Mi única preocupación es... ¿dónde demonios estoy?

Nevan sostuvo su mirada unos segundos, como si evaluara cuánto debía decirle. Pero luego inclinó ligeramente la cabeza, como quien acepta una obviedad evidente.

Y sonrió otra vez.

Una sonrisa tranquila.

Casi... doméstica.

—Es mi casa —respondió sin dramatismo—. Aunque, si te resulta más cómodo, puedo volver a llevarte al campo de batalla y dejarte allí.

Elarian no respondió a la broma. Su mirada se perdió lentamente en la madera de la pared, como si esperara encontrar una explicación escondida entre las vetas oscuras. Era más fácil concentrarse en algo inanimado que enfrentarse a la realidad: estaba herida, desarmada, en territorio enemigo... y completamente a merced de Nevan.



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En el texto hay: darkromance, romance belico, guerra entre mundos

Editado: 02.07.2026

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