Cuanto más avanzaba Nevan entre los árboles, más sentía cómo el bosque lo observaba. Al principio había sido apenas una intuición, una punzada detrás de la nuca que atribuía al cansancio acumulado... pero a medida que la vegetación se hacía más densa, los troncos más espesos, las sombras más largas y la luz más escasa, comprendió que no era imaginación.
El bosque cambiaba.
Los árboles parecían inclinarse sobre él con ramas que semejaban dedos huesudos. Las raíces sobresalían del suelo como costillas, obligándolo a saltarlas o esquivarlas, y cada sonido del viento tenía un subtono rasposo, casi humano. Mortem siempre había sido un planeta hostil, pero esas tierras eran diferentes: más oscuras, más primitivas, más salvajes.
No solo había animales, sino también vegetación.
Nevan detuvo su paso de inmediato cuando sintió que tres presencias descendían sobre él desde distintos puntos del dosel. No las veía, pero las percibía. Sus ojos se clavaron en la maleza, sus dedos se tensaron en el aire y respiró profundamente antes de elevar la voz.
—¡Solo estoy buscando a mi padre! —gritó con firmeza, sin alzar las manos, sin retroceder, sin mostrar miedo.
El silencio respondió primero.
Luego, un golpe seco.
Un hombre cayó desde la copa de un árbol y aterrizó frente a él con la gracia torpe de una criatura mal alimentada pero peligrosa. Su piel estaba curtida por la intemperie, sus uñas negras como el carbón, y su cabello, largo y enmarañado, caía sobre sus hombros como telarañas vivientes. Los ojos eran lo peor: dos pozos brillantes, hundidos, llenos de hambre y de un extraño rencor.
Nevan retrocedió un paso.
Luego reconoció el rostro bajo aquellas capas de suciedad, barba mal cortada y locura.
Su tío.
Cada vez que lo veía estaba peor. Más salvaje. Más alejado de cualquier traza de humanidad. Más cerca de convertirse en parte del bosque que en un solitario.
Y como si su presencia fuera la señal que faltaba, otros cuatro hombres cayeron de los árboles alrededor de Nevan. El aire se llenó de polvo, hojas y olor a sangre rancia. Formaron un círculo estrecho, gruñendo entre dientes, doblando el cuello con movimientos espasmódicos, olfateando como lobos.
Sus sonrisas amarillentas eran tan desagradables como los ojos depredadores con los que lo estudiaban.
—Hace tiempo que no te vemos por estas tierras —ronroneó su tío con un tono que pretendía ser dulce pero sonaba como el filo de un cuchillo arrastrado por metal oxidado—. Pensamos que ya no nos querías... que nos habías olvidado.
Hizo un puchero exagerado, grotesco, mientras caminaba hacia él.
Nevan no se movió. Era peor mostrar miedo que no hacerlo.
El hombre posó una mano sobre su hombro, apretando con fuerza, dejando la ropa marcada con la suciedad incrustada de sus uñas. El joven se tensó automáticamente.
—Desde que usas estas ropas ridículas, te crees mucho —bufó su tío, tomando con desprecio una parte del abrigo elegante de Nevan—. Mírate... qué refinado. Qué delicado. Qué... asquerosamente pulcro. Te olvidaste lo que eres, muchacho. Déjame recordártelo.
Antes de que Nevan pudiera reaccionar, el hombre tomó su brazo y, con una de sus uñas largas y afiladas, le hizo un corte profundo y rápido. La piel se abrió al instante.
La sangre negra brotó de inmediato, espesa y brillante como petróleo bajo la luz débil del bosque.
Nevan apretó los dientes ante el dolor, pero no apartó el brazo. No les daría el placer de verlo débil.
Un gruñido colectivo se extendió entre los demás solitarios al ver la sangre fluir. Sus ojos se dilataron. Uno lamió el aire. Otro elevó el mentón como si percibiera su aroma en cada molécula suspendida.
El tío sonrió satisfecho.
—No importa lo bien que te vistas, o lo 'civilizado' que finjas ser —susurró, inclinándose hacia él, sintiendo la sangre en sus dedos—. Siempre tendrás nuestra sangre en las venas.
Una carcajada desagradable estalló entre los hombres.
Nevan aprovechó ese momento.
—Uso estas ropas por un motivo —dijo con suavidad, limpiándose la sangre con un pañuelo sin apartar la mirada desafiante—. Para conseguir una vida mejor para todos los solitarios.
La risa colectiva se apagó de inmediato.
Nevan elevó el brazo cortado para que todos vieran el líquido oscuro caer nuevamente.
—Y sí —añadió con frialdad—. Sé perfectamente de qué color es mi sangre.
Los hombres gruñeron, algunos por incomodidad, otros por ansiedad.
Su tío inclinó el rostro, observándolo como si fuera un fenómeno extraño.
—Entonces explícame esto: ¿por qué alguien me dijo que dejaste de transformarte? —insistió con burla venenosa—. ¿Se te subió a la cabeza porque tienes a tu hermano como tu perra defensora?
Nevan soltó una risa.
Una risa tan fuera de lugar que incluso los salvajes dieron un paso hacia atrás, desconcertados.
—¿Alguna vez has ido al Consejo de Omnia? —preguntó con desprecio divertido—. Son un montón de cobardes, sensibles y pusilánimes. Si me vieran transformado... se orinarían encima antes de escucharme. ¿Cómo crees que defendería nuestros derechos si apareciera como ustedes?
Eso generó algunas risas. No de humor sino de reconocimiento.
Su tío sonrió, mostrando la hilera irregular de dientes amarillentos.
—¿Y qué ganaremos nosotros mientras tú te humillas yéndote a chuparsela al rey de Omnia? —preguntó con una mueca grotesca.
Nevan sostuvo su mirada sin parpadear.
—Cuando formemos parte del consejo, habrá más alimento —afirmó con frialdad calculada.
El tío soltó una carcajada.
—¡El alimento no es un problema para nosotros! —rió mientras levantaba un bolso pesado y mal cerrado.
Algo cayó del interior.
Una pierna mutilada.
Nevan respiró hondo para no mostrar asco. Era absurdo pretender enseñarles civilización si seguían comportándose como carroñeros.
—Cuando tengamos acceso al transporte interplanetario... podrán ir a otros planetas a buscar mujeres con quienes reproducirse —dijo con tono neutro, aunque cada palabra le repugnara.