Confiar En El Enemigo

Capítulo 8

La puerta de la cabaña crujió apenas Nevan la abrió, dejando pasar una corriente fría que agitó las cortinas raídas. Dentro, la luz era escasa: apenas dos lámparas sostenidas por cuerdas de cuero iluminaban los rincones, dejando sombras alargadas que parecían vigilar cada movimiento.

Zander se enderezó en cuanto los vio entrar, y la reacción fue inmediata.

Su cuerpo se tensó, los músculos de los brazos se marcaron y su mandíbula se endureció con un gesto de alarma instintiva. No era solo sorpresa lo que mostraba: era alerta, desconfianza y un claro impulso de ponerse entre Elarian y cualquier cosa peligrosa... o asquerosa.

Y la compañía de Nevan era ambas.

El hombre que lo seguía —el supuesto médico— llevaba los harapos impregnados de tierra seca, sangre vieja y un olor rancio que no desaparecía ni con distancia. Sus botas estaban casi deshechas, y entre la barba espesa se asomaban apenas cinco dientes mal alineados. Sin embargo, sonreía. Con orgullo incluso.

Nevan, en contraste, conservaba su mejor sonrisa diplomática, esa que había entrenado para soportar lo insoportable sin que se le notara.

—Es un médico —aseguró Nevan con una calma que Zander no creyó ni por un instante.

El hombre mostró los dientes restantes como confirmación, gesto que solo empeoró la impresión que causaba.

Zander entrecerró los ojos, visiblemente disgustado.

Elarian, semidespierta en la cama, parpadeó un par de veces y luego frunció el ceño con un gesto más elegante, pero igual de evidente. Había logrado recostarse boca arriba, pero la rigidez de su postura delataba dolor.

Nevan se preguntó fugazmente si Zander habría sido quien la ayudó a cambiar de posición.

—Zander —dijo Nevan suavemente, manteniendo el tono neutro para no escalar tensiones—, ¿podrías acompañar a nuestro amigo afuera... a lavarse las manos?

El supuesto médico frunció el ceño como un niño al que le quitan un dulce. Parecía sinceramente triste por la idea de lavarse, como si fuera un castigo injustificado o una humillación innecesaria. Zander tampoco estaba feliz, pero su disgusto lo empujaba a sacarlo del cuarto cuanto antes.

Finalmente obedeció.

Los pasos de ambos se alejaron hacia el exterior, y apenas la puerta se cerró, la atmósfera cambió.

El silencio quedó suspendido solo entre Nevan y Elarian, más íntimo, más tenso.

La joven lo observó con el ceño fruncido.

—¿Seguro que es médico? —preguntó con desconfianza evidente.

Nevan se pasó una mano por la nuca y soltó un suspiro resignado.

—No creo que se haya graduado en ningún lado —admitió con honestidad—. Pero... probablemente sea el mejor curandero de Mortem. O el único que sabe cómo tratar algo como esto. Si eso sirve de algo.

Elarian lo miró con esa mirada que mezclaba duda, cansancio y un toque de ironía elegante que ella no perdía ni en las peores circunstancias.

Nevan sostuvo la mirada. A pesar de la calma que intentaba transmitir, sus ojos dejaban ver la inquietud. El leve temblor de sus dedos delataba que él mismo dudaba de su decisión. Pero no tenía opciones mejores.

—Yo tampoco estoy totalmente seguro —confesó, acercándose al borde de la cama—. Pero nadie más puede coser esa herida. Yo... yo podría intentarlo, pero si lo hago mal... —Respiró hondo, tragando el nudo en la garganta—. No quiero arriesgarte a que pierdas la capacidad de volar por mi culpa. No podría perdonármelo.

Elarian lo observó con un gesto que suavizó su expresión. El ceño dejó de estar apretado; algo parecido a ternura, o al menos reconocimiento sincero, apareció en su rostro. Su respiración era irregular por el dolor, pero la mirada estaba firme.

Nevan bajó la mirada instintivamente hacia el ala dañada. La herida se extendía desde la base hasta casi la mitad, la piel translúcida desgarrada, los huesos expuestos de forma irregular. Cuando volvió a mirarla a los ojos, habló apenas en un susurro.

—¿Duele mucho?

El sonido del silencio posterior lo dijo todo.

Elarian mordió su labio inferior. Las pestañas temblaron apenas. Y finalmente, asintió. En sus ojos cristalizados había un dolor profundo que intentaba ocultar con dignidad, aunque era inútil.

Nevan sintió el estómago caerle como una piedra.

Se inclinó un poco más, apoyando una mano con delicadeza sobre el borde del colchón.

—Puedo sedarte hasta que termine el proceso —ofreció—. No tendrías que aguantar todo esto despierta.

Ella negó con suavidad.

—No es por ofender a tu doctor... —dijo con un suspiro que intentaba ser gracioso, sin lograrlo del todo— pero prefiero estar despierta.

Nevan abrió la boca para replicar... pero se contuvo.

Se limitó a asentir.

Y en silencio, se quedó junto a ella hasta que escucharon los pasos de Zander y el médico regresar, y el olor a tierra húmeda y manos recién lavadas anunció que el procedimiento estaba por comenzar.

Nevan abrió el bolso médico con sumo cuidado, como si cada objeto dentro fuera más valioso de lo que aparentaba. El supuesto curandero se acercó arrastrando las botas gastadas, dejando un rastro de tierra seca sobre la madera del piso. Sus manos ásperas, de uñas ennegrecidas, revisaron el contenido con una familiaridad inquietante, acomodando sobre un banquillo bajo, las herramientas que iba a usar: agujas gruesas, hilo áspero, vendas, frascos sin etiquetas y un pequeño cuchillo curvo que parecía más un arma que un instrumento médico.

Elarian lo observaba desde la cama con la respiración tensada. No confiaba en él. No confiaba en nadie... excepto, de forma involuntaria, en Nevan. Su simple presencia la calmaba incluso cuando él no lo intentaba.

El curandero abrió un frasco y derramó alcohol sobre el ala herida. El líquido recorrió la piel rota y bajó por la parte superior de su espalda antes de caer sobre la manta. Ella inhaló con fuerza ante el ardor, aunque no se quejó. Aprovechando el gesto, el hombre arrastró los dedos por su piel expuesta más tiempo del necesario.



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En el texto hay: darkromance, romance belico, guerra entre mundos

Editado: 02.07.2026

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