Confiar En El Enemigo

Capítulo 9

Elarian estaba visiblemente débil. Cada movimiento parecía robarle más energía de la que tenía, y sus manos temblaban de cansancio. Su respiración era lenta, desigual; un recordatorio constante del dolor que la atravesaba desde la espalda hasta el pecho. Había sido un día largo, cruel, interminable... un día que su cuerpo difícilmente olvidaría.

Nevan se acercó a la cama en silencio. Sus pasos eran suaves, medidos, casi respetuosos. Llevaba entre las manos dos platos de comida que humeaban con un aroma cálido que contrastaba con la atmósfera cargada de la cabaña. No dijo nada; simplemente se sentó en el borde de la cama y le extendió uno de los platos.

—Toma —murmuró.

Elarian recibió el plato, pero la simple acción la obligó a sujetarlo con ambas manos. Le pesaba más de lo razonable, como si en lugar de un plato fuera una piedra. Lo observó con detalle: un guiso sencillo de carne y champiñones. Pero la carne... la carne despertó en ella un reflejo instintivo. Sus ojos se desviaron hacia Nevan con desconfianza silenciosa.

Él lo notó de inmediato.

—Es baccis. Te lo juro. —Levantó ambas manos como si se rindiera ante su duda—. Siempre guardamos algo de la reserva que criamos. Lo vas a necesitar para recuperarte.

Para demostrarlo, él comenzó a comer del suyo. Su plato, sin embargo, solo tenía champiñones.

Elarian bajó la vista hacia su comida otra vez. Tragó saliva. No era fácil confiar en él... aunque cada una de sus acciones la empujara a hacerlo.

Mientras comían, la mirada de la joven se posó en el brazo desnudo de Nevan. Estaba arremangado, y sobre la piel aún se veía el corte largo que no existía esa misma mañana. La sangre negra que alguna vez derramó se había secado formando una línea oscura.

—¿Qué te pasó? —preguntó finalmente. Su voz era suave, sin fuerza, pero clara—. Eso no lo tenías antes.

Nevan bajó la mirada hacia su propio brazo, y luego la apartó como si aquel detalle no tuviera importancia alguna.

—Nada importante —respondió sin más, dejando evidente que no pensaba hablar del tema.

El silencio se instaló de nuevo entre ambos. Solo se oía el crepitar del fuego en la chimenea y el sonido del viento contra las paredes de la cabaña. Era un silencio extraño, cargado de preguntas que ninguno de los dos se atrevía a formular.

Hasta que Elarian rompió la quietud:

—¿Piensas pedir rescate a Omnia por mí?

Nevan dejó el plato a un costado. No parecía molesto por la pregunta, pero sí algo sorprendido.

—Omnia cree que estás muerta —dijo con calma, como si fuese un dato más de su plan—. Necesitaba tiempo para decidir qué hacer contigo a continuación.

Elarian lo observó con un gesto indefinido. No sabía si sentirse aterrada o preocupada.

—No te tomarías tantas molestias conmigo si fueras a matarme... ¿cierto? —intentó bromear, aunque el final de la frase dejó entrever una inseguridad real.

Nevan frunció las cejas. Su respuesta fue inmediata y firme:

—Claro que no. —Hubo algo más en su voz: sinceridad pura, casi indignación—. Necesito que te recuperes antes de devolverte. Vales más como líder bélica que tu cuerpo postrado en una cama.

Elarian sonrió apenas, un gesto cansado pero sincero.

—Serías un excelente estratega para Omnia —admitió.

Nevan dejó escapar una risa sin alegría, una mueca amarga.

—Supongo que sí. Pero no tengo ese derecho.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire como ceniza flotando. Elarian quiso protestar, pero algo en el gesto de Nevan le indicó que esa conversación no debía seguir por ese camino. Al menos no esa noche.

El silencio regresó, esta vez un poco más pesado.

Hasta que Elarian volvió a hablar:

—¿Por qué no te transformas como los otros solitarios? —preguntó con genuina curiosidad—. Ni siquiera cuando luchábamos.

Nevan volvió a sonreír. Esa sonrisa encantadora que parecía hecha para desarmar a cualquiera... aunque ella ya aprendía a ver lo que escondía.

—No fue necesario —respondió con burla suave, como si la respuesta fuera obvia.

Se incorporó ligerísimamente para mirar por la ventana. Afuera, la oscuridad del bosque era espesa, casi sólida. El fuego del interior proyectaba sombras cálidas contra las paredes, pero más allá de la madera, más allá de la luz, solo había peligro.

Si los salvajes sabían que tenía a un ángel herido en su casa... era un blanco.

Sin embargo, Nevan no parecía preocupado.

Elarian lo observó con interés, atrapada entre el sueño y la conciencia.

—¿Ustedes duermen? —preguntó de repente, con una inocencia casi infantil que contrastaba con la guerra que los rodeaba.

Nevan se giró hacia ella, sorprendido por el cambio de tema. Luego sonrió de forma auténtica.

—Un poco. —Se encogió de hombros—. Es difícil relajarse del todo. En Mortem siempre eres una presa o un depredador. Todo el tiempo.

—¿Entonces yo soy una presa? —bromeó ella somnolienta.

Nevan soltó una risa suave, cínica.

—Probablemente hasta un baccis te vencería en este estado.

Ella rodó los ojos, aunque la exageración tenía algo de verdad. En ese momento era la criatura más indefensa del planeta.

Después de unos segundos, volvió a preguntar:

—¿Es cierto que comen carne de seres pensantes? Los libros dicen que algunos incluso han cometido canibalismo.

Nevan se detuvo un instante en su camino para acomodarle la manta.

La miró con calma, sin molestia.

—Nunca he probado carne de ningún ser pensante —dijo con una sonrisa inocente que contrastaba con la reputación de su especie—. Mucho menos he cometido canibalismo, si eso te sirve para dormir.

—Entonces... ¿estás admitiendo que hay quienes sí lo hacen? —preguntó ella, tratando de ocultar el miedo detrás de un tono analítico.

Nevan no la engañó. La vio temer.

—Como en todas partes, ¿no? —respondió con una naturalidad inquietante—. Personas horribles existen en cualquier especie.



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En el texto hay: darkromance, romance belico, guerra entre mundos

Editado: 02.07.2026

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