Confiar En El Enemigo

Capítulo 10

Tras un par de semanas, el ala de Elarian había sanado con una velocidad sorprendente, para tranquilidad de ambos. Ya podía moverla con suavidad, sostener su peso e incluso acompañar el ritmo lento de sus pasos cuando caminaba. Nevan había sido insistente —casi obstinado— con la importancia de moverse ante ese tipo de heridas para evitar que el músculo se debilitara. Repetía aquellos consejos con tanta precisión que Elarian estaba segura de que los había memorizado de algún viejo libro médico.

Gracias a eso, los paseos matutinos se volvieron una rutina. Caminaban a diario, despacio al principio, luego con mayor confianza. Durante esas caminatas, Nevan le hablaba de Mortem, del planeta, de su especie, de su historia; Elarian escuchaba con genuina curiosidad, atrapando cada dato como si fuese un tesoro. Cuando Nevan sentía que había hablado demasiado —algo que rara vez admitía en voz alta— comenzaba a interrogarla sobre el cielo y sobre Omnia, con ese tono que mezclaba respeto, prevención e inocultable fascinación.

Nevan le explicó que el planeta estaba dividido en sectores que ellos mismos habían delimitado con el paso del tiempo. Existían lugares como donde él vivía, lo más parecido a un poblado: cabañas separadas por unos cuantos kilómetros, lo suficiente para mantener la privacidad sin caer en el completo aislamiento. Había otros solitarios que elegían vivir mucho más lejos, prácticamente desaparecidos entre los bosques blancos. Y luego estaban los Salvajes, que se movían en manada sin un hogar fijo, aunque con territorios muy marcados. Esa zona era considerada hostil incluso por los suyos.

En una de sus salidas, Nevan la llevó a un lago inmenso, completamente congelado. El paisaje era tan hermoso que parecía casi ajeno a Mortem: un paraíso invernal perdido en medio de un planeta hostil. El reflejo del hielo hacía que la nieve pareciera más blanca, casi luminosa, como si la pureza allí fuese un fenómeno natural e indemne.

Nevan sostenía la mano de Elarian con un cuidado extremo mientras la guiaba sobre el hielo. Sus botas se adherían con firmeza, como si pertenecer al frío fuese parte de su esencia. Las de Elarian, en cambio, se deslizaban con torpeza; sin la mano del joven, habría caído más de una vez. Así estaban esa tarde: de pie sobre el hielo transparente, observando la profundidad oscura del agua que corría al otro lado.

La voz de Nevan rompió el silencio cómodo:

—Mi madre se enamoró de mi padre durante la primera guerra contra los solitarios —comenzó, con el tono de quien relata algo que no vivió pero que siente como propio—. Y apostaría lo que sea a que él también se enamoró de ella. Ella sobrevivió al parto de un solitario... de mi hermano Zander. Era una mujer fuerte, llena de esperanza. Creía en nuestra especie aun sin pertenecer a ella.

Nevan suspiró y bajó la mirada hacia el hielo, como si buscara en el reflejo un rastro del rostro de esa mujer que nunca pudo conocer.

—Por ella quiero lograrlo —continuó en un murmullo casi reverente—. Quiero conseguir lo que ella soñó para nosotros.

Elarian sintió un nudo cálido en el pecho.

—Me hubiese gustado conocerla —dijo con una sonrisa triste, aunque cargada de cariño hacia él.

Nevan le devolvió la sonrisa, una que parecía suavizarlo por completo, y dio un paso hacia ella, acercándose un poco más.

—¿Y tu padre? —se atrevió a preguntar Elarian.

—No hay mucho que contar —respondió él, encogiéndose de hombros con una amargura contenida—. La mayoría de los niños no son criados por sus padres.

—En el cielo tampoco vemos mucho a los nuestros —confesó ella con comprensión—. Hay demasiado entrenamiento, demasiada presión... como para permitir tiempo familiar. ¿Cómo sabes tanto entonces? ¿Solo leyendo?

Nevan asintió.

—La mayoría sí. Tenemos muchos libros de todo tipo... y la Madre de Todos nos dejó parte de su conocimiento.

Elarian no quiso profundizar en creencias religiosas y simplemente asintió. El viento soplaba con suavidad sobre el lago. El silencio se volvió tan íntimo que casi pesaba.

—Hay algo que quiero hacer —murmuró la joven, levantando los ojos del hielo hacia él—, pero antes debo preguntarte... ¿puedo tocarte, Nevan?

Él frunció el ceño, confundido, pero finalmente asintió.

Elarian extendió la mano y apoyó la palma con cuidado en su mejilla. Inmediatamente confirmó sus sospechas: tocarlo era como posar la mano sobre un cadáver. La piel era tersa, suave... pero helada hasta el punto de calarle el hueso. Comprendió al instante por qué las máscaras no habían funcionado durante la guerra. Quizás su especie había terminado adoptando ese frío para sobrevivir a las temperaturas extremas del planeta.

Nevan, sorprendiéndola, apoyó la cabeza contra su mano y cerró los ojos, permitiendo que el gesto lo envolviera. En su expresión había un placer vulnerable.

—Que no tenga calor propio —ronroneó, con la voz grave por el alivio— no significa que no disfrute del calor externo.

Elarian sintió una oleada de ternura inesperada.

—¿Puedo preguntarte algo más? —susurró.

Nevan asintió, aún apoyado en su palma.

—¿Omnia ya sabe que estoy viva?

La pregunta cayó como una piedra en un estanque helado.

Nevan se tensó de inmediato, alejándose de su mano como si el calor se hubiese convertido en una amenaza.

—Sí —admitió, sin rodeos—. Planeaba decírtelo esta noche, pero... mañana tenemos una presentación ante el Consejo.

Elarian sintió cómo el aire se volvía más frío.

—Pero antes de que vuelvas con ellos —continuó Nevan, con evidente conflicto interno— quiero mostrarte un último lugar.

Caminaron entre los árboles hasta llegar a una estructura monumental. No era una construcción propia de los solitarios: era demasiado refinada, demasiado antigua, demasiado... sagrada. Las paredes de mármol blanco brillaban entre la nieve, talladas con símbolos y figuras que Elarian no reconocía. La edificación representaba a una mujer en un trono; su semblante era feroz, poderoso. El pecho estaba abierto, mostrando su corazón, una gema que brillaba en lo más alto como una estrella atrapada en piedra. De su cabeza surgían cuernos que formaban una corona majestuosa.



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En el texto hay: darkromance, romance belico, guerra entre mundos

Editado: 02.07.2026

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