Templum Futuri no era simplemente un planeta más en el mapa del universo: era un símbolo. Un recordatorio viviente de que el tiempo no era lineal, que el futuro y el pasado podían encontrarse en un punto, que las posibilidades podían doblarse y reescribirse. Era un planeta pequeño, sí, casi diminuto comparado con gigantes como el Cielo o el Infierno, pero aun así se sentía... inmenso. Una ciudad luminosa y cambiante.
Elarian descendió entre las plataformas flotantes que formaban la ciudad principal, tratando de no marearse con la cantidad absurda de luces, pantallas, hologramas y artefactos en movimiento. Cables cristalinos recorrían la ciudad como venas brillantes; engranajes gigantes giraban en estructuras que parecían imposibles; relojes colgaban de torres en espiral, marcando horas que no pertenecían necesariamente a ese tiempo.
Elarian siempre se había sentido fuera de lugar allí. Era demasiado... moderno. Demasiado ordenado, demasiado brillante, demasiado perfecto. Como si el futuro fuese una jaula hecha de luz.
Aun así, sabía que era el único lugar donde encontraría lo que necesitaba.
La oficina de Vigil se encontraba entre dos edificios de metal pulido. A simple vista parecía una tienda común de Futuri: un escaparate lleno de relojes flotantes, engranajes que cambiaban de forma cada vez que uno parpadeaba, relojes de arena asimétricos hechos de humo y luz, pequeños autómatas que caminaban por los estantes con la precisión de quien ha sido diseñado para nunca fallar.
Antes de que Elarian pudiera tocar la puerta, un pequeño colibrí mecánico —hecho completamente de engranajes visibles, alas translúcidas y un núcleo de luz azul— salió volando desde dentro. Emitió un trino metálico, anunciando su llegada al dueño del local.
Unos segundos después, la puerta se abrió con un sonido suave de resortes.
—Llegas un minuto tarde —se quejó una voz joven y fastidiosa.
Vigil estaba ahí: joven, despeinado, con su pelo castaño cayendo sobre los ojos, vistiendo un chaleco lleno de herramientas, cables y pequeños relojes colgando como si fueran adornos. Tenía las manos manchadas de tinta y grasa de máquina. Como siempre.
Elarian rodó los ojos y cruzó los brazos.
—Siempre me pierdo entre tantos edificios iguales —se justificó, entrando al local—. Lo siento.
Vigil la siguió hacia las escaleras que subían a su oficina, pero murmuró con un tono teatralmente indignado:
—Un minuto tarde es un minuto tarde. El tiempo es una constante, Elarian. Bueno... —torció la boca—. Aquí no tanto.
Ella soltó una carcajada leve a pesar de su humor apagado.
—Tampoco te estás quedando sin tiempo —bromeó mientras subía los últimos peldaños.
La oficina del inventor era un caos ordenado: papeles con fórmulas, planos flotando en burbujas transparentes, artefactos sin nombre chispeando, relojes desarmados, esferas luminosas girando alrededor de un escritorio abarrotado. El olor era mezcla de aceite, metal caliente y algo parecido a electricidad estática.
Vigil no tardó en ir directo al punto. Se sentó, tomó uno de los frascos con la sangre negra y lo levantó ante la luz como si fuese una piedra preciosa.
—Tus muestras fueron... sorprendentes —admitió con fascinación—. Jamás había escuchado que la sangre de los solitarios fuese tan negra... y corrosiva.
Elarian se apoyó contra el borde del escritorio.
—Esto va mucho más allá de una curiosidad científica, Vigil —dijo en voz baja—. Necesito que crees algo para mí. Para todo Omnia, en realidad.
Vigil arqueó las cejas, interesado.
—¿Todo Omnia...? —preguntó con una sonrisa pícara—. Eso suena a mucho dinero.
Ella bufó, sin humor.
—No es un juego, Vigil.
—Para los jugadores nada es un juego —respondió él, con suficiencia teatral—. Pero también todo lo es.
Se inclinó hacia adelante mientras Elarian desplegaba una vieja máscara de temperatura, la misma que había fallado en detectar a Nevan.
—Necesito máscaras como estas —dijo— pero que puedan rastrear esta sangre de forma precisa. Sin importar si está caliente, fría... viva o derramada.
Vigil entrecerró los ojos. Su mente ya estaba trabajando a una velocidad absurda.
—¿Es posible? —preguntó Elarian, por primera vez dejando entrever inseguridad.
Vigil sonrió sin arrogancia: con certeza absoluta.
—Claro que es posible —declaró mientras daba golpecitos al frasco de sangre—. Todo es posible para un jugador.
Elarian dejó escapar un suspiro de alivio... y luego tragó saliva.
Tenía otra petición. Más personal. Más incómoda.
—Vigil... —comenzó con cierta vergüenza— necesito un favor adicional.
Él la miró, arqueando una ceja.
—Cualquier cosa por ti. Sobre todo si me estás volviendo rico —bromeó, alzando los hombros.
Elarian apretó el borde de su capa y extendió su ala, mostrando la curvatura débil, la musculatura parcialmente atrofiada, las plumas menos firmes de lo habitual.
—Necesito ayuda con esto —admitió, casi en un susurro—. Necesito volver a volar... lo antes posible.
Por primera vez en toda la conversación, Vigil dejó de sonreír.
Sus ojos recorrieron el daño, analizándolo como un problema técnico, pero también con una preocupación real.
El muchacho levantó la mirada, más serio que nunca.
—Déjamelo a mí —respondió con voz firme—. Te prometo que volverás a volar.
Y mientras él comenzaba a preparar herramientas, planos y fórmulas, Elarian sintió que por primera vez desde el desastre en Omnia...
Tenía un plan.
Un camino.
A.S.