Nevan corría. No porque quisiera huir del consejo... o del rey... o incluso de Elarian. Corría porque había algo dentro de él que rugía, que se retorcía, que amenazaba con romper la delgada piel de autocontrol que había construido durante toda su vida. Sentía que escapaba de algo mucho más grande que cualquier guerra o tratado. Huyó de sus propias palabras, esas mismas que habían salido de su boca con facilidad pero que ahora lo perseguían como espectros hambrientos.
Nunca había estado tan consciente del peso de lo que era.
La herida en su costado ardía como metal recién forjado, y cuando por fin se permitió destransformarse, el frío lo abrazó. Ese frío profundo—no solo del clima, sino de su propia sangre—lo envolvió como si fuera un manto familiar, un recordatorio íntimo de su hogar. Un abrazo helado, casi maternal, que decía bienvenido de vuelta a lo que eres, a lo que siempre serás.
Con un suspiro tembloroso levantó su camisa para observar la herida. Ya comenzaba a cerrarse. La piel estaba rígida, oscurecida, enrojecida en los bordes... pero se cerraba. Su cuerpo siempre sanaba. Con cada latido, la sangre espesa trabajaba para reconstruirlo. La naturaleza de un solitario.
Bajo su piel dormía algo que nunca terminaba de morir: una bestia hambrienta, oculta bajo huesos que funcionaban como rejas. Podía disfrazarse, podía sonreír, podía negociar, podía ser diplomático, educado, amable... pero su sangre no mentía.
Su sonrisa lo había abandonado. La máscara había caído. Sentía el rostro vacío, rígido, casi extraño.
Caminó entre los árboles sin saber realmente hacia dónde lo llevaban los pies. Era como un fantasma maldito, arrastrado por el remolino de su culpa y del destino que él mismo había tejido con palabras cuidadosas, mentiras necesarias y promesas vacías.
Y entonces, un golpe seco en su espalda lo devolvió bruscamente a la realidad.
—¡Sobrino! —exclamó una voz rasposa, cargada de un humor desagradable.
Su tío lo rodeó con un abrazo que olía a sangre, a tierra húmeda y a podredumbre. Sonreía mostrando los dientes amarillentos, con restos de lo que fuera que había comido antes.
—Escuchamos sobre tu... berrinche en el consejo —se burló, dejando escapar su fétido aliento contra la mejilla de Nevan—. Las noticias vuelan, ¿cierto?
Nevan apretó los dientes. No reaccionó al abrazo; simplemente lo soportó como quien soporta una tormenta que no termina nunca.
—Dile a mi padre que venga —ordenó con voz grave, mirando hacia las copas de los árboles. Su tono no era humano. Era bajo, vibrante, casi un gruñido contenido.
Los demás solitarios, escondidos entre la maleza, dejaron de moverse. El silencio cayó como una manta pesada.
Su tío parpadeó, sorprendido por el tono.
—Ya te dije que tu padre no quiere verte —respondió con seriedad, sin rastro del humor burlón de antes.
Nevan giró lentamente el rostro hacia él. Sus ojos grises brillaban con un filo helado, peligroso.
—No fue una pregunta —escupió—. Fue una orden.
Toda la calma diplomática que lo caracterizaba había desaparecido. Su voz estaba impregnada de resentimiento, de rabia contenida desde años atrás. La herida emocional pesaba más que la que llevaba en el cuerpo.
—Ese cobarde —continuó— fue al consejo como una rata chismosa. Fue a decirles que nuestro planeta no merece un tratado. Que siguen siendo todos unos salvajes inmundos.
Su grito resonó en el bosque. Las aves levantaron vuelo, espantadas.
Los solitarios que estaban cerca murmuraron nerviosos, inquietos. Algunos mostraron los dientes. Otros se escondieron aún más entre los árboles. Hasta su tío frunció el ceño, mirando hacia arriba, como esperando que algo —o alguien— respondiera.
Silencio.
Solo silencio.
Nevan sintió que algo dentro de él se quebraba. El dolor se mezcló con un odio profundo, dirigido a la figura ausente en las alturas del bosque.
—¡¿No era esto por lo que luchó mamá?! —rugió.
La rabia pura le desgarró la garganta.
Y entonces, hubo un crujido en lo alto.
Las ramas se sacudieron. Un peso cayó entre las sombras. Los solitarios retrocedieron instintivamente.
Y de entre las copas de los árboles descendió un hombre.
No cayó como un animal salvaje, sino como un depredador que sabe exactamente el efecto que provoca. Cuando sus pies tocaron el suelo, la tierra vibró. Su figura era imponente, más alta que cualquier solitario presente, con la musculatura marcada incluso bajo la ropa desgastada. Su piel era pálida, casi del color del mármol frío, y sus ojos...
Sus ojos eran grises.
Exactamente como los de Nevan.
Pero en ellos había algo oscuro, algo roto, algo que Nevan temía encontrar algún día en su propio reflejo. Era como ver una versión distorsionada de sí mismo. Una advertencia viviente de lo que sería si la bestia interna ganaba.
La presencia del hombre dominó el área. Los murmullos cesaron. Hasta el aire pareció detenerse.
Nevan sintió que el corazón se le comprimía en el pecho.
Porque ese hombre no solo era su padre.
Era el futuro en el que había jurado nunca convertirse. Un reflejo torcido, marchito, de todo lo que no quería ser.
—¿Cómo te atreves a mencionar a tu madre? —escupió el hombre, como si la sola palabra le quemara la lengua—. Ella está muerta por tu culpa.
Las palabras cayeron como piedras. Los solitarios alrededor se tensaron, pero nadie habló. Nadie respiró.
Nevan soltó una risa amarga, rota, casi un gemido. Una risa que sangraba dolor y furia.
—¡¿Por mi culpa?! —repitió, incrédulo—. ¿El imbécil egoísta, más preocupado por tener sexo que por la vida de su esposa... ahora quiere culparme a mí? —Su voz se volvió hielo afilado—. No recuerdo haberte pedido nacer —añadió, porque dolía menos decir "pedirte nacer" que reconocer que ese hombre era su padre—. Llevo cada jodido año de mi vida intentando que ella no haya muerto en vano, mientras tú te escondes aquí, entre sombras, siendo exactamente lo que ella odiaba.