El interior de la cabaña recibió a Nevan con la familiar humedad del suelo helado y el olor tenue de los ungüentos de hierbas que él mismo preparaba. Cerró la puerta con un movimiento brusco, casi torpe: el agotamiento lo perseguía como una sombra pegada a sus talones.
Se quitó la camisa —o lo que quedaba de ella—. La tela rígida por la sangre se despegó de su piel con un sonido áspero. Debajo, la herida ardía como una hoguera mal apagada.
La mordida de un solitario nunca era simple.
La saliva corrosiva trabajaba como un veneno vivo: la carne intentaba regenerarse, pero el químico natural volvía a abrirla una y otra vez, como si una mano invisible rasgara los bordes cada vez que daban un paso hacia la recuperación.
Nevan aspiró por la nariz, conteniendo un gruñido.
Con la otra mano apartó la sangre negra coagulada y examinó mejor el tejido desgarrado.
Un recordatorio cruel de que incluso como líder, seguía siendo mortal.
El pensamiento le cruzó fugaz, inevitable:
El ala de Elarian... no es tan distinto.
Un daño que sanaba y se rompía.
Quizás no eran tan diferentes después de todo.
Mojó un paño en agua helada y lo presionó contra la herida. La piel chisporroteó al contacto, como si rechazara el alivio. Nevan apretó los dientes mientras limpiaba los restos de saliva y sangre. Luego tomó un pequeño frasco de ungüento espeso, oscuro, y lo aplicó con movimientos cuidadosos, casi reverentes.
Apenas había terminado de vendarse cuando la puerta se abrió de golpe.
Zander entró sin tocar, directo como siempre.
—¿No fui invitado a la reunión familiar? —preguntó, con un humor seco que se volvió aún más evidente al ver la herida—. Vaya bienvenida.
Nevan dejó caer los hombros, exhalando.
—Creo que... solo seremos nosotros dos en esas reuniones de ahora en más —murmuró, la voz cargada de un cansancio que iba más allá del cuerpo.
Zander no reaccionó con sorpresa. Ni con dolor. Apenas se encogió de hombros y se acercó para observar el brazo herido.
—Siempre fui más un hijo de mamá —admitió, como si estuviera recordando algo casi trivial.
Nevan dejó escapar una risa breve, ronca, pero auténtica.
La presencia de su hermano era un ancla en una noche que se desmoronaba bajo él.
Zander se dejó caer sentado junto a él en el borde de la cama. Por un instante, el silencio entre ambos fue cálido, casi humano, una tregua involuntaria en medio del caos.
Finalmente, Zander habló:
—¿Esa herida va a sanar antes de la batalla? —preguntó señalando el hombro destrozado.
Nevan no lo miró.
Clavó los ojos en el vendaje manchado, en la piel que aún temblaba bajo él.
—Debe hacerlo —susurró.
Era más una orden a su propio cuerpo que una respuesta.
Y ambos lo entendieron.
A.S.