Confiar En El Enemigo

Capítulo 14

Las máscaras hacían el aire más denso o esa era la sensación que transmitían.

El filtro vibraba levemente con cada respiración, como si la máscara quisiera recordarle a Elarian que estaba viva... y que ese hecho podría cambiar en cualquier segundo.

La tela metálica sobre sus alas le resultaba extrañamente familiar y ajena a la vez. La malla protectora cubría ambas, pero la derecha estaba reforzada: un arnés plateado, ajustado desde la base del ala hasta su pecho, sostenía el músculo debilitado mediante correas que apretaban con la firmeza de una mano autoritaria. No era comodidad. No era libertad.

Era un seguro de vida.

O, al menos, un intento de evitar que muriera antes de tiempo.

Los demás soldados alados llevaban estructuras similares, los artefactos brillando con ese tono azul característico de la tecnología del cielo. Desde arriba parecían aves acorazadas, listas para descender como una tormenta eléctrica.

Elarian miró su propio reflejo en el metal pulido de su hacha.

Su rostro, endurecido por semanas de dudas y revelaciones, la observó con una mezcla incómoda de determinación y temor. Tenía el ceño fruncido, la mandíbula tensa... y los ojos ligeramente vidriosos, aunque no lo admitiría nunca.

Tal vez ese sería el día.

Tal vez finalmente tendría que matar a Nevan.

Un nudo le apretó la garganta al pensarlo.

Respiró hondo.

El aire helado parecía arañarle los pulmones.

El planeta seguía igual de gélido que aquella tarde en el lago: la nieve silenciosa, las sombras azules extendiéndose entre los árboles, el viento apenas audible. Aunque ahora todo estaba teñido por una quietud antinatural. Como si el mundo mismo se hubiera acostado a esperar su propia muerte.

A la derecha del ejército de Omnia se levantaba la silueta imponente del santuario de Mortema Mater. La figura tallada de la diosa —cuernos, pecho abierto, corazón brillante— parecía observarlos desde su trono eterno, imperturbable, sin emoción alguna. Juzgándolos.

Cuando los solitarios finalmente aparecieron, surgieron del bosque en oleadas silenciosas. Ninguno estaba transformado aún, pero sus sombras, sus posturas inclinadas y sus ojos bastaban para helar la sangre.

Nevan iba al frente.

Zander a su lado.

A su alrededor, Elarian reconoció varios rostros que sin duda eran salvajes.

El estómago de Elarian se retorció.

El asco le subió por la garganta como bilis caliente.

Nevan... ¿por qué?

Ambos dieron un paso al frente, saliendo de sus filas respectivas, para encontrarse justo bajo la mirada pétrea de Mortema Mater.

Nevan habló primero, con una frialdad que no le conocía.

—No seremos tan amables en esta ocasión.

Las palabras cayeron como un puñal.

Elarian no esperaba gentileza, pero su tono —esa dureza glacial— la desconcertó.

Ella enderezó la postura y respondió con la misma firmeza:

—Tampoco nosotros.

Activó su máscara. Un resplandor azul inundó su visión, delineando cada silueta con claridad quirúrgica. De inmediato detectó el contorno helado de Nevan..

Nevan levantó una ceja.

Casi parecía divertido.

Pero solo por un segundo.

Ambos retrocedieron a sus posiciones. Se perdieron entre sus tropas como dos estrellas en constelaciones diferentes.

Eran de mundos distintos.

Omnia, con su ingenio, su disciplina, sus armas que parecían sacadas de leyendas antiguas; un ejército de ingenieros, estrategas y criaturas aladas.

Mortem, con su brutalidad desatada, su fuerza salvaje, su violencia sin adorno; un ejército de depredadores, de colmillos y garras.

Dos estilos de guerra.

Dos filosofías.

Los líderes volvieron a verse desde la distancia. Esta vez no hubo palabras, ni gestos. Solo la certeza de que cualquiera de los dos podía morir allí.

Elarian alzó su hacha.

Nevan curvó ligeramente sus dedos, como si ya sintiera las garras bajo la piel.

La tensión se quebró de golpe.

Ambos dieron la orden.

El mundo entero pareció inhalar.

Y entonces, las dos fuerzas corrieron una contra la otra, precipitándose hacia el centro del campo helado, donde se decidiría quién era presa y quién era depredador.

Nevan y Elarian se encontraron en el corazón del caos, allí donde el ruido de la guerra dejaba de ser ruido y se convertía en un pulso vivo. Donde la nieve estaba teñida de rojo y la tierra vibraba bajo cientos de pisadas y rugidos.

Elarian fue la primera en moverse.

Alzó su hacha con la furia concentrada de todas las verdades rotas entre ellos, del engaño que creyó real, del dolor que no había querido admitir. El golpe descendió como un relámpago.

Nevan lo recibió con el arma que le había arrebatado en la batalla anterior, aquella que todavía conservaba pequeñas marcas de sangre. Cuando las dos hojas chocaron, el metal cantó un sonido profundo, casi sobrenatural, que silenció momentáneamente todo a su alrededor.

Elarian retrocedió, alzando vuelo con un aleteo brusco, su ala lastimada temblando bajo la armadura. El aire helado la golpeó en el rostro, pero le dio perspectiva: desde arriba, él se veía diminuto. Mortal.

—¿Te suena esta arma? —preguntó Nevan desde el suelo, girando el hacha con un aire burlón.

—Para nada —respondió ella, elevándose un poco más, respirando para no sucumbir a la mezcla de rabia y melancolía.

Nevan ladeó la cabeza, casi divertido.

—¿Y tu ala?

Ella apretó la mandíbula, bajando lentamente.

—¿Sigues pretendiendo que eres amable? ¿Por qué no te transformas?

Elarian descendió en picada, dispuesta a partirlo en dos. Nevan bloqueó el golpe, pero un dolor agudo atravesó su brazo, la herida aún reciente del ataque del consejo. Un gemido ronco se le escapó y el hacha resbaló de sus dedos, golpeando la nieve con un sonido seco.

Elarian no atacó.

Lo observó.

Solo lo observó, respirando fuerte, como si contemplara no a su enemigo... sino a alguien que había importado demasiado.



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En el texto hay: darkromance, romance belico, guerra entre mundos

Editado: 02.07.2026

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