Los reyes de cada planeta se erguían frente a Elarian como pilares de un orden que alguna vez había creído inquebrantable. Tronos de oro, mármol, obsidiana y luz flotaban en perfecta simetría, como si el equilibrio del universo pudiera sostenerse únicamente con arquitectura y títulos pero Elarian ya había visto demasiado.
Había visto el hambre disfrazado de diplomacia, la crueldad envuelta en leyes, el miedo convertido en política.
Su juramento no había sido al Consejo. Había sido al universo.
Defender a todos los mundos, sin excepción.
Y Nevan —al igual que Mortem— merecía un lugar en Omnia tanto o más que cualquier planeta que llevaba décadas ocupando un asiento sin cuestionamientos.
El Rey de Omnia la observaba ahora con un odio tan puro que incluso a ella la sorprendió.
Había presenciado guerras, ejecuciones, traiciones... pero nunca una mirada así.
—¿Cómo te atreves a hacerle esto a tu rey? —escupió, con asco y furia—. Aquel a quien prometiste eterna lealtad.
Su voz resonó por la sala como una sentencia.
—Supongo que tu lealtad ha cambiado de dueño —continuó, con una sonrisa venenosa—. ¿Me equivoco, querida Elarian?
Las miradas se desviaron al instante hacia el joven que se encontraba apenas un paso detrás de ella.
Nevan permanecía erguido, firme, con la misma expresión serena que había tenido el primer día.
Mucho antes de la guerra.
Mucho antes de que esos ojos grises significaran más para Elarian que cualquier otro par en la sala.
Ella no se movió.
—Se equivoca, su alteza —respondió con claridad—. Cuando fui nombrada líder bélica de Omnia, juré defender cada mundo de este universo.
Su voz no tembló.
—Y aunque usted se empeñe en negarlo, Mortem es uno de esos mundos. Ni siquiera el más salvaje, si se me permite la opinión.
Un murmullo bajo recorrió el recinto.
—Juré lealtad al reino de Omnia y a cada monarca presente en esta sala —continuó—, pero jamás juré lealtad eterna a usted. Obedecí sus órdenes durante años, pero no pienso avalar su corrupción, sus intereses personales ni sus miedos disfrazados de diplomacia.
Sus ojos se clavaron en los del rey.
—No seguiré justificando guerras nacidas de la cobardía y el orgullo. Si hay algo que no debería seguir en juego, son las vidas de mis soldados. No seré yo quien explique a cada monarca por qué sus habitantes murieron honrando a una Omnia que ya no los honra a ellos.
Los murmullos comenzaron a llenar la sala de altos techos.
¿Era aquello una rebelión naciendo en el corazón mismo del Consejo?
¿Tan débil era el Rey de Omnia que ni su propia líder bélica lo obedecía?
¿Era Elarian una traidora... o el rey un tirano?
—Su alteza —intervino una mujer alta, de semblante imperturbable, poniéndose de pie—. ¿Podría recordarnos los motivos por los cuales seguimos negándole a Mortem un asiento en este Consejo?
El rey parpadeó, sorprendido.
—Son... peligrosos para los planetas —respondió, con un titubeo apenas disimulado.
—Recuérdeme entonces cuántas guerras ha declarado Omnia —intervino la Reina del Cielo, alzándose también—, porque mi memoria me indica que fueron más de dos.
La tensión creció.
El rey desvió la mirada hacia Nevan, que sonreía con una calma inquietante, como quien sabía que tenía todas las cartas sobre la mesa.
—No es la misma situación —admitió finalmente—. Mortem es un planeta aislado que no ha tenido la posibilidad de demostrarnos su violencia aunque es claro que ahí está. Mantenerlo fuera del Consejo es la única forma de contenerlos. Una especie con ese poder, bajo condiciones favorables, podría ignorar todas nuestras reglas.
—¿Entonces envía a nuestros jóvenes a una guerra perdida? —preguntó otro rey, sin siquiera levantarse—. ¿Contra una especie claramente más fuerte?
—El Consejo existe para tomar decisiones sin sentimentalismos —replicó el Rey de Omnia—. La guerra fue declarada por Mortem y continuará hasta que haya un vencedor que les aseguro será Omnia.
Nevan dio un paso al frente.
—De hecho —anunció con voz firme—, en representación de Mortem, dejo claro que preferimos un acuerdo antes que prolongar una guerra sin sentido.
Los murmullos regresaron, esta vez más intensos.
El rey golpeó su cetro contra el suelo.
—¡La guerra continuará! —exclamó—. Y si Mortem quiere un baño de sangre, será sangre negra.
Elarian dio un paso adelante.
—Presento mi renuncia inmediata, su alteza.
La sala explotó en exclamaciones.
—Y como cortesía por nuestros años de trabajo conjunto —añadió—, le informo que, a partir de hoy, mis servicios estarán dedicados al pueblo de Mortem.
Nevan la miró, sorprendido.
—Los jóvenes del cielo no lucharán en esta guerra —decretó la Reina de Coelum.
—Ni los del Infierno —añadió el Rey Infernal, coincidiendo por primera vez en la historia.
—Solicito una votación inmediata —pidió otro monarca—. Este asunto tiene consecuencias bélicas graves y aparentes conflictos de intereses del líder del Consejo.
El Rey de Omnia respiró hondo, recomponiendo su máscara de autoridad.
—Joven Elarian. Joven Nevan. Abandonen la sala. La votación será privada.
Ambos se dieron la vuelta y caminaron fuera del recinto.
Cuando las puertas se cerraron tras ellos y el eco de la sala quedó atrás, se detuvieron en uno de los interminables pasillos de mármol y oro.
Se miraron triunfantes.
—Gracias por todo —dijo Nevan finalmente.
Su sonrisa era distinta a cualquiera que Elarian hubiera visto antes en Omnia. No era diplomática, ni medida, ni calculada. Era honesta. Cansada. Real.
—Es lo mínimo que podía hacer —respondió ella, restándole importancia—. En nombre de Omnia. No todos somos como el rey.
Nevan la observó un segundo más de lo necesario, como si aún no terminara de creer lo ocurrido dentro del Consejo.