Confiar En El Enemigo

Epílogo

El calor de la cabaña se enfrentaba al exterior como dos mundos opuestos. Afuera, la nieve caía sin descanso desde hacía días, espesándose sobre el bosque hasta borrar cualquier rastro de camino. En Mortem siempre parecía estar nevando; como si el invierno fuera una decisión consciente del planeta. Las gotas de condensación descendían lentamente por el vidrio de la ventana, formando líneas irregulares que se perdían en el marco de madera.

Elarian observaba el paisaje con una fascinación silenciosa, como si la vastedad blanca lograra acallar pensamientos que habían sido demasiado ruidosos durante demasiado tiempo. Sus dedos jugaban distraídamente con la mano de Nevan, recorriéndola sin prisa, familiarizándose con su temperatura, con la textura fría pero viva de su piel.

Nevan, en cambio, no miraba la tormenta. Prefería observarla a ella.

Las alas blancas de Elarian, ya completamente sanadas, descansaban a su espalda con una perfección que todavía le parecía irreal. Eran hermosas, intactas, y Nevan sentía una satisfacción profunda —casi reverente— al saber que habían sobrevivido. El paisaje nevado era algo que conocía demasiado bien. Ella, no.

—¿Qué significa Nevan? —preguntó Elarian de pronto, girando la cabeza para mirarlo.

Él parpadeó, sorprendido. Se dio cuenta, con un leve rubor, de que lo había atrapado observándola fijamente.

—¿Nieve? —añadió ella con una sonrisa curiosa.

Nevan soltó una risa suave, algo avergonzado.

—Significa "pequeño santo" —respondió—. Supongo que a mi madre le pareció gracioso.
Como una especie de broma... o tal vez una ironía dirigida al cielo.

Elarian ladeó la cabeza, divertida.

—Quizás no se equivocó.

El comentario quedó flotando entre ellos.

El silencio volvió a ocupar el espacio, cómodo, cálido, solo interrumpido por el crepitar constante de la leña ardiendo en la chimenea. No era un silencio incómodo, sino uno lleno de entendimiento, de descanso compartido.

Pasaron algunos minutos antes de que Elarian hablara de nuevo.

—Entonces... —comenzó, sin apartar la vista de la ventana— ¿no piensas tener hijos nunca?

La pregunta fue tan directa como inocente.

Nevan arqueó una ceja y negó lentamente con la cabeza.

—Ni siquiera lo intentes, ángel —advirtió, medio en broma, medio en serio.

Elarian soltó una risa tímida, suave, como si todavía no se acostumbrara del todo a ese tipo de intimidad.

Tras una breve pausa, Nevan se incorporó un poco, girándose hacia ella. Quería verla a los ojos. Cuando lo hizo, Elarian sintió un leve estremecimiento: los orbes grises del joven eran intensos, atentos, casi intimidantes cuando se concentraban en ella de ese modo.

—Entonces... —dijo él con genuina curiosidad— ¿en el cielo hacen esas cosas?

Elarian bajó la mirada por un instante antes de reír con cierta timidez.

—Supongo que sí —respondió—. La gente casada, al menos.

Nevan asintió despacio, pensativo, observando sus manos aún entrelazadas. Dudó un segundo antes de hablar.

—¿Eso quiere decir que eres virgen?

La pregunta salió sin malicia alguna, cargada únicamente de una ingenuidad inesperadamente tierna.

La carcajada de Elarian estalló en la habitación, clara y sincera, llenando la cabaña con un sonido que contrastaba por completo con el mundo helado que aguardaba al otro lado de la ventana.

A.S.



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En el texto hay: darkromance, romance belico, guerra entre mundos

Editado: 10.07.2026

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