Conflicto de intereses

Capítulo 2.

Llegué a la sala con el corazón todavía acelerado por mi propia torpeza.

Ese día no estaba ahí como protagonista. Todavía no.
Era una especie de sombra con título recién estrenado, sentada al fondo, cuaderno en mano, aprendiendo cómo se ve la justicia cuando no sos vos la que habla.

Desde que me recibí el año pasado, todos me repetían lo mismo:
Observá, escuchá, aprende.
Porque mirar otros juicios era la mejor guía antes de que me tocara pararme ahí sola.

Ironías del universo: yo ya tenía mi primer caso importante tocándome la puerta.
Un adolescente. Acoso escolar.
Si la institución no accedía a un acuerdo… iríamos a juicio.

Pensé en eso mientras me sentaba.

Y entonces lo vi.

Elián Casanare entró a la sala con su cliente. Traje impecable. Espalda recta. Seguridad insultante.
Por un segundo, nuestras miradas se cruzaron.

Aparté la vista enseguida.

Las personas no siempre son lo que aparentan, me dije.
Aunque no estaba segura de querer profundizar en esa idea.

El juicio comenzó.

El acusado era un empleado de una tienda de electrodomésticos. Lo señalaban por un robo directo.
Decían que se había llevado mercadería.
Que era “sospechoso”.
Que ya sabían “cómo era ese tipo de gente”.

Tatuajes. Cabello oscuro. Mirada cansada.

Prejuicios disfrazados de certeza.

Elián se puso de pie cuando fue su turno.

Y algo cambió.

No levantó la voz. No golpeó la mesa.
Habló despacio. Preciso. Como si cada palabra estuviera exactamente donde debía estar.

—Mi cliente no es un ladrón —dijo—. Es un trabajador al que señalaron porque era más fácil culparlo que revisar sus propios errores.

Mostró documentos. Fechas. Horarios.

Luego pidió que reprodujeran las cámaras de seguridad de la autopista cercana.

El video fue claro. Demasiado claro.

Se veía al empleado saliendo del local.
Manos vacías.
Sin bolsas. Sin cajas. Sin nada.

Sentí un pequeño nudo en el estómago.

El fiscal intentó contraatacar. Habló de oportunidades, de encubrimientos, de “posibilidades”.

Elián no se movió.

—La justicia no se basa en posibilidades —respondió—. Se basa en pruebas. Y acá no las hay.

El juez pidió un receso.

El fiscal sonrió al sentarse.

Por un segundo, pensé que lo habíamos perdido.

Apreté el lápiz entre los dedos y, sin querer, pensé en mi propio caso.
En cómo el silencio de una institución también puede ser una forma de violencia.
En cómo mirar para otro lado destruye más que un golpe directo.

Cuando el juez volvió, la sala quedó en absoluto silencio.

—Ante la falta de pruebas y considerando el material presentado —dijo—, este tribunal declara al acusado inocente.

El murmullo fue inmediato.

El cliente de Elián bajó la cabeza, emocionado.
Elián apoyó una mano sobre la mesa un segundo más de lo necesario.

No estaba nervioso.
Estaba conteniéndose.

Ganó.

Todos se pusieron de pie. El juez se retiró. La sala comenzó a vaciarse.

Yo también me levanté rápido. Demasiado rápido.
No quería cruzármelo. No necesitaba más momentos incómodos con él.

Ya había visto suficiente.

Aunque fuera abogada, sabía guardar secretos.
Jamás creí que *él* tuviera ese tipo de fetiches.
Y mucho menos el más mujeriego del despacho.

Las apariencias siempre engañan, pensé con amargura.

Me refugié en la máquina de café.

A unos metros, dos empleadas cuchicheaban sin ningún tipo de pudor.

—Es muy guapo… ojalá pasar una noche con él —rió una.
—Cuando se pone serio es todavía más sexy —agregó la otra—. ¿Viste cuando dijo “mi cliente es inocente”?

Las dos rieron.

Yo también… por dentro.

Si supieran, pensé.
A mí no me gustan las empanadas.
Me gustan las berenjenas.

Doblé la esquina para servirme café.
Ellas se fueron apenas me vieron llegar.

Perfecto.

Mientras el vaso se llenaba, escuché pasos detrás de mí.

—Buen juicio —dijo una voz conocida.

Me tensé entera.

—Es verdad —respondí sin girarme—. Fue… instructivo.

Silencio.

Lo sentí mirándome.

—¿Le pasa algo conmigo, Elenor? —preguntó finalmente.

Cerré los dedos alrededor del vaso caliente.

—No —mentí—. Para nada.

—Entonces, ¿por qué parece que me está evitando desde que salimos de la sala?

Tragué saliva.

Porque creo que sos alguien completamente distinto a lo que mostrás.
Porque escuché cosas que no debía.
Porque no quiero saber si estoy en lo cierto o no.*

Pero dije otra cosa:

—Solo estoy aprendiendo a separar lo profesional de lo… personal.

Elián frunció apenas el ceño.

—Eso es gracioso —dijo—. Porque yo también creo que hubo un malentendido.

Levanté la vista.

—No creo.

—Yo sí —respondió—. Y tarde o temprano vamos a tener que aclararlo.

Nos miramos unos segundos.

Demasiados.

—Con permiso —dije al final, apartándome.

Me fui antes de que pudiera decir algo más.

Mientras caminaba por el pasillo, tuve una certeza incómoda:

Ese día aprendí algo importante.
Escuchar no siempre significa entender.

Y Elián Casanare acababa de convertirse en mi mayor error de juicio.




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