Mesas 4, 8 y 10.
Lo único que le pedí a mi amigo cuando me ofreció trabajo en la cafeteria más popular del campus donde solía estudiar, es que me tocaran solo mesas pares. Lejos de tener un TOC con los números, sé que lo impar me trae mala suerte.
Aunque estratégicamente hablando, no fue un buen negocio. Siempre tengo más mesas que mi amiga Bricia, ergo, siempre trabajo el doble.
Para olvidar ese error táctico, pienso en la paga. Nada me alivia más la carga de haber sido obsesiva que los varios ceros juntos en mi cuenta bancaria.
—El señor Peters quiere su desayuno frío, de nuevo — le digo al chef mientras dejo el plato en la encimera que separa la cocina. Él no dice nada, nunca lo hace, pero sé leer gestos y el suyo claramente dice "la vida apesta porque la gente apesta".
¿Quién podría culparlo? La atención al cliente es de lo peor que ha inventado la humanidad.
—¿Sábanas blancas en una habitación con muros llenos de posters? — escucho la voz indignada de mi amiga Bricia — Es lo más ridículo que escuché en la vida.
—Por eso mis sábanas se quedan donde están — dice su novio y mi mejor amigo Zev. Que no los engañe su simpático sentido del humor. Es un pesimista nato y un obsesivo de lo peor.
—No pienso dormir en una cama que tiene la cara de un alien gigante en el medio.
—¿Qué tienes en contra de los aliens? Son reales.
—Sé que son reales, pero este en particular brilla en la oscuridad. ¿Cómo esperas que eso no me moleste?
—Lo he tenido por años y jamás tuve ningún problema para descansar.
—Es porque ya tienes el cerebro frito. Yo todavía me puedo salvar.
Bricia es... Bricia. La adoro porque siempre es la persona más lista en cualquier habitación. Y se divierte como nadie cuando no tiene el ceño fruncido. Solo creo que sería un error intentar definirla. Es una tarea que no le recomiendo a nadie.
—Vivir juntos no suena tan divertido ahora, ¿cierto? — paso frente a ellos con una sonrisa de satisfacción. Sabía que su pequeño experimento no dudaría demasiado.
—¿Te digo qué no es divertido? Absorber tu negatividad. La mía me elcanza y me sobra — dice Zev mientras me quita de las manos los platos fríos del señor Peters, para llevarlos él mismo.
Él tampoco es fácil de catalogar. Siempre tiene una respuesta para todo, aún cuando se equivoca. Y lo único malo que ha hecho en su vida es pensar que esta cafetería es un milagro de trabajo. Lo quiero, pero a veces es tan tonto que me soprende que tenga novia, y la habilidad para mantenerla.
Sé que se va llevar la propina del señor Peters. Y me molestaría que haga mi trabajo si yo no tuviera zapatos de puntas mientras él usa unos cómodos tenis.
—¿En serio? Creí que absorber negatividad era tu hobbie favorito — me defiendo con sarcasmo.
Él vuelve al mostrador y me mira ofendido.
—Lo es — responde — Cuando no es contra mi.
—Jamás iría contra ti, querido. Aunque es tan sencillo.
Bricia larga una carcajada contenida que le borra la seriedad de la previa discusión.
—No deberías reírte, sino estar de mi lado — se queja su novio.
—Lo siento, amor. Pero mientras no cambies las malditas sábanas, Lilith es mi diosa y adoración.
Me regodeo en el afecto de mi amiga. Aunque lo lamento.
—Ya limpié la sala e hice el baño apto para mujeres — dice Zev — ¿No te parecen suficientes concesiones?
—Esas no fueron concesiones, sino sentido común — responde su novia — No puedo sentarme en un sofá cubierto por cartones de pizza, ni asearme en la mañana en un lugar donde no hay espacio para, mínimo, mi jabón facial.
—¿Para qué necesitas eso? Ya tengo un jabón y es perfecto.
—¿Hablas de la cosa babosa partida en mil pedazos que está pegada en soporte de metal oxidado junto a tu cepillo de dientes? Porque esa cosa es radioactiva.
No necesito imaginarlo para darle la razón a mi amiga. Zev es muchas cosas, y la mayoría de ellas, buenas. Pero "ordenado" no entra en su radar. Sabía que eso sería un problema con su nueva compañera de piso, más pronto que tarde.
Zev y Bricia llevan juntos más tiempo del que yo podría presumir habiendo tenido cero relaciones románticas. Se adoran, están locos el uno por el otro y creo que si se separaran, literalmente me tendría que dividir en dos para estar consolando a ambos.
Son la única razón por la que todavía creo mínimamente en el amor. Siempre que le llegue a los demás y se aleje corriendo de mi.
—Lili, ¿podrías decirle que tengo razón? — me pide Bricia — La casa se limpia al menos una vez a la semana.
—¿Quién tiene tanto tiempo? Una vez al mes es más que suficiente — refuta su novio.
—Si viviera con alguien que espera un día al mes para limpiar el baño o lavar las sábanas, creo que me divorciaría antes de pisar la casa — respondo con parcial honestidad. Y ellos lo saben.
No ha nacido todavía el hombre capaz de hacerme siquiera considerar mudarme lejos de mi padrel. Sea el más pulcro de la tierra o no.