Conquistando Al Francés

CAPITULO 32 MOMENTO Y ENTENDIMIENTO

—Llevas casi todo el camino callada —dijo Gerard, dándole una corta mirada a la castaña antes de volver a concentrarse en la carretera nocturna, desconocida para él—. ¿Ocurre algo, duendecillo?

Gerard le había dicho que podía hablar con sus padres y explicarles que él respondería por su hijo —o hija— y también por ella. Pero a medida que el auto avanzaba, Christina comenzaba a sobrepensar el amplio catálogo de malas reacciones que podría tener su padre—.
Tú no eres así de silenciosa y tranquila —insistió el rubio con más seriedad al no obtener respuesta—. ¿Te sientes bien, Christina?

Era extraño. Siempre le había parecido una mujer bella, pero muy revoltosa y escandalosa. “Christina” y “silencio” no podían ir juntos en una misma oración.

—No es nada, Gerard, estoy perfecta —se sinceró la castaña, regalándole una sonrisa a su compañero de camino—, lo que me ocurre no es gran cosa. Solo estoy pensando en cómo abordar a mis padres con todo lo que ha ocurrido desde que volví a casa.

—¿La peur? —inquirió Gerard, incrédulo, arqueando una ceja. La mujer a su lado era de todo menos miedosa. ¿O acaso sí era miedo lo que tenía?

Rió ante lo dicho por el rubio. No tenía miedo… ¿O sí? No, definitivamente no era eso. —No, no tengo miedo… O bueno, sí, quizás sí lo tenga, Gerard. Pero es algo diferente a lo que puedas pensar. Mi miedo es a una mala reacción, específicamente de mi padre. No quiero que te haga un desplante, o que tú tengas una mala impresión de él… o que él te la tenga a ti. Yo…

—Chris…

—Espera, Gerard, déjame terminar, por favor —dijo ella, arrugando un poco el rostro en un puchero que al francés le pareció de lo más tierno.

—Tranquila —dijo en tono calmo, besando sus labios de manera dulce. Solo fue un pequeño roce, pero lo suficiente para ganarse la atención de la castaña—. El temor que tienes es normal. Creo que todas las mujeres tienen ese temor —añadió Gerard, esbozando una sonrisa en la que destacaban sus hoyuelos en las comisuras de los labios.

—Es cierto eso —secundó Chris, descansando su brazo en la ventanilla y apoyando la cabeza en su mano. Gerard tenía razón. Debía calmarse y dejar de sobrepensar tanto.

—Ya hemos llegado a casa, duendecillo —dijo Gerard, apagando el auto. Bajó para abrirle la puerta a la castaña. Ella salió en silencio y avanzó lentamente hacia la entrada. Él tomó su mano. Sabía que la cabeza de Christina estaba en otro plano; nunca había destacado por ser sociable, todo lo contrario. Aun así, sabía que en cualquier momento tendría que hablar con sus padres.
—Me gustaría acompañarte y hablar en este momento con tus padres.

Definitivamente, aquello no lo vio venir. Sabía que le había costado mucho a Gerard. No era la persona más amigable, si así pudiese decirse.
—Me parece bien, Gerard —dijo animada la castaña—. ¿Te parece si mejor vienes mañana a hablar con mis padres?

Cuestionó con el corazón latiendo acelerado ante la idea de que el amargado francés y su familia se reunieran en un mismo lugar. Si hubiera escuchado esto meses atrás, estaría muerta de risa. No veía a Gerard en esto. Aunque aún le daban ganas de reír, también se sumaban unos nervios que hacía mucho no sentía… y pensó que no volvería a pasar.

—Está bien, duendecillo —dijo el rubio con un atisbo de ternura, tomando con suavidad las mejillas de la castaña—. Prepara el campo de batalla y yo vendré mañana.

—Mañana te quiero listo, soldado —secundó Christina, divertida con las ocurrencias de Gerard. Cuando el rubio se lo proponía, podía llegar a ser muy gracioso—. Hasta mañana, Gerard.

—Allez, va dormir. Il est tard —ordenó Gerard, tratando de sonar serio—. Ya ve a dormir, duendecillo.

—Oui, grincheux, j’arrive —respondió la chica, poniéndose de puntillas —no de rodillas— y robándole un beso al desprevenido francés—. Buenas noches, Gerardo.

Frunció el ceño en cuanto escuchó aquel nada agradable apodo.
—Ni soy un ogro ni nada de eso…

—Y… yo no soy un duendecillo —replicó Chris, abriendo la reja de su casa.

En cuanto la castaña entró a su residencia, Gerard subió al auto, dio un último vistazo a la pintoresca casa rosa de la chica, subió los cristales y puso el coche en marcha. Mañana sería un largo día. Ya había tenido una primera impresión no muy favorable con los padres de Christina, y esta era su oportunidad de redención, de enmendar un poco el desastre de aquella primera vez conociendo a sus suegros.

La sonrisa en sus labios fue sustituida por una mueca de desagrado y desconcierto. No entendía la necesidad de aquella llamada tan desagradable. Ella estaba muerta para él, y así debía seguir siendo. No comprendía cómo había conseguido su número. Pero la próxima vez no tendría la misma suerte: no iba a responder. Victoria Fautec estaba fuera de su vida y, definitivamente, muerta y enterrada para él, a unos cien metros bajo tierra.

Sin darse cuenta, ya había llegado a aquel alojamiento donde, extrañamente, ya no se sentía tan incómodo. Si su padre, Andree o sus hermanos lo vieran ahí, definitivamente no creerían lo que veían. Con esa idea, su mal humor mermó. Era hora de descansar.

•••

Entró en silencio. No quería llamar la atención de su familia, y en especial la de sus padres. Ya era una adulta, además independiente, pero eso a sus progenitores les resbalaba.

Su plan de escape silencioso se vio interrumpido en cuanto vio a su hermano menor tirado en el sofá, con Oliver durmiendo en el estómago del muchacho.
—Hola, Edw…

—Llegas tarde —soltó el adolescente en tono monótono, acariciando al felino sobre su abdomen.

—¿Y papá y mamá? —inquirió Christina, tomando asiento junto a su hermano en el sofá más pequeño—. ¿Qué haces aquí solo?

Blanqueó los ojos con fastidio. Su hermana a veces se creía su madre y no entendía que ya no era ningún niño.
—Mis padres están en el cine y la abuela durmiendo. Y no, no estoy solo; estoy con tu gato francés.




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