Despertó con los primeros rayos de sol. Apenas había logrado conciliar el sueño en toda la noche. Hoy era el día. Hoy debía ver a los padres de Christina, y no podía negar que el tema lo tenía un poco inquieto. Pero eso no lo podía saber nadie, y mucho menos la castaña. Luego de quedarse unos minutos más en la cama, decidió levantarse. Ya era hora de iniciar el día.
Después de asearse y vestirse, decidió ponerse al corriente con sus asuntos de trabajo. Revisaba sus correos mientras disfrutaba una taza de café. Grata fue su sorpresa al descubrir el maravilloso café de aquel país caribeño.
—¿Qué es esto? —murmuró al ver un correo que llamó poderosamente su atención—. *Gerard, hubo un cambio de planes en el cronograma. Necesito que estés en Chicago a la brevedad posible.*
¿Por qué estos cambios? No entendía nada de lo que pasaba. ¿Y ahora qué haría? No quería estar ausente tanto tiempo, y no sabía si era posible que la latina viajara con él —no por temas económicos, sino por cuestiones migratorias.
Tomó su celular. Esto debía solucionarse. No sabía cuánto tardaría en Chicago, pero llamaría a Andrew para que se hiciera cargo de los preparativos del visado de Christina. John había cambiado sus planes, pero no sus objetivos.
Cerró el portátil. Tenía algo que hacer antes de ir a ver a Christina, y debía ser temprano: no conocía la ciudad y necesitaba encontrar algo acorde a ella. Y eso, definitivamente, no sería fácil.
Tomó las llaves, dio un último vistazo a su aspecto y peinó un poco su rubio cabello, ordenando algunos mechones que se habían salido de su sitio. Una sonrisa de labios cerrados se dibujó en su rostro, haciendo destacar unos hoyuelos en las comisuras de sus labios y mejillas. Estaba inexplicablemente emocionado y ansioso por el encuentro de esa noche.
•••
Despertó hambrienta. Se duchó, se vistió y bajó las escaleras lentamente, pues unas voces la hicieron detener sus pasos a medio camino.
—Christinita llegó muy tarde anoche. El muchacho buenmozo la trajo —comentaba su abuela—. Edward me lo contó, y hoy, al ir por el pan, Rosa me detuvo para preguntarme por el rubio que trajo a mi nieta.
Al oír aquello, llevó las manos a la boca, ahogando el grito de sorpresa y pena que tenía atragantado en la garganta. ¡Su abuela acababa de confirmar que la chismosa del barrio los había visto juntos! Decidió quedarse un momento más, escuchando el cotilleo matinal entre su madre y su abuela.
—¿Y qué le has dicho a esa mujer, María? —inquirió Elizabeth.
—¡Sí, abuela! ¿Qué dijiste? ¡Habla ya, por favor! —susurró Chris en un hilo de voz, bajando lentamente un escalón para escuchar mejor.
No era una mujer entrometida, pero aquello le despertó curiosidad y un dejo de nerviosismo. La vecina más comunicativa del barrio —por no decir otra cosa— los había visto anoche. La castaña tenía la certeza de que, en ese preciso instante, ella era el centro de todos los chismes.
—¡Le dije a esa vieja bruja de Rosa que ese muchachote tan bello es el prometido de mi nieta Christinita! —respondió María con orgullo—. Eli, querida, tú sabes que esa no va a regar el cuento…
—¡Abuela! —exclamó Christina, entrando a la estancia con los brazos cruzados y fulminándola con la mirada—. ¿Por qué le has mentido a esa mujer? Desde que llegamos a la capital, la tal Rosa ha sido una entrometida —regañó en un tono molesto.
La abuela María palideció al escuchar a su nieta. No sabía que la muchacha ya estaba despierta.
—¡Christina! ¿No sabes dar los buenos días? Quizás en Europa sean unos mal educados, pero aquí, aquí, niña, se dan los buenos días —replicó, indignada.
—¡Muy bonito, abuela! —espetó la castaña, caminando mientras movía las manos de manera errática, haciendo sonar sus tacones—. ¡Ahora tú riegas rumores de mi persona con la más chismosa del mundo, mundial, y yo soy la grosera! ¡Ahora dime: compuse yo, vale!
Elizabeth miraba a su suegra e hija como si observara a dos niñas pequeñas. La trifulca entre nieta y abuela no la dejaba concentrarse en el bordado que realizaba.
—A ver, María —dijo, dejando aguja y estambre a un lado. Definitivamente, esas dos no la dejarían tejer esa mañana—. ¿Y bien? ¿Qué más le dijiste a esa habladora?
Christina tomó asiento junto a su madre, esperando y rogando que su abuela no se hubiera puesto creativa.
La mujer de cabello platinado se hizo la afligida ante las acusaciones de su nieta. —¡No dije nada que no fuera verdadero! La vecina te vio, señorita, muy acaramelada con aquel hombre, toda la cuadra lo sabe: Rosa se ha encargado de esparcirlo como las abejas al polen —dijo, acusadora.
Christina sintió que el rubor subía por su cuello. ¿Cómo había omitido eso? Anoche, ella y Gerard habían estado un momento… y sí, hubo más de un beso. Nada de otro mundo, pero Rosa solía sazonar sus historias hasta hacerlas irreconocibles.
—¿Y tú qué le has dicho a esa bruja? —cuestionó, apenada, recordando lo sucedido con el francés la noche anterior. Bajó su tono altivo; sus mejillas se llenaban lentamente de un calor que le aceleraba el corazón.
—¡Le dije que ese muchacho es tu novio y que has venido aquí para presentarlo a la familia y pasar unos días! —respondió la abuela con soltura.
—¡P-pero abuela María, te has vuelto loca! —prorrumpió la castaña, ahora sí más roja que un tomate—. ¡Mamá, escuchaste ese disparate?
—¡Esto sí no lo permito! —bramó la mayor, incorporándose de nuevo—. ¡Mira, muchachita! Podrás negar que tú y ese extranjero tienen su *juju*, pero estas canas no son gratis, Christina —replicó, señalando sus cabellos plateados—. ¡Lo que sí es obvio es que esperas un hijo de ese hombre! Y, mijita, un hijo no se hace solo. Además, Rosa ya te vio anoche, acaramelada de besos y todo.
—Las cosas no son así, abuela —dijo, apenada. Debía explicarse—. No es lo que crees…
—¡Nací de noche, Christina Isabel Ávalos, pero no anoche! —replicó la anciana, poniéndose seria—. Y di lo que quieras, pero ese hijo que esperas no es obra de la cigüeña. Tu tía Eugenia decía lo mismo… y ya tenía tres meses cuando esperaba a Génesis. ¡Cuando ustedes van por el pan, yo vengo con el queso! —dijo, y con su discurso de sabiduría popular, se marchó escaleras arriba, molesta.