Conquistando el corazón del rey omega

Introducción

“El rey ha vuelto”

Después de una gran batalla contra los dioses, el rey de los demonios, Lucien, montado sobre un imponente corcel negro de musculatura firme y crines como la noche misma, cruzó las enormes puertas de la muralla que protegía su reino. Las pesadas hojas de hierro se abrieron con un estruendo profundo, como si incluso la ciudad reconociera el regreso de su soberano.

Había regresado victorioso.

A ambos lados del camino principal, la gente se encontraba perfectamente alineada. Sus ropas oscuras ondeaban suavemente con el viento cálido, y sus rostros —marcados por años de guerra y resistencia— ahora brillaban con una emoción contenida que pronto estalló en vítores.

—¡Larga vida a su majestad!

—¡Gloria al rey Lucien!

Las voces se alzaban como una ola, llenando cada rincón del reino, rebotando contra las altas torres de obsidiana y las calles empedradas. Era una victoria que muy pocos reyes en la historia podían reclamar: vencer a los dioses.

Lucien… un omega.

Había gobernado durante más de doscientos años, y bajo su reinado, el mundo demoníaco había cambiado. Donde antes hubo caos y hambre, ahora existía estabilidad. La hambruna, que en otro tiempo había devorado a su pueblo, era apenas un eco distante. Había impuesto orden, había construido poder… y había sembrado un miedo profundo en los corazones de sus enemigos.

Un miedo ganado en el campo de batalla.

Muchos aún no podían aceptar su existencia. Sus enemigos lo despreciaban, lo subestimaban, lo insultaban con un apodo que corría entre reinos como veneno:

“La zorra de los demonios.”

Porque, a diferencia del reino demoníaco, en otros territorios los omegas eran relegados a lo doméstico, condenados al silencio, privados del poder. Les estaba prohibido gobernar, participar en política, siquiera soñar con un trono.

Pero en el reino demoníaco… eso no existía.

Allí solo importaba una cosa: la fuerza.

Si podías empuñar una espada, eras digno de luchar. Si tenías la capacidad de liderar… eras digno de gobernar. No importaba si eras alfa, beta u omega.

Y Lucien era la prueba viviente de ello.

Mientras avanzaba por la avenida principal, su armadura dorada capturaba la luz, reflejándola en destellos intensos que obligaban a entrecerrar los ojos. El casco cubría su rostro por completo, dejando visibles únicamente sus ojos violeta, fríos y penetrantes como el filo de una espada.

Los cascos de los caballos marcaban el ritmo de la caravana, un sonido constante y solemne que imponía silencio incluso entre los gritos. Al frente, los guardias abrían paso con lanzas en alto, mientras otros portaban el estandarte real, ondeando con orgullo el símbolo del reino.

Detrás de ellos avanzaba el rey.

Y tras él, su sombra más fiel.

Hazem.

Un alfa de porte firme, mirada aguda y presencia imponente. Era su consejero más leal… y también el segundo en la línea de sucesión al trono. Proveniente de una antigua familia de guerreros, había conocido a Lucien en su juventud, cuando ambos aún no cargaban el peso del mundo sobre sus hombros. Desde entonces, se habían vuelto inseparables.

El rey confiaba en él más que en nadie.

Y como no tenía herederos… lo había nombrado su sucesor.

Detrás de Hazem marchaban la guardia real, los generales, los consejeros de guerra y finalmente los soldados, muchos de ellos heridos, otros apenas sosteniéndose en pie, pero todos con la misma expresión: orgullo.

Cuando finalmente llegaron al palacio, una estructura colosal de piedra negra y torres afiladas que se alzaban hacia un cielo teñido de rojo, Lucien detuvo su caballo. Descendió con elegancia, sus movimientos precisos a pesar del evidente cansancio que pesaba sobre su cuerpo.

De inmediato, varios sirvientes se acercaron, inclinando la cabeza con respeto.

Lucien se quitó el casco.

Y el mundo pareció contener el aliento.

Su cabello cayó en suaves hebras doradas, casi platinadas, ligeramente desordenadas por la batalla, enmarcando un rostro de belleza etérea, delicada y peligrosa a la vez. Sus facciones eran finas, casi irreales, con labios pálidos entreabiertos y una piel tan clara que parecía porcelana bajo la luz. Sus ojos violeta, profundos y cansados, contrastaban con aquella apariencia frágil que engañaba a cualquiera que no lo conociera.

El casco fue retirado de sus manos por los sirvientes.

—Prepárenme un baño —ordenó, su voz firme, aunque ligeramente áspera por el desgaste—. No he podido asearme adecuadamente en días.

—Sí, su majestad —respondieron al unísono.

Algunos desaparecieron de inmediato, mientras otros lo seguían de cerca. Lucien avanzó por los largos pasillos del palacio, quitándose poco a poco las piezas de su armadura, dejándolas en manos de quienes lo atendían.

El sonido metálico de cada pieza al caer rompía el silencio.

Hazem caminaba detrás de él, atento, como siempre.

—Quiero que prepares un banquete con el botín de nuestra victoria —continuó Lucien sin detenerse—. No escatimes en gastos. Que los soldados… y la gente común… coman como no lo han hecho en años.

Hazem inclinó levemente la cabeza.

—Así se hará, su majestad.

Hubo un breve silencio antes de que preguntara:

—¿Y usted?

Lucien no se detuvo.

—Diles que estoy cansado… o lo que quieras —respondió con indiferencia—. Estaré en la biblioteca. Hay demasiado papeleo acumulado.

Hazem frunció apenas el ceño, aunque su voz se mantuvo respetuosa.

—Podría hacerlo mañana. Hoy deberían celebrar… después de una victoria como esta.

Esta vez no hubo respuesta.

Solo el eco de los pasos del rey alejándose por el pasillo.

Hazem lo observó en silencio, comprendiendo.

Lucien ya había tomado su decisión.




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