Conquistando el corazón del rey omega

Capítulo 1

Lucien

Un baño después de tanto tiempo cubierto de tierra, sangre seca y el peso invisible de la guerra se sentía casi irreal, como si no me perteneciera, el vapor se elevaba en suaves espirales desde el agua tibia, llenando la habitación con un aroma limpio, apenas perfumado, que contrastaba con el hedor que aún parecía aferrarse a mi memoria, mis sirvientes habían preparado todo con esmero, como si intentaran devolverme a la vida a través de aquel ritual silencioso, y cuando mi piel tocó el agua, un estremecimiento me recorrió de pies a cabeza, no era solo calor, era un alivio profundo, casi doloroso, como si mi cuerpo recordara de golpe lo que era sentirse humano.

Me sumergí lentamente hasta que el agua cubrió mis hombros, dejando escapar un suspiro que no sabía que había estado conteniendo, cerré los ojos, permitiéndome, por primera vez en mucho tiempo, no pensar en nada, manos cuidadosas comenzaron a recorrer mis hombros y brazos, ejerciendo presión sobre músculos tensos, rígidos por el combate, por las noches sin dormir, por el constante estado de alerta, no opuse resistencia, dejé que hicieran su trabajo, que deshicieran nudos que ni siquiera sabía que tenía, el murmullo del agua, el roce de las manos, el calor envolviéndome se volvieron lejanos, difusos, incluso creo que por unos minutos me dormí, estaba exhausto, no solo en cuerpo, sino en algo más profundo que ni siquiera sabía nombrar.

El estruendo repentino de fuegos artificiales me arrancó de esa paz efímera, abrí los ojos, desorientado al principio, hasta que recordé la celebración, la victoria, mi victoria, los colores debían estar pintando el cielo en ese instante, y por un momento me pregunté cuántos de los que celebraban sabían realmente lo que había costado llegar hasta allí, aun así, una leve sensación de satisfacción se instaló en mi pecho al pensar en Hazem, sabía que había organizado el banquete tal como se lo pedí, los soldados y los generales lo merecían, meses lejos de sus familias, enfrentando la muerte cada día, necesitaban olvidar, aunque fuera por unas horas.

Sabía que debía asistir, era el rey, pero la sola idea me agotaba más que cualquier batalla, las risas, los brindis, las miradas no eran para mí, y aun así no me preocupaba dejar todo en manos de Hazem, él era más que un consejero, era en muchos sentidos, lo más cercano a un hermano que tenía, confiaba en él plenamente, además, aquello le ayudaría a crecer.

El agua comenzó a enfriarse, devolviéndome poco a poco a la realidad, abrí los ojos con pesadez y supe que el descanso había terminado, me levanté y de inmediato varias manos se apresuraron a cubrirme con toallas suaves y cálidas, el contraste con el aire frío me hizo tensar ligeramente los músculos, me secaron con rapidez, casi con urgencia, como si el tiempo mismo me persiguiera, una bata blanca fue colocada sobre mis hombros, ligera, limpia, ajena a todo lo que había vivido.

Se acercaron con perfumes y un peine, pero negué con la cabeza, no quería nada de eso, solo deseaba ropa cómoda, asintieron en silencio, sin cuestionar, y me guiaron hasta mi habitación, allí comenzaron a vestirme tal como había pedido, telas suaves, sueltas, que apenas rozaban mi piel, incluso trajeron un espejo, pero aparté la mirada antes de que pudieran colocarlo frente a mí.

¿Para qué?, ¿qué se suponía que debía ver?, no me importaba como lucia.

Salí de mi recámara y avancé por los pasillos casi vacíos, el eco de mis propios pasos me resultó extraño, la mayoría de los guardias estaban celebrando, así que, por una vez, nadie me seguía, nadie vigilaba cada uno de mis movimientos, era liberador.

Cuando entré a la biblioteca, el silencio me recibió, pero la calma no duró, mi mirada cayó de inmediato sobre el escritorio y lo que vi me arrancó un suspiro pesado, casi un gruñido contenido, montañas de papeles se alzaban frente a mí, desordenadas, interminables, maldije en voz baja, el solo hecho de pensar en todo lo que debía hacer me aplastaba más que cualquier armadura, pero era el rey.

Me acerqué y me dejé caer en la silla, soltando un largo suspiro mientras dejaba caer la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos por un instante, debería estar durmiendo, debería estar en cualquier otro lugar, menos aquí.

—Su majestad… ¿se encuentra bien? —preguntó una voz de repente.

Me incorporé de golpe, el corazón acelerándose por el susto, no había notado la presencia de nadie, mis ojos buscaron rápidamente hasta dar con él.

—¡Qué susto!

—Lo siento, su majestad —respondió Adán con una leve inclinación—, como lo vi recostado, pensé que tal vez no se encontraba bien.

Adán es el bibliotecario real, un hombre que había trabajado conmigo por años, es muy leal y yo confio en él, incluso lo considero amigo.

—No te preocupes —respondí, pasando una mano por mi rostro—, solo estaba descansando antes de enfrentar todo esto —añadí, señalando los papeles—, mira, tengo montañas y montañas.

—Sí —dijo con suavidad—, debido a su ausencia, el papeleo se acumuló, intenté ayudar lo más posible, pero hay cosas que solo el rey puede hacer.

Asentí levemente, tenía razón.

Fue entonces cuando noté cómo se sentaba con cierto cuidado, llevando una mano a su vientre, mi mirada se detuvo allí por un segundo más de lo que debería, estaba embarazado, pronto daría a luz.

—¿Qué haces aquí a estas horas? —pregunté, desviando la atención.

—El bibliotecario no descansa, su majestad —respondió con una leve sonrisa cansada—, aún hay mucho por hacer, aunque pronto tendré que ausentarme.

Hizo una mueca, acariciando suavemente su vientre, algo se movió bajo su mano y aparté la mirada con torpeza, como si estuviera invadiendo algo íntimo.

—Tranquilo, bebé, eres tan inquieto… —murmuró con dulzura.

—¿Es difícil estar embarazado? —pregunté, antes de poder detenerme.

Adán alzó la vista, sorprendido por la pregunta.

—¿Su majestad desea tener un bebé?




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