Conquistando el corazón del rey omega

Capítulo 2

Eryx

Las tabernas eran el mejor lugar para reunirse con amigos, alzar una copa y dejar que el ruido de las risas ahogara cualquier preocupación… pero también eran el sitio perfecto para tejer conspiraciones en voz baja y pagarle a alguien para asesinar a quien resultara incómodo.

Y ese era mi trabajo: un asesino por encargo, una sombra al servicio de hombres con poder que no querían mancharse las manos con sangre. Cada vez que cumplía con una tarea, me reunía con el mismo intermediario, un hombre que parecía pertenecer a todos y a nadie al mismo tiempo. Era amigo de los nobles de la corte, el encargado de reclutar soldados —unos para el palacio, otros para servir a familias influyentes—, pero en realidad su verdadera habilidad era conectar a personas como yo con quienes necesitaban desaparecer problemas… de forma permanente.

Me encontraba sentado esperándolo, con la espalda apoyada contra la madera áspera de la silla y la mirada perdida en el vaivén de la taberna. El aire estaba cargado de alcohol, sudor y humo, una mezcla espesa que se pegaba a la garganta. A mi alrededor, los borrachos alzaban sus jarras entre risas torpes; algunos cantaban, otros discutían, todos envueltos en una euforia casi absurda. Supuse que celebraban la reciente victoria del rey en la guerra, como si esa gloria les perteneciera también.

Entonces apareció.

Primero pidió una bebida en la entrada, como siempre, con esa calma calculada que lo caracterizaba, y luego avanzó entre las mesas hasta llegar a la mía. Se sentó frente a mí y me dedicó una sonrisa ligera, de esas que no alcanzaban los ojos. Yo solo lo observé en silencio antes de llevar una mano al interior de mi abrigo y sacar una pequeña bolsa, dejándola sobre la mesa con un leve sonido seco.

—¿Qué es eso? —preguntó, frunciendo apenas el ceño.

—La prueba de que completé el trabajo.

—Ya te dije que no es necesario que traigas eso —respondió, soltando un suspiro cargado de fastidio.

Estaba por entregarme el pago cuando la bebida llegó. Tomó un gran sorbo, como si necesitara el alcohol para tolerar mi presencia o quizá el contenido de la bolsa. Luego dejó el dinero sobre la mesa.

No lo tomé.

Me limité a mirarlo.

—Quiero entrar al palacio.

El efecto fue inmediato. Escupió parte de la bebida y se atragantó, tosiendo mientras me observaba con incredulidad.

—¿Qué? ¿Qué diablos? ¿Por qué quieres entrar al palacio? Tú… un asesino. No tienes ningún trabajo ahí. ¿O alguien te contactó?

Odiaba que preguntara tanto. Su voz, insistente y curiosa, raspaba más que cualquier cuchillo.

—Una tarea personal —respondí, seco.

Se limpió la comisura de los labios con el dorso de la mano, aún recuperando el aliento.

—¿Y de qué trata eso?

—No te incumbe.

—Pues bien, ahí tienes tu respuesta —replicó, encogiéndose de hombros con una sonrisa ladeada.

Suspiré, dejando que el cansancio se filtrara en mi mirada. No podía decirle todo lo que planeaba; ni siquiera debía insinuarlo. Pero sabía que, si quería su ayuda, tendría que ceder lo suficiente para despertar su interés.

—Te recompensaré bien.

—Sí, claro… —soltó una leve risa, incrédulo

—Podría darte un puesto en el palacio, ¿eso quieres oír?

—¿Y cómo planeas que ocurra eso? —se inclinó ligeramente hacia mí, entre curioso y burlón—. No me digas que quieres matar al rey y convertirte en el nuevo monarca. Bastante ambicioso de tu parte… además, el rey no es cualquier hombre al que puedas eliminar. Ese tipo te haría polvo antes de que siquiera te acerques.

—Lo sé —respondí con calma, sosteniendo su mirada—. Y no planeo matarlo.

—Entonces… —insistió, entrecerrando los ojos.

Me incliné apenas hacia adelante, dejando que el murmullo de la taberna cubriera mis palabras, que cayeron lentas, medidas, como una advertencia.

—Sabes cómo funciona este negocio… no se hacen demasiadas preguntas.

Él suspiró, esta vez con un cansancio más profundo, como si mis palabras le hubieran añadido un peso invisible a los hombros, y llevó la jarra a sus labios para dar un largo trago, uno de esos que no solo apagan la sed, sino que intentan aclarar pensamientos que preferiría no tener.

—Quieres que te meta entre los soldados que se van a presentar mañana ante el consejero, ¿verdad? —dijo finalmente, dejando el vaso sobre la mesa con un leve golpe.

—Así es.

Volvió a suspirar, más despacio, como si aún estuviera decidiendo si aquello era una mala idea o simplemente una locura inevitable.

—¿De verdad es un asunto personal? —preguntó, mirándome con una intensidad poco habitual—. ¿Nadie te ha contactado?

—Sí. Es un asunto personal.

Por un instante, sus ojos se abrieron apenas, lo suficiente para delatar su sorpresa. Luego desvió la mirada y comenzó a jugar con el borde del vaso, girándolo entre sus dedos, dejando que el líquido se balanceara en silencio, como si buscara respuestas en ese pequeño remolino ámbar.

—¿Por qué la sorpresa? —pregunté, aunque ya intuía la respuesta.

—Porque nunca antes te había visto actuar por tu cuenta —admitió, con un deje de sinceridad que rara vez mostraba—. Nunca has tenido deseos… ni ambiciones. —Hizo una pausa, observándome con más atención, como si intentara reconocer a alguien distinto frente a él—. Me sorprende que esto sea personal.

El murmullo de la taberna seguía vibrando a nuestro alrededor, pero entre nosotros se había formado un silencio más denso, uno que pesaba más que cualquier grito o carcajada cercana.

—Pero está bien —continuó al fin, recostándose ligeramente en la silla—. Te ayudaré. —Una sonrisa leve, casi interesada, apareció en sus labios—. Pero dime… ¿qué obtendré a cambio?

—Lo que te mencioné antes —respondí sin titubear—. Puedo darte un puesto en la corte. Uno que te haga rico por años.

Esa vez no disimuló su reacción. Una sonrisa más marcada se dibujó en su rostro, y asintió lentamente, como quien acepta un trato que sabe que le traerá beneficios… aunque no entienda del todo sus consecuencias. Levantó su bebida una vez más y dio otro trago, más corto, pero cargado de decisión.




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