Conquistando el corazón del rey omega

Capítulo 3

Lucien

Después de dos días de arduo trabajo, finalmente podía descansar. El cansancio se me había metido en los huesos, pesado y denso, como si cada músculo reclamara el esfuerzo acumulado. Mi única intención era simple y casi sagrada: dormir todo el día. O al menos eso creía… hasta que alguien comenzó a tocar la puerta.

No iba a responder.

Quien fuera entendería que estaba cansado. O eso esperaba. Durante unos minutos, el silencio regresó y creí haber ganado esa pequeña batalla, pero no duró. Los golpes volvieron, esta vez más insistentes, más decididos, como si la paciencia del otro lado se hubiera agotado.

—Su majestad, por favor despierte.

Esa voz… no la conocía.

Me removí entre las sábanas, hundiendo el rostro en la almohada, aferrándome al sueño como si pudiera esconderme en él y hacer desaparecer esa molestia.

—Su majestad…

No. No me dejarían dormir. No hoy.

—Ya escuché… déjenme en paz —murmuré, con la voz áspera, apenas audible.

Me cubrí el rostro con las cobijas, presionándolas contra mis oídos, intentando bloquear cualquier sonido, pero la voz regresó, firme, insistente. ¿Quién demonios se creía? Ese tipo estaba buscando la muerte, sin duda.

Abrí los ojos con brusquedad y me levanté, irritado, el mal humor ardiéndome bajo la piel. Si no había entendido por las buenas, lo haría por las malas. Yo era el rey… nadie tenía derecho a perturbar mi descanso de esa forma.

Caminé hasta la puerta y la abrí de golpe.

—¡Ya te dije que…!

Las palabras murieron en mi garganta.

Frente a mí estaba el culpable de la insistencia.

Un alfa.

Alto, de presencia firme, con el cabello rojo cayendo justo a la altura de las orejas y unos ojos dorados que parecían demasiado atentos, demasiado conscientes. No lo había visto antes… y aun así, había algo en él que llamaba la atención sin esfuerzo.

—De verdad, perdóneme, su majestad —dijo de inmediato, inclinando la cabeza con respeto—. El señor tesorero lo busca. Insistió en que le avisara… y debo obedecer órdenes.

Lo observé en silencio un instante más, como si intentara ubicarlo en mi memoria.

—¿Quién eres?

—Oh, una disculpa, su majestad. Soy Eryx. Empecé a trabajar aquí desde ayer.

—Los nuevos guardias… —susurré, más para mí mismo que para él.

—Sí, su majestad.

Eryx.

El nombre encajaba demasiado bien con su apariencia. Su cabello rojo contrastaba con su piel pálida, y esos ojos dorados… había en ellos una mezcla peligrosa de respeto y seguridad. Era delgado, pero su postura dejaba ver una fuerza contenida, y… era más alto que yo. Y su aroma no tardó en llegar a mi nariz, un aroma exquisito, madera...

Fruncí levemente el ceño.

¿En qué estaba pensando?

Seguramente mi celo se acercaba. No había otra explicación para que lo notara de esa manera.

—Bien. Iré a ver al tesorero —dije finalmente, apartando la mirada.

Me dispuse a avanzar, listo para encarar al idiota que había arruinado mi descanso, pero de pronto Eryx se movió y se interpuso frente a mí, bloqueando el paso con su cuerpo. No fue brusco, pero sí firme, suficiente para detenerme.

—¿Qué demonios…? Déjame pasar —exigí, molesto.

—Su majestad… —su voz bajó ligeramente, más cuidadosa—. Debería vestirse.

Por un segundo no entendí.

Luego bajé la mirada.

Maldición.

Solo llevaba ropa interior y un camisón holgado, tan ligero que dejaba entrever más de lo que debería. La tela, apenas una barrera, se pegaba a mi piel de forma indecente bajo la luz del pasillo.

Estaba casi desnudo frente a ese alfa guapo.

El calor me subió a las mejillas de inmediato, rápido, traicionero, como si mi propio cuerpo hubiera decidido avergonzarme sin darme tiempo a reaccionar. Sin decir una palabra, di media vuelta y regresé a mi habitación, cerrando la puerta de golpe tras de mí. El sonido seco resonó en las paredes, pero no fue suficiente para apagar el ardor que se extendía por mi rostro.

Me cubrí la cara con ambas manos, respirando hondo, intentando recuperar la compostura… pero el calor seguía ahí, persistente, humillante.

Pasaron varios minutos.

Poco a poco, el sonrojo comenzó a desvanecerse, arrastrado por un pensamiento mucho más frío, mucho más real.

Aunque ese alfa me hubiera visto desnudo no sentiría nada por mí.

Todo había sido producto de mi imaginación.

Esa idea, aunque punzante, terminó de devolverme al suelo.

No permití que mis sirvientes entraran de inmediato. No pensaba dejar que me vieran en ese estado, no hasta asegurarme de que mi rostro había recuperado algo de dignidad. Cuando finalmente les di paso, me vistieron con rapidez, evitando mirarme más de lo necesario. Luego, uno de ellos me ofreció un espejo.

Aquello solo consiguió irritarme.

Ya les había dicho que no quería verme.

Bajaron la cabeza de inmediato, en silencio, mientras yo salía de la habitación con el mal humor aún latente, como una brasa que no terminaba de apagarse.

Apenas crucé la puerta, noté a la nueva guardia posicionarse detrás de mí. Supuse que él… Eryx… también estaba ahí, pero no me detuve a comprobarlo. No quería hacerlo.

—El tesorero lo espera en la biblioteca, su majestad —indicó su voz a mi espalda.

Asentí apenas y comencé a caminar.

Mis pasos eran rápidos, firmes, impulsados por la irritación que aún no desaparecía. Ese hombre había tenido el descaro de despertarme, de insistir en verme… como si mi tiempo le perteneciera. ¿Quién demonios se creía?

La biblioteca no estaba lejos, así que llegué pronto. Cuando estaba a punto de cruzar la puerta, una mano se interpuso frente a mí, deteniéndome.

Eryx.

—¿Y ahora qué? —pregunté, exasperado, sin mirarlo del todo.

—La solapa de su chaqueta está hacia adentro —respondió con calma.

Fruncí el ceño y bajé la mirada.

Era cierto.

Intenté acomodarla por mi cuenta, moviendo la tela con cierta torpeza, pero no tenía un espejo… y la duda me incomodaba más de lo que debería.




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