Conquistando el corazón del rey omega

Capítulo 4

Lucien

Hazem me había invitado a salir a caballo. Mis sirvientes se encargaron de vestirme para la ocasión con una eficiencia casi mecánica, ajustando cada prenda con precisión, como si prepararan una imagen más que a una persona. Apenas terminaron, no dudé en dirigirme a la salida; no me gustaba hacer esperar a Hazem, aunque él rara vez mostrara la misma consideración.

Salí de mi habitación con paso decidido, dispuesto a ir directo al establo, cuando lo vi.

Eryx.

Estaba ahí, inmóvil, mirándome.

No era una mirada casual. Había algo en ella… algo que me hizo detenerme un segundo.

Fruncí levemente el ceño y le devolví la mirada, intentando descifrarla, pero en cuanto nuestros ojos se encontraron, él bajó la cabeza casi de inmediato. Su reacción fue demasiado rápida… demasiado evidente.

Y entonces lo noté.

Estaba sonrojado.

Caminé hacia él, acortando la distancia con pasos medidos.

—¿Qué sucede? —pregunté, observándolo con más atención.

—Nada, su majestad —respondió, sin levantar del todo la vista.

Di un paso más, lo suficiente para invadir un poco su espacio. Él alzó la mirada… y sí, no había duda.

Estaba sonrojado.

Mi mente reaccionó de inmediato, rechazando la idea antes de que siquiera pudiera formarse por completo.

No era por mí.

Claro que no.

Qué absurda imaginación la mía.

Sin decir nada más, retomé el camino hacia el establo. Eryx y un par de guardias me siguieron a una distancia prudente, como sombras silenciosas. A lo largo del trayecto, los sirvientes se inclinaban a mi paso, murmurando saludos que apenas registraba.

Cuando llegamos, mi caballo ya estaba ensillado.

Negro, elegante, imponente… más reluciente que nunca.

Pero Hazem no estaba.

Ese impuntual…

Me acerqué al animal, dejando que mi mano recorriera su cuello con suavidad. Ella reaccionó al contacto, moviéndose apenas, reconociendo mi presencia.

—Eres muy bonita… —murmuré, con una leve sonrisa que no solía mostrar frente a otros.

Entonces algo llamó mi atención.

—Oh… espera. ¿Dónde está tu collar?

Fruncí el ceño.

Mi caballo siempre llevaba un collar. No era algo estrictamente necesario, pero… le daba presencia. Y, más importante aún, tenía valor para mí. Había sido un regalo de mi padre, acompañado de una de sus tantas promesas envueltas en mitos: que hacía a los caballos más rápidos.

Y hoy…

Hoy pensaba ganar.

—Eryx, ven conmigo.

Él asintió de inmediato, siguiéndome sin cuestionar mientras nos dirigíamos al almacén. El lugar olía a cuero, madera y heno seco, con herramientas colgadas en las paredes y cajas apiladas en cada rincón.

Un mozo se acercó en cuanto nos vio, inclinándose respetuosamente.

Le pregunté por el collar.

El hombre dudó.

Dijo no saber con certeza dónde estaba, que podría encontrarse en dos lugares distintos… y que comenzaría a buscarlo.

Mi paciencia se tensó ligeramente.

No era un objeto cualquiera.

Y no pensaba irme sin él.

Salí de allí con una inquietud punzante instalada en el pecho, como una espina que no terminaba de hundirse del todo pero tampoco desaparecía; el simple pensamiento del collar perdido me crispaba los nervios de una forma irracional, casi peligrosa, y una idea oscura cruzó por mi mente con naturalidad inquietante: si lo habían perdido, les cortaría la cabeza sin dudarlo. El aire del exterior me recibió con un leve olor a heno húmedo y tierra removida, y apenas di unos pasos cuando vi a Hazem acercarse con esa confianza despreocupada que siempre lo caracterizaba.

—Lu, ¿qué haces en el almacén? —preguntó, ladeando ligeramente la cabeza, con una curiosidad teñida de impaciencia.

—Mi caballo no tiene su collar —respondí, seco, sintiendo cómo la molestia volvía a encenderse en mi voz.

—No me digas que tenemos que esperar a que lo encuentren para irnos —replicó, frunciendo el ceño.

—Sí, esperaremos.

Hazem soltó un bufido cargado de fastidio, cruzándose de brazos mientras desviaba la mirada hacia los establos.

—Lu, es solo un collar, no un amuleto o algo así.

—No nos iremos sin el collar —insistí, más firme, dejando claro que no había espacio para discusión.

—Bien, bien… iré a ver a mi caballo —cedió al final, aunque su tono dejaba claro que no estaba de acuerdo.

Se alejó con pasos algo más bruscos de lo habitual, y yo no pude evitar torcer los ojos con cierta exasperación; a veces era insoportable… pero, incluso así, era mi único amigo. Esa verdad se asentaba en mí con un peso silencioso, difícil de ignorar. Apenas tuve tiempo de perderme en ese pensamiento cuando noté la presencia de Eryx acercándose con cautela, como siempre, respetando un límite invisible.

—Podemos buscar el collar nosotros —sugirió con voz baja, pero firme.

Lo miré por un instante, evaluándolo, y luego asentí con un leve movimiento de cabeza.

—Bien, vamos por aquí.

Nos internamos en el corral, donde el ambiente cambiaba por completo: el olor a animales, a sudor y paja mojada se mezclaba con el polvo suspendido en el aire, formando una atmósfera densa que se pegaba a la piel. Sabía que, después de limpiar a los caballos, los llevaban a un área donde los secaban; tal vez el collar había quedado allí, olvidado entre la rutina descuidada de los sirvientes. Sin embargo, al llegar, me encontré con un verdadero desastre: cajas de madera apiladas sin orden, herramientas mal colocadas, telas húmedas tiradas en cualquier rincón… todo parecía abandonado a su suerte.

Eryx comenzó a revisar las cajas con movimientos metódicos, levantando tapas, apartando objetos, mientras yo recorría las repisas cubiertas de polvo, deslizando los dedos sobre superficies ásperas que dejaban una fina capa gris sobre mi piel.

—Si perdieron el collar, les cortaré la cabeza a esos infelices… mira que tenerme haciendo esto —murmuré, más para mí que para él, aunque mi voz llevaba un filo real.




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