Conquistando el corazón del rey omega

Capítulo 5

Lucien

Hoy iría de caza, pero no era una cacería cualquiera; la de hoy tenía un peso distinto, casi ceremonial, porque los dioses habían enviado embajadores con la intención de negociar la paz, y aquello convertía cada detalle en algo crucial. Debía recibirlos con respeto, sí… pero también debía recordarles, sin palabras, quién era yo. Mi presencia tenía que imponerse antes de que siquiera abrieran la boca. Por eso, aunque rara vez le prestaba verdadera atención a mi apariencia, hoy no podía permitirme descuidos: debía lucir impecable… y, sobre todo, debía infundir el tipo de temor que se instala en los huesos y no se va.

Mis sirvientes pasaron horas enteras preparándome, como si esculpieran una imagen que no podía fallar; ajustaron sobre mi cuerpo telas nuevas, pesadas y elegantes, colocaron joyas que casi nunca usaba y que ahora brillaban con una frialdad calculada, peinaron mi cabello hacia atrás una y otra vez… pero hoy, de todas las cosas posibles, mi propio cabello parecía empeñado en desafiarme. Un mechón. Solo uno. Rebelde, terco, cayendo una y otra vez fuera de lugar sin importar cuántas manos intentaran dominarlo. El tiempo se agotaba, y al final no hubo más opción que dejarlo así. Lo arreglaría en el camino al jardín, donde mi caballo ya debía estar esperándome.

La caza se llevaría a cabo fuera del palacio, en el bosque cercado que me pertenecía; un lugar amplio, profundo, donde la naturaleza se volvía más densa y el silencio más inquietante. Allí también se alzaban pequeñas casas de caza, acogedoras pero aisladas, pensadas para estancias largas. No regresaríamos esa misma noche… y, siendo realista, tampoco era prudente hacerlo acompañado de desconocidos que bien podían esconder intenciones oscuras bajo sonrisas diplomáticas. Pasaríamos la noche allí.

Salí de mi habitación y avancé por los pasillos, intentando, una vez más, arreglar ese maldito mechón que se negaba a obedecer. Mis dedos pasaban una y otra vez por él, pero no cooperaba, como si tuviera voluntad propia, y la frustración comenzó a hervir en mi interior.

—Si este maldito cabello no se coloca en su lugar, me lo voy a arrancar… —murmuré entre dientes.

Pero no podía verme. No tenía forma de saber si lo estaba arreglando… o arruinando aún más todo el peinado. Alcé la mirada, buscando cualquier superficie que me sirviera de reflejo, y entonces lo vi: la armadura de Eryx, brillante, pulida con tanto cuidado que casi parecía un espejo.

Me acerqué sin pensarlo demasiado y lo tomé del brazo, jalándolo hacia mí lo suficiente para poder inclinarme ligeramente y verme reflejado en el metal. Su armadura no lo cubría por completo, dejaba ver partes de su cuerpo, pero en ese momento solo me importaba el reflejo, la imagen de mí mismo tratando de imponer orden en ese pequeño caos.

—Su majestad… ¿no tiene un espejo? —preguntó él.

La osadía me hizo fruncir el ceño de inmediato.

—No pruebes mi paciencia… —comencé, sintiendo cómo la irritación volvía a afilar mi voz.

—¿No sabe lo que provoca en los alfas cuando hace esto?

Me detuve en seco.

Las palabras cayeron como un golpe inesperado, dejándome completamente inmóvil. El tiempo pareció ralentizarse, y un calor intenso subió de golpe a mi rostro, encendiendo mis mejillas sin que pudiera controlarlo. No me moví. No pude. Algo en esa frase… en la forma en la que la dijo… me dejó sin respuesta.

Entonces lo sentí.

Eryx se acercó a mi lado, invadiendo ese espacio que hasta hacía poco parecía infranqueable, y sin pedir permiso levantó la mano hacia mi cabello. Sus dedos se deslizaron con cuidado entre los mechones, acomodándolos con una precisión que contrastaba con mi torpeza anterior. No supe cuánto tiempo pasó; mi mente seguía atrapada en lo que había dicho, en lo que implicaba, en lo que despertaba dentro de mí. Solo fui consciente de su cercanía, del calor que emanaba, del silencio espeso que nos rodeaba.

Hasta que, de pronto, sentí algo más.

Un roce leve.

Su mano acarició apenas mi mejilla.

—Listo… todos sus cabellos están donde deben estar —dijo, y al mirarlo, noté una leve sonrisa en sus labios—. Aunque… incluso con ese cabello rebelde, usted se veía hermoso.

Mi respiración se trabó por un instante. Aparté la mirada casi de inmediato, como si sostenerla fuera peligroso, y retomé el paso hacia mi destino sin decir una sola palabra, intentando recuperar una compostura que ya no se sentía tan firme como antes. Eryx se colocó detrás de mí, siguiendo junto al resto de los guardias, como si nada hubiera pasado… pero yo no podía ignorarlo.

Y por primera vez en mucho tiempo, no era la presencia de los embajadores, ni la caza, ni la política lo que ocupaba mi mente…

sino él.

Después de unos pocos pasos llegué a la gran puerta que conducía al jardín; estaba cerrada, imponente, custodiada por dos guardias que permanecían rígidos como estatuas. En cuanto me vieron, sus manos se movieron con rapidez y la abrieron para mí, inclinando apenas la cabeza en señal de respeto. Crucé sin detenerme, sintiendo cómo el aire del exterior cambiaba de inmediato, más fresco, más vivo, impregnado con el aroma de la hierba y la tierra húmeda. Mis guardias me siguieron, aunque pronto se dispersaron hacia sus propios caballos, preparándose para la partida.

En el amplio patio ya me esperaba Hazem, de pie junto a su caballo blanco, cuya crin parecía casi plateada bajo la luz, y al lado, mi caballo negro, firme, elegante, como una extensión de mi propia presencia.

—Lu, ¿dónde estabas? Estaba por ir a verte, creí que te había pasado algo —dijo, con una preocupación que intentó disfrazar bajo su tono habitual.

—No me pasó nada, solo me retrasé un poco por un problema común… pero eso no es lo importante —respondí, acercándome a él con decisión—. Dime, ¿qué tal me veo?

Invadí su espacio sin dudarlo, lo suficiente para obligarlo a mirarme de cerca, para que no pudiera evadir la pregunta ni responder con indiferencia. Quería una respuesta real… aunque no sabía exactamente por qué me importaba tanto.




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