Hazem
El salón estaba bañado en una luz cálida y dorada que caía desde las lámparas colgantes, oscilando suavemente con las corrientes de aire, como si incluso la iluminación dudara en mantenerse firme ante su presencia. El aroma del ciervo asado llenaba el ambiente, espeso, envolvente, mezclado con especias y vino añejo, pero, para mí, todo aquello quedaba en segundo plano.
Porque estaba ahí.
Frente a mí.
Lucien.
Sentado en la cabecera de la mesa, con una postura relajada que rozaba lo peligroso, como si el poder le resultara tan natural que ni siquiera tuviera que sostenerlo. La luz de las lámparas se deslizaba sobre su piel, delineando la curva de su rostro, atrapándose en sus ojos, marcando el brillo sutil de sus labios cuando hablaba o cuando sonreía apenas. Era… imposible no mirarlo. Imposible no quedarse un segundo más de lo necesario observando cada pequeño gesto, cada respiración tranquila, cada movimiento elegante de sus manos.
Apreté ligeramente los dedos sobre la copa frente a mí, obligándome a desviar la mirada.
No debía.
No podía.
—Debo admitir, Su Majestad, que este banquete es… excepcional —dijo el embajador Mael, inclinándose apenas hacia adelante, su atención completamente centrada en Lucien.
Demasiado centrada.
Lucien giró la copa entre sus dedos antes de beber, sin prisa, sin tensión.
—¿El banquete… o la compañía? —preguntó con esa calma suya que siempre parecía esconder algo más.
Mael sonrió.
—Ambos, aunque… —lo observó con un interés que ya no se molestaba en ocultar— la conversación resulta particularmente… enriquecedora.
Sentí cómo algo dentro de mí se tensaba, leve, pero constante.
Lucien apoyó el codo sobre el brazo de la silla, inclinando apenas el rostro.
—¿Enriquecedora?
—En mi reino, los omegas no suelen participar en discusiones de este nivel —respondió Mael con franqueza—. Estrategia, política, incluso filosofía… usted se expresa con una claridad que no esperaba encontrar.
Lucien dejó escapar una leve exhalación, casi una risa contenida.
—Entonces sus expectativas eran bastante bajas.
Algunos de los presentes soltaron pequeñas risas, pero la mía no salió. Yo solo lo miraba.
Siempre lo hacía.
—No bajas… limitadas —corrigió Mael, sin perder la compostura—. Pero usted parece decidido a romper cada una de ellas.
Lucien inclinó apenas la cabeza, y la luz atrapó ese gesto, haciéndolo parecer casi irreal por un segundo.
—No me interesa encajar en expectativas ajenas.
Silencio.
Uno breve, pero cargado.
—Eso es evidente —murmuró Mael, y en su voz ya no había solo curiosidad… había algo más.
Admiración.
Apreté la mandíbula.
—Lucien siempre ha sido así —intervine, apoyando el brazo sobre la mesa con aparente naturalidad—. No es algo nuevo.
Él giró el rostro hacia mí, y por un instante nuestras miradas se encontraron. Fue breve, pero suficiente para que algo en mi pecho se agitara.
Maldita sea.
—Lo sé —respondió Mael, mirándome apenas antes de volver a Lucien—. Pero escucharlo… es distinto a verlo.
Otra vez.
Esa forma de mirarlo.
Demasiado atento.
Demasiado interesado.
Desvié la vista hacia mi plato, aunque no tenía hambre. El aroma del ciervo, que normalmente habría disfrutado, ahora me resultaba pesado, casi molesto.
—Dígame, Su Majestad —continuó Mael, apoyando los dedos sobre la mesa—, ¿cómo logra mantener el control de un reino tan… inusual?
Lucien tomó un trozo de carne con calma, como si nada de aquello tuviera importancia.
—No lo controlo —respondió antes de llevarlo a sus labios—. Lo entiendo.
Mael frunció levemente el ceño, intrigado.
—¿Entenderlo?
—Mi reino no necesita ser dominado —continuó Lucien—. Necesita ser guiado… y respetado.
Hubo un leve murmullo entre algunos nobles, pero Mael parecía completamente absorto.
—Eso… no es algo que escuchemos en mi tierra.
—Tal vez deberían empezar a hacerlo.
La seguridad en su voz fue sutil, pero firme.
Como siempre.
Y ahí estaba otra vez.
Ese nudo en el pecho.
Porque no era solo lo que decía… era cómo lo decía. La forma en que las palabras parecían fluir de él sin esfuerzo, precisas, elegantes, afiladas cuando debían serlo. Era… brillante.
Y yo lo sabía.
Siempre lo había sabido.
—Es usted… extraordinario —dijo Mael en voz baja, casi como si fuera un pensamiento que se le escapó.
Mis dedos se tensaron sobre la copa.
Lucien no respondió de inmediato. Solo lo miró, con esa calma que desarmaba a cualquiera.
—Lose
Mael sonrió.
No una sonrisa diplomática.
Una real.
Y eso fue suficiente.
—Parece que no soy el único que lo piensa —solté, sin poder evitarlo, dejando que una ligera ironía se filtrara en mi tono.
Lucien me miró de nuevo, esta vez un poco más tiempo y me sonrío.
El mundo se detuvo por un segundo.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente para que mi respiración se volviera ligeramente irregular.
Desvié la mirada de inmediato, llevando la copa a mis labios para disimular.
Cobarde.
Siempre lo había sido.
Porque podía enfrentar ejércitos, tomar decisiones difíciles, sostener el peso de un reino entero… pero no podía decirle algo tan simple como lo que sentía.
Y ahora…
Ahora tenía que verlo.
Sentado ahí, iluminado por la luz cálida de las lámparas, hablando con otro hombre que lo miraba con un interés que no me gustaba en lo absoluto.
Apreté los dedos con más fuerza alrededor de la copa.
Ridículo.
Completamente ridículo.
Pero no podía evitarlo.
***
Lucien
Desde que llegó Eryx he empezado a sentir algo extraño, algo que nunca antes había sentido; es como si algo en mi interior se hubiera despertado sin previo aviso, una inquietud suave pero constante que se instala en mi pecho y no me deja en paz. Antes, ningún alfa me había hecho cumplidos, solo algunos por parte de Hazem, pero sé que eran porque somos mejores amigos, casi como hermanos, palabras dichas con cariño pero sin ese peso que ahora siento, sin esa forma de quedarse grabadas bajo la piel. Pero nadie más… nunca me sentí deseado por nadie hasta que llegó él, y eso me desconcierta más de lo que quiero admitir. Es extraño porque, a diferencia de los otros alfas, él no me teme; no me mira con ese miedo que aprendí a reconocer en las miradas ajenas, ese temor disfrazado de respeto… sí, me mira con respeto, pero no con miedo, y esa diferencia, tan pequeña y a la vez tan enorme, me desarma.