"Viajé al reino de los demonios tal y como mi reino me lo había pedido, el rey de los dioses me había ordenado convencer a la ‘zorra de los demonios’ de mantener la paz, aunque incluso al partir sabía que esa misión estaba cargada de humillación más que de diplomacia.
Hace poco habíamos tenido una guerra… y habíamos perdido, esa palabra aún pesaba en mi pecho como una verdad que nadie quería pronunciar en voz alta, los murmullos no se hicieron esperar, los escuché de forma insistente mientras atravesaba otros reinos a caballo, el sonido de los cascos contra el suelo seco apenas lograba ahogar las voces que parecían perseguirme, como si viajar no fuera suficiente para escapar de ellas, hasta que finalmente llegué a mi destino, el hogar del rey omega que había vencido a los dioses, un lugar cuya sola mención provocaba incomodidad y un silencio tenso.
No dejaba de escuchar que los dioses habían perdido contra un débil omega, lo decían con desprecio, con incredulidad, como si repetirlo lo volviera menos real, otros aseguraban que no podía ser un omega, que definitivamente debía ser un alfa que solo fingía serlo, pero aquello era una excusa desesperada, una forma de proteger el orgullo herido, algunos incluso afirmaban que el rey había enviado a un alfa en su lugar para luchar, como si la mentira pudiera reconstruir lo que ya estaba roto.
Los más miedosos susurraban cosas peores, decían que el rey omega no era normal, que se acostaba con jóvenes alfas para extraerles la juventud y la fuerza, sus voces bajaban al decirlo, cargadas de un miedo casi supersticioso, como si hablar demasiado alto pudiera invocarlo, que era un demonio, uno real, de esos que no solo gobiernan sino que consumen, que devoran, que destruirían a cualquiera que no le agradara sin siquiera dudar.
Pero lo peor, lo que realmente desgarraba el orgullo de mi rey, era algo mucho más simple y mucho más doloroso, había sido vencido, no importaba si era omega o alfa o cualquier otra cosa, había perdido contra un demonio, y esa verdad se sentía como una grieta imposible de ocultar, la grandeza del reino de los dioses ya no era como antes, podía sentirse en el aire, en las miradas esquivas, en el silencio incómodo de quienes antes hablaban con seguridad, ahora esa grandeza se estaba desviando, cambiando de manos, inclinándose lentamente hacia los demonios.
Después de días y días de viaje finalmente llegué al reino demoníaco, el aire se sentía distinto, más denso, como si cada respiración tuviera peso, me recibieron con cierta hostilidad pero siempre con respeto, sus miradas eran firmes, atentas, nunca descuidadas, aun así me trataron bien y poco a poco empecé a creer que los demonios no estaban tan mal retratados como nos habían hecho creer.
Aunque claro, eran extremadamente cautelosos, siempre me revisaban, sus manos firmes asegurándose de que no llevara nada oculto, no me dejaban portar armas y lo entendía, en su territorio yo no era más que un posible enemigo, alguien que debía ser vigilado en cada movimiento, cada paso que daba era observado, cada gesto analizado, y aun así nunca hubo abuso, solo una vigilancia constante que terminaba por cansar la mente más que el cuerpo.
Pasé algunos días siendo vigilado hasta que el rey decidió que debíamos ir a cazar, nunca lo había visto antes, solo había escuchado historias, rumores, mentiras disfrazadas de verdades, pero cuando lo vi por primera vez… el tiempo pareció detenerse de una forma incómoda, como si mi propio cuerpo dudara de lo que tenía frente a él, era muy hermoso, de facciones delicadas, su rostro era delgado con proporciones armoniosas que parecían demasiado perfectas para alguien que había liderado una guerra, sus ojos violetas tenían una profundidad inquietante, no eran suaves, no eran débiles, eran firmes, conscientes, y su cabello dorado, bien cuidado, caía hasta sus hombros con un orden casi impecable, en su cabeza llevaba una corona hermosa hecha de oro y gemas preciosas que brillaban con cada pequeño movimiento.
No sé por qué, pero mi corazón dolió al verlo, no fue admiración simple, tampoco miedo puro, fue algo más confuso, una presión en el pecho que no supe explicar y que me incomodó más que cualquier amenaza.
Fuimos a cazar, el rey era un digno monarca, a pesar de que soy su enemigo nunca me trató con desprecio ni intentó hacer comentarios para menospreciarme, algo que sí había ocurrido en otros reinos donde los reyes, incapaces de insultar directamente a su rival, descargaban su orgullo herido sobre sus embajadores, pero el rey Lucien era diferente, su trato era firme pero justo, no había burla en sus palabras ni superioridad forzada en sus gestos, lo cual resultaba incluso más desconcertante.
¿De verdad era un omega?, esa pregunta no dejaba de rondar mi mente, los omegas eran temperamentales, se dejaban llevar por las emociones, eran considerados débiles, frágiles, propensos a la manipulación, siempre bajo la protección de un alfa, así nos lo habían enseñado, así lo creíamos todos… pero nada en él encajaba con esa idea.
El rey me propuso una competencia de arco y flecha con aves, quien cazara más ganaría, pensé que sería fácil, incluso sentí una ligera seguridad que rozaba el descuido…
Perdí.
Y no podía creerlo, me había ganado con una precisión que no dejaba espacio a dudas, no fue suerte, no fue casualidad, fue habilidad pura, y entonces la realidad cayó con más fuerza de la que esperaba, ¿cómo podía ser si solo era un omega…? Mierda, él había ido a la guerra, él había montado a caballo, había luchado, había rebanado cabezas divinas, y yo… yo había subestimado al mismo rey que derrotó a los dioses.
En la cena el rey mostró sus grandes habilidades políticas, cada palabra que decía estaba medida, firme, sin titubeos, observaba a todos con atención y respondía sin apresurarse, quedé impresionado, nunca antes había conocido un monarca así, la mayoría eran engreídos y hablaban pues mierda, decían cosas vacías solo para reafirmar su poder, mientras sus súbditos como perros falderos asentían a todo y alababan al rey con sonrisas falsas, con miedo más que con respeto.