Lucien
Miraba el techo recostado sobre mi cama... no había podido olvidar lo de esa noche, ni lo que ocurrió mucho antes; sentía mi cara arder de solo recordarlo, una mezcla incómoda de vergüenza y algo más profundo que no quería nombrar. La verdad es que no podía dejar de pensar en Eryx, en la manera en que me trataba, en esa forma tan natural de acercarse a mí sin miedo… yo sé que él está enamorado de mí, o al menos eso quiero creer, porque cada gesto suyo se ha ido clavando en mi mente como una prueba silenciosa.
A mí me gustaba mucho, más de lo que debería, y la verdad, no verlo en todo el día solo hacía que lo pensara aún más; cada minuto parecía alargarse innecesariamente, y su ausencia se volvía más notoria de lo normal. Después de todo, hoy era su día de descanso, era lógico que no estuviera frente a mi puerta como otras veces, que no interrumpiera mi rutina con su presencia, y aunque él quisiera verme, no podría… sería extraño, inapropiado incluso, porque él era solo un guardia… y yo era el rey.
Pero… la situación sería diferente si yo fuera a visitarlo, ¿no? No sería aprovechar mi posición… ¿o sí? La idea me hizo dudar por un instante, pero en el fondo sabía que solo quería verlo, nada más que eso, o al menos eso me repetí para justificarme. Me levanté de la cama con decisión, el suelo frío bajo mis pies descalzos me hizo estremecer levemente, me coloqué los zapatos y acomodé mi ropa con manos que no estaban tan firmes como pretendían aparentar. Si él no podía venir a mí… entonces yo iría a él.
Salí de mi habitación y los guardias intentaron seguirme de inmediato, como era costumbre, pero los detuve con un gesto firme; no quería que me siguieran a donde iba, no esta vez, no para esto. Comencé a caminar en dirección a los aposentos de los guardias, atravesando pasillos menos iluminados, más estrechos, donde el aire era más denso y el silencio más pesado. Cada guardia solía tener su propia habitación, aunque eran pequeñas, algunas con paredes marcadas por la humedad, con ese olor persistente que se impregnaba en todo. Pregunté al jefe de los guardias por Eryx y él me señaló una de las puertas al fondo, aunque también se ofreció a llamarlo por mí, como si intentara evitar que yo avanzara más, pero se lo impedí sin dudar.
Comencé a caminar hacia la habitación, y con cada paso mi corazón daba un vuelco, golpeando contra mi pecho con una fuerza que no lograba controlar, haciendo que mi mente sobrepensara cada posible escenario; ¿de verdad sabía bien lo que estaba haciendo?, ¿no estaba confundiendo las cosas otra vez?, ¿y si Eryx se molestaba por interrumpirlo en su día libre?, ¿y si todo lo que yo creía no era más que una ilusión?
Pero mi mente guardó silencio en el momento en que estuve frente a su puerta, semiabierta, como si me estuviera invitando a entrar.
Empujé suavemente y entré sin hacer ruido; misteriosamente, las bisagras no emitieron ni el más mínimo sonido, como si incluso el entorno conspirara para mantener ese momento en secreto. Entonces lo vi, de espaldas a mí, sentado en un pequeño banco frente a una mesa de madera desgastada; la luz tenue que entraba por la ventana delineaba su figura, y en sus manos sostenía algo… junto a una cuchilla. Parecía estar tallando algo con cuidado, completamente concentrado, ajeno a mi presencia.
Me acerqué con cautela, casi conteniendo la respiración, sintiendo cómo la cercanía hacía que mi pulso se acelerara aún más; al parecer, Eryx aún no se había dado cuenta de que yo estaba ahí.
—Hola —saludé finalmente.
Eryx se sobresaltó de inmediato, su reacción fue tan brusca que algunas cosas cayeron de la mesa con un sonido seco, y lo que sostenía en sus manos lo escondió rápidamente tras su espalda antes de girarse hacia mí y hacer una reverencia apresurada.
—Su majestad, una disculpa… no le escuché entrar —dijo, con una mezcla de nerviosismo y formalidad que no le había visto antes.
—No te preocupes —respondí, intentando sonar tranquilo.
—¿Desea algo de mí?
—Mmm… no, solo quería verte —admití, y en cuanto las palabras salieron de mi boca, sentí un leve calor subir por mi cuello.
—Oh… me halaga que haya venido hasta acá, pero no era necesario, solo debía llamarme y ahí estaría —habló Eryx con esa sonrisa que siempre me dedicaba, esa que parecía iluminar incluso los rincones más opacos.
Asentí, pero la verdad es que las palabras se me quedaron atrapadas en la garganta; no sabía cómo continuar, no sabía qué decir sin exponer demasiado de lo que estaba sintiendo, y el ambiente comenzó a volverse incómodo, denso, como si ambos estuviéramos esperando que el otro rompiera el silencio.
—Por cierto… ¿qué haces?, te vi muy concentrado —pregunté al final, aferrándome a lo primero que se me ocurrió.
—Oh, nada… esto no es nada, solo una tontería —respondió Eryx, apretando lo que sostenía tras su espalda e intentando hacerlo desaparecer sin éxito, un gesto torpe que solo despertó más mi curiosidad.
—¿Lo haces para tu pareja? —pregunté con urgencia, casi sin pensar, necesitando escuchar su respuesta.
Eryx se sonrojó.
Y en ese instante, algo dentro de mí se tensó con violencia.
¿Eryx tenía una pareja? Entonces… ¿eso significaba que yo había vuelto a confundir las cosas?, ¿que todo lo que había interpretado no era más que amabilidad?, ¿que él era así con todos? Porque todos parecían tener a alguien… y yo no tenía a nadie. Un nudo se formó en mi pecho, pesado, incómodo, y un sentimiento amargo, desconocido y a la vez demasiado claro, comenzó a crecer: celos. Celos de alguien que ni siquiera conocía.
Pero si él no tuviera pareja… ¿se fijaría en mí?
—Déjame verlo —pedí, aunque sabía que debía retirarme en ese momento, sabía que lo más sensato era dar media vuelta y marcharme con lo poco de dignidad que aún me quedaba, pero no lo hice… no sé por qué quería seguir lastimándome.
—No, su majestad… esto… —intentó negarse, visiblemente incómodo.