Conquistando el corazón del rey omega

Capítulo 8

Lucien

Hoy iría a la biblioteca para encontrarme con el canciller; tenía un montón de documentos que firmar y leer, asuntos del reino que no podían seguir esperando, por más que mi mente insistiera en desviarse hacia otros pensamientos mucho más… personales.

No me arreglé demasiado, no lo consideré necesario; después de todo, solo vería al canciller, un hombre mayor que había servido a mi padre durante años, alguien en quien confiaba plenamente, casi como si fuera parte de la familia. Solo llevé conmigo mi sello real, el peso de mi cargo reducido a ese pequeño objeto que siempre me acompañaba.

Pero todo cambió en el momento en que salí de mi habitación.

Ahí estaba.

Eryx, de pie frente a mi puerta, como si hubiera estado esperando durante un buen rato, como si supiera exactamente a qué hora saldría. Cuando me vio, su expresión se iluminó de inmediato y me dedicó esa sonrisa suya que, sin previo aviso, logró hacer que mi corazón diera un vuelco.

Y yo… no pude evitar sonrojarme.

—Buenos días, su majestad —saludó, con una voz firme pero suave al mismo tiempo.

—Buenos… días —respondí, trabándome ligeramente, maldiciéndome internamente.

¿Qué me pasa?

Eryx se acercó un poco más, con esa seguridad que parecía haber ganado de un día para otro, y con cuidado buscó algo entre su ropa antes de extenderlo hacia mí. Era una hoja arrugada. La tomé con cierta curiosidad, sintiendo el leve temblor en mis dedos al hacerlo.

—Hoy luce muy hermoso, su majestad.

Evité su mirada de inmediato, incapaz de sostenerla después de eso, y guardé la hoja doblada entre mis cosas sin siquiera revisarla; no confiaba en mi capacidad de mantener la compostura si lo hacía ahí mismo. Sin decir nada más, comencé a caminar en dirección a la biblioteca, intentando recuperar algo de control sobre mí mismo.

Eryx me siguió, podía sentir su presencia a pocos pasos, constante, firme… y aun así no quise voltear. No quería encontrarme con su mirada otra vez, no cuando sabía el efecto que tenía en mí.

Caminé más rápido de lo normal, casi huyendo, hasta llegar a la biblioteca. Entré con rapidez y cerré las puertas tras de mí, como si eso pudiera darme un respiro.

El canciller, que ya se encontraba dentro, se levantó de inmediato y me saludó con una reverencia respetuosa.

—Su majestad, ¿se encuentra bien? Su rostro está sumamente rojo.

Llevé mis manos a mi cara y el calor era evidente, imposible de ocultar.

—No es nada… solo hace calor —reí nerviosamente, intentando restarle importancia.

—Creo que su majestad está un poco enfermo… el día está muy frío —observó con calma.

—No, le aseguro que estoy bien… podemos empezar.

—Oh, por supuesto.

El canciller me indicó que me sentara, y obedecí, obligándome a concentrarme. Me pasó varios documentos, y en cuanto posé la vista sobre el primero, mis pensamientos dieron un giro inmediato.

“Tratado de paz y comercio del reino humano”.

Eso me sorprendió.

Al leerlo, la sorpresa se transformó en algo más profundo; las condiciones eran… favorables, demasiado favorables para nosotros. No tenía sentido. Los humanos siempre nos habían despreciado, siempre se habían alineado con los dioses, a quienes adoraban con devoción casi ciega. Y ahora esto… era evidente.

Los dioses estaban moviendo piezas.

Supongo que, al no haber llegado a ningún acuerdo conmigo, buscaron influir en los humanos para acercarse a nosotros desde otro ángulo.

—¿Qué piensa, su majestad?, ¿lo va a firmar? El documento luce limpio, sin juego sucio —preguntó el canciller, observándome con atención.

Una leve sonrisa se formó en mis labios.

—Los dioses están aterrados.

—En eso tiene razón, su majestad —respondió, asintiendo con seriedad—. Desde épocas antiguas no hemos tenido un rey tan fuerte y con grandes estrategias militares como usted. De verdad ha puesto en aprietos a los dioses.

—Y me gusta.

—Su padre estaría muy orgulloso de usted…

Bajé la mirada un poco. Aunque mi padre y yo nunca fuimos tan cercanos, siempre me quiso, y yo siempre quise demostrarle que podía hacerlo bien… y ahora lo estaba haciendo.

—Lo firmaré —hablé con decisión.

—Creo que es una buena decisión —respondió el canciller.

Me pasó una pluma cargada con tinta. Firmé con trazo firme y luego derretí un poco de cera para colocar mi sello real, presionándolo con cuidado hasta dejar la marca impecable. Le devolví el documento.

—¿Hay algún otro asunto? —pregunté.

El canciller negó con la cabeza y se levantó para despedirse. Con el documento en mano, salió de la biblioteca, y aunque el tema importante ya se había solucionado, aún quedaban varios asuntos pendientes esperándome sobre la mesa.

Suspiré levemente.

Había más documentos que revisar.

Hace poco había recibido la solicitud del duque del sur, quien pedía fondos para un proyecto. Debía analizarlo con detenimiento antes de aprobarlo o rechazarlo. Eran muchas páginas, pero si empezaba de inmediato, podría terminar más rápido.

El documento parecía limpio. Hablaba sobre mejorar el riego y la agricultura. El sur era la región más fértil del reino, nuestro principal productor de alimento… pero también había escuchado rumores.

El duque no estaba muy feliz con mi ascenso al trono.

Después de todo, era un pariente lejano. Y si algo llegara a sucederme… él podría intentar reclamar el trono. Aunque mi deseo explícito era que Hazem lo heredara. Él estaba más cerca de lo que yo deseaba para el futuro del reino… aunque nunca se lo hubiera dicho en voz alta.

—Adán, necesito que me pases el libro sobre agricultura, necesito leerlo.

Silencio.

Mierda… lo olvidé.

Adán estaba de permiso por maternidad, y la verdad, no confiaba en nadie más para entrar a mi biblioteca, donde los papeles más importantes del reino descansaban bajo llave. Así que me levanté con resignación y fui yo mismo a buscar el libro.




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