Eryx
Su majestad… decían que era un gran líder, un estratega militar impecable, alguien capaz de mover ejércitos como piezas de un tablero, pero en temas del corazón… era un completo imbécil. Lo observé en silencio más de una vez, analizando cada gesto, cada duda en su mirada, y acercarme a él fue absurdamente fácil; en apenas dos meses logré que me amara con una intensidad casi desesperada, una devoción que rozaba lo peligroso, y todo gracias a ese idiota de Hazem, que durante tanto tiempo había impedido que cualquier otro alfa se acercara, cegado por unos celos que ni siquiera tenía el valor de confesar.
Lu creía que era feo, que tenía suerte si algún alfa llegaba a fijarse en él… y no podía estar más equivocado. Lu era hermoso, pero no de una forma vulgar o evidente, sino con una belleza delicada, casi etérea, como si no perteneciera a ese lugar; había algo en él que contrastaba demasiado con ese mundo demoníaco, algo suave, casi frágil, y aun así, Hazem se había encargado de sembrar en él esa inseguridad, de hacerlo dudar de su propio valor… y gracias a ese mismo idiota, yo lograría todo lo que quería.
Lo vi salir de la biblioteca, sus pasos un poco más rápidos de lo normal, el ceño apenas fruncido, claramente molesto; por un momento pensé en mi carta, en si había sido demasiado directo, demasiado evidente… pero no lo creía. Antes había visto salir a Hazem, tenso, con la mandíbula apretada, y desde dentro se habían escuchado gritos, así que no era difícil imaginar lo que había pasado.
Lu se acercó a mí, y en cuanto estuvo lo suficientemente cerca, habló sin rodeos.
—Ven, entra… quiero hablar contigo.
Asentí en silencio y lo seguí dentro de la biblioteca; el aire en el interior estaba cargado, como si aún conservara el eco de la discusión. Cerré la puerta con cuidado detrás de mí, procurando no hacer ruido, y cuando nos quedamos solos, avancé hacia él. Tragué saliva antes de alzar la mano y acariciar su mejilla con suavidad, sintiendo el leve calor que aún permanecía en su piel.
—¿Estás bien? —pregunté en voz baja—. Luces muy enojado.
Lu negó, pero lo hizo con una pequeña sonrisa que no terminaba de convencer, y en lugar de alejarse, se acercó más a mí, dejando ese espacio justo que invitaba a rodearlo con los brazos.
—Solo fue Hazem… nada más —murmuró.
—Sí, escuché un poco de los gritos —respondí con calma—, pero son amigos… seguro solo fue una tontería.
Lu se pegó a mi pecho, y sentí cómo su cuerpo se tensaba ligeramente contra el mío.
—No… no lo fue.
Lo abracé con un poco más de fuerza, deslizando una mano por su espalda en un gesto lento, casi tranquilizador, aunque mi mente ya comenzaba a armar sus propias conclusiones.
—Lu… —murmuré cerca de su oído—. ¿Leíste mi carta?
Lu asintió suavemente, escondiendo el rostro contra mi pecho, y no pude evitar notar ese leve temblor, esa vergüenza que intentaba ocultar.
—¿De verdad sientes lo que dices en la carta? —preguntó finalmente, su voz apagada, casi insegura.
Sonreí apenas, inclinándome un poco más hacia él, dejando que mis dedos se deslizaran con suavidad por su mejilla antes de responder.
—Por supuesto… —murmuré—. ¿O crees que esas palabras podrían salir de mí si fueran mentira?
Lucien negó con la cabeza, y por un instante su expresión se volvió más vulnerable, más expuesta, como si todas sus dudas se reflejaran en ese pequeño gesto; alcé su barbilla con mis dedos, obligándolo con suavidad a mirarme, y cuando nuestros ojos se encontraron, pude ver ese brillo tembloroso que tanto me convenía, esa necesidad silenciosa de ser afirmado. Me acerqué lentamente, sin apartar la mirada de la suya, dejando que la distancia entre nuestros rostros desapareciera con una lentitud casi calculada, hasta que finalmente rocé sus labios en un beso suave, apenas un suspiro contenido, lo suficiente para hacerlo estremecer sin darle tiempo a pensar.
Lu me sonrió cuando nos separamos, una sonrisa que iluminó por completo su rostro, volviéndolo aún más hermoso, más fácil de querer… o de usar.
—Eryx… —murmuró.
—¿Sí? —respondí en voz baja, sin alejarme demasiado, aún sintiendo su respiración cerca.
Lucien parecía querer decir algo, sus labios entreabriéndose apenas, pero la duda lo retenía, como si temiera arruinar el momento o escuchar una respuesta que no esperaba.
—¿Quieres cenar esta noche conmigo? —preguntó al fin, con un leve titubeo.
—Sí, me encantaría —respondí sin dudar.
—¿De verdad?
—Sí.
Lucien me regaló otra de esas sonrisas que parecían nacidas de algo puro, sincero, y volvió a abrazarme, aferrándose a mí con una calidez que casi resultaba peligrosa.
—Bien… te espero en mi habitación esta noche.
—¿En tu habitación? —repetí, alzando apenas una ceja, aunque por dentro ya entendía perfectamente lo que implicaba.
—Sí… quisiera que pasemos un momento más privado —añadió, su voz más baja, casi tímida.
Lo observé unos segundos, dejando que el silencio se estirara lo justo, como si evaluara la propuesta, aunque la respuesta ya estaba decidida desde antes.
—Me gusta la idea —murmuré finalmente, esbozando una leve sonrisa.
***
En pocos minutos me encontraría con Lu, y debía lucir más presentable, más… convincente; no bastaba con palabras bien elegidas o miradas calculadas, tenía que parecer alguien digno de su atención, alguien que despertara en él algo más profundo. Me encontraba en mi habitación, frente al espejo de marco oscuro que reflejaba mi figura con una nitidez casi cruel, sosteniendo un delineador entre los dedos mientras observaba mi propio rostro con una concentración meticulosa.
Muchos decían que el maquillaje era solo para omegas o para quienes trabajaban en burdeles, una herramienta vulgar, innecesaria para un alfa… pero el maquillaje era mucho más que eso. Era una máscara, una forma de moldear lo que los demás veían, de dirigir su atención, de suavizar o endurecer rasgos según convenía; en mi caso, mostraba un interés más refinado, una intención clara de lucir mejor para Lucien. Además, dependiendo de cómo te maquillaras, cambiaba la forma en la que te trataban; un buen maquillaje podía alterar por completo la percepción de un rostro… y yo era especialmente bueno en eso. Después de todo, no por nada me había ganado ese nombre.