Lucien
Alguien tocaba insistentemente a mi puerta, una y otra vez, con esa urgencia que reconocía demasiado bien, y mi cuerpo reaccionó antes de que pudiera pensar; me levanté de golpe, la rabia aún ardiendo dentro de mí, listo para encarar a ese imbécil. ¿Quién se creía para dejarme plantado? Yo era el rey.
Abrí la puerta con brusquedad, pero no era él. Era otro guardia… lo reconocí de inmediato, sabía que era cercano a Eryx, lo había visto más de una vez rondando junto a él.
—¿Qué sucede? —pregunté, con el ceño fruncido, sintiendo cómo algo comenzaba a tensarse dentro de mi pecho.
—Su majestad, Eryx fue…
—¿Qué?
Pero antes de que pudiera terminar, otra voz irrumpió, cortante, autoritaria; el hombre que solía llevar los encargos de Hazem apareció, empujando la escena con su presencia.
—Te pedí que anunciaras mi presencia, no que conversaras con el rey —espetó con desprecio—. Atrevido… ¿quién te crees?
Mis ojos pasaron de uno a otro, pero mi atención ya no estaba en ellos… estaba en esas palabras incompletas, en ese “Eryx fue…”. ¿Qué había querido decir? ¿Qué había pasado con él? La expresión del guardia, tensa, casi culpable, no hizo más que confirmar que algo estaba mal… muy mal. El enviado de Hazem sostenía unos papeles en las manos, pero en ese momento no me importaban.
—Su majestad —continuó, intentando retomar el control—, el consejero Hazem quiere que lea estos documentos de suma importancia. Es necesario que lo haga. Sé que anoche no quería ver a nadie, pero son…
Eryx… ¿qué te pasó?
No esperé a que terminara. Salí de mi habitación sin responder, aún con la ropa de la noche, el maquillaje corrido, el pecho apretado por una sensación que ya no era solo rabia… era miedo. Comencé a correr por los pasillos, mis pasos resonando con fuerza, el aire golpeando mi rostro mientras una sola idea ocupaba toda mi mente.
No tardé en llegar.
La puerta estaba entreabierta.
Y al cruzarla… todo se detuvo.
El cuarto estaba en completo desorden, muebles desplazados, objetos tirados en el suelo… y sangre. Mucha sangre. Demasiada.
El olor metálico me golpeó de inmediato, denso, asfixiante, y sentí cómo el mundo a mi alrededor se volvía borroso por un segundo.
Entonces lo entendí.
Eryx no me había dejado plantado.
Algo le había pasado.
Escuché pasos detrás de mí, y al girarme vi al jefe de los guardias entrar en la habitación, su expresión cambiando apenas al notar mi presencia.
—Su majestad… qué gusto verlo por aquí —dijo, con una falsa calma que me revolvió el estómago.
Me acerqué a él sin pensarlo.
—¿Dónde está? —exigí, mi voz baja, peligrosa—. ¿Dónde demonios está?
—Su majestad, no sé de lo que me habla, yo…
Saqué la daga que siempre llevaba conmigo y la presioné contra su cuello en un movimiento rápido; la hoja rozó su piel, lo suficiente para que dejara de fingir.
—Sabes bien de lo que hablo —murmuré, acercándome más—. ¿Dónde está?
El soldado titubeó, y en ese instante supe que sí sabía, que todo esto tenía una respuesta que intentaban ocultarme.
—Bien… —añadí, mi voz endureciéndose— si no deseas hablar, estás arrestado por traición al rey.
—¡Su majestad, por favor! —exclamó, el miedo quebrando su tono—. Esto no es mi culpa… yo creí que era su orden. El consejero Hazem me dijo que usted lo había pedido…
—¿Qué? —mi agarre se tensó—. ¿Qué hizo Hazem?
—Que el guardia Eryx había sido acusado de traición… —tragó saliva— y que debía ser golpeado y llevado al calabozo… ahí está Eryx.
¿Qué? Yo nunca había pedido eso, nunca había dado una orden así, y mucho menos sabía que Eryx era un traidor. La confusión me golpeó como un puñetazo seco en el pecho, dejándome sin aire, sin tiempo para pensar. Solté al jefe con brusquedad, casi empujándolo contra la pared, y comencé a correr en dirección a las mazmorras del palacio, sintiendo cómo el eco de mis pasos retumbaba en los pasillos de piedra, largos y fríos, como si el propio castillo susurrara advertencias que me negaba a escuchar. Cuando llegué, me encontré con un guardia que, al parecer, no sabía quién era yo… o simplemente deseaba morir.
—Quítate, debo entrar —ordené, mi voz grave y cargada de una urgencia que no admitía réplica.
—Su majestad… no puedo hacer eso yo… —respondió, titubeante, aferrándose a una lealtad inútil.
No iba a escucharlo. No podía. Lo pateé con fuerza, sintiendo el impacto seco contra su cuerpo, y la puerta cedió con un crujido violento que resonó como un presagio. Una vez dentro, el hedor me golpeó de inmediato: humedad rancia, sangre vieja, desesperación acumulada en cada rincón. Tuve que cubrir mi nariz con el antebrazo mientras tomaba una antorcha de la pared; la llama temblaba, proyectando sombras grotescas que parecían moverse por voluntad propia. Avancé celda por celda, mis ojos recorriendo rostros desconocidos, cuerpos encorvados, miradas vacías… hasta que llegué al final.
Y ahí estaba.
Eryx yacía en el suelo, inmóvil, como una figura abandonada por la vida misma. Su rostro estaba cubierto de sangre, sus labios partidos, su piel marcada por golpes recientes y antiguos, como si cada herida contara una traición que yo aún no entendía. Ni siquiera busqué las llaves. No tenía tiempo para eso. Con un solo tirón brutal, arranqué la puerta, el metal cediendo bajo mi furia, y entré. Solté la antorcha a un lado, dejando que la luz parpadeara sobre nosotros, y me arrodillé junto a él, mis manos temblorosas recorriendo su cuerpo en busca de señales de vida.
Apenas respiraba.
Lo sostuve entre mis brazos, sintiendo lo liviano que se había vuelto, como si ya no perteneciera del todo a este mundo.
—Estarás bien… te lo prometo —murmuré, más para convencerme a mí mismo que a él.
Sus ojos se abrieron apenas, dos destellos débiles en medio de la oscuridad, y una sonrisa tenue, casi inexistente, curvó sus labios.