Lucien
Los días pasaban y pasaban, arrastrándose con una lentitud desesperante, pero Eryx no despertaba, y yo no me había apartado de él en ningún momento, siempre estaba a su lado, pendiente de cada mínimo cambio, de cada respiración, de cada leve movimiento que me diera una maldita señal de que seguía luchando.
Su respiración se fue regulando con los días, ya no sonaba tan forzada, ya no parecía que cada aliento fuera una batalla, tampoco se quejaba del dolor como al inicio, cuando su cuerpo temblaba incluso en la inconsciencia, y aun así… ese silencio suyo me inquietaba más que cualquier grito.
Sentía una ola de emociones que no me dejaba pensar con claridad, tristeza que me oprimía el pecho, culpa que se clavaba como un cuchillo constante, y enojo… mucho enojo con Hazem, ese infeliz le había hecho esto, lo había dejado así, y todo por su maldita obsesión con las clases sociales, por su forma despreciable de ver el mundo.
Él siempre había creído en esas malditas jerarquías, en que alguien noble no debía mezclarse con alguien de clase baja, como él decía, “un pobre muerto de hambre que no tiene dónde caerse muerto”, yo siempre lo supe, siempre fui consciente de esa parte de él, pero nunca lo frené, nunca le puse un límite… incluso, en más de una ocasión, me pareció gracioso, y ahora esa indiferencia pesaba sobre mí como una condena, porque si yo hubiera protegido más a Eryx, si hubiera prestado atención desde el inicio… él no estaría así ahora mismo.
No sé por qué diablos actuaba como un adolescente atrapado en un romance prohibido, no tenía sentido, yo era el rey, mi palabra era ley, no importaba con quién me acostara ni con quién pasara mis noches, podía incluso abrir un harén si se me antojaba, y nadie tenía derecho a cuestionarme… nadie.
Pero aquella vez… aquella maldita vez en que metí a ese alfa en mi cuarto y terminé humillado, ese rumor se esparció por toda la corte como veneno, y aunque fingieran respeto frente a mí, si guardabas silencio lo suficiente podías escucharlos, susurrando entre sombras, algunos sintiendo lástima, otros burlándose sin piedad… “puede ser el rey, pero eso no le garantiza que un alfa se acueste con él”, “incluso un omega de burdel atrae más alfas que él”, “a los alfas no les gusta que un omega esté por encima de ellos”, “seguro el pobre alfa tenía miedo de que después del acto Lucien le arrancara la cabeza y se lo comiera”… ¿qué demonios?, no era un monstruo, no era un animal… pero sus palabras se quedaron conmigo.
Esas burlas me calaron más profundo de lo que quería admitir, tanto que cuando conocí a Eryx… necesitaba estar seguro, necesitaba saber que lo que había entre nosotros era real, que ambos sentíamos lo mismo, que no volvería a pasar por esa vergüenza, por esa sensación de ser rechazado, de no ser suficiente.
Incluso lo oculté de Hazem, como si esconderlo fuera protegerlo, pero lo único que hice fue convertirlo en un blanco fácil para ese idiota.
Y ahí es cuando la tristeza volvía, golpeándome con más fuerza que cualquier enemigo… porque Eryx estaba en esta cama por mí, luchando entre la vida y la muerte, y lo peor… lo peor de todo es que cuando me vio en ese calabozo no me culpó, no mostró miedo, no mostró rencor… estaba feliz de verme.
Tomé su mano, buscando sentir su calidez, aferrándome a ella como si eso pudiera mantenerlo aquí conmigo, pero no pude evitar que unas lágrimas escaparan de mis ojos, cayendo en silencio, traicionando todo el control que intentaba mantener.
—Lu… por favor… no llores… —su voz fue débil, apenas un susurro, pero suficiente para romperme por dentro.
Levanté la vista de inmediato, como si algo dentro de mí hubiera sentido el momento exacto, y entonces lo vi… Eryx abrió los ojos lo más que pudo, sus párpados pesados, su rostro aún hinchado, marcado por los golpes, por el dolor que yo no había evitado, y aun así… estaba consciente, estaba aquí.
Me acerqué a él casi de golpe, pero antes de llegar a su lado hice una seña rápida a los médicos, a quienes no les había permitido retirarse en ningún momento, obligándolos a permanecer en la habitación día y noche, como si su sola presencia pudiera mantenerlo con vida.
—Eryx… dime, ¿cómo estás?, ¿cómo te sientes? —mi voz salió más baja de lo que esperaba, cargada de una urgencia que no pude ocultar.
—Bien… —respondió con dificultad, su voz rasgada, débil, como si cada palabra le costara más de lo que debía.
Los médicos se acercaron de inmediato, rodeando la cama con movimientos rápidos pero controlados, revisando sus heridas, su pulso, su respiración, murmurando entre ellos.
—Su majestad, él aún no está en condiciones de hablar —dijo uno de ellos con cautela.
Asentí en silencio, aunque no aparté la mirada de Eryx ni un solo segundo, y entonces lo vi… esa sonrisa, pequeña, débil, pero tan suya, tan condenadamente suya que algo dentro de mí se rompió otra vez. La culpa volvió a apretarme el pecho con fuerza, haciéndome sentir miserable, porque incluso así… incluso destrozado… él aún me sonreía.
Ese idiota de Hazem… le recordaría su lugar.
Después de que los médicos terminaron de revisarlo y me aseguraron que estaba fuera de peligro, finalmente les permití retirarse, aunque no sin antes lanzarles una última mirada de advertencia, como si les dejara claro que cualquier error sería imperdonable. Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió a envolver la habitación, dejándonos solos.
—Deberías dormir —comenté, bajando un poco la voz, aunque sabía que no era lo que él quería.
—He dormido mucho tiempo… ansiaba ver tu rostro… tocar tus labios… —sus palabras fueron lentas, pero cada una cargada de una sinceridad que me desarmó por completo.
Incluso en este estado… pensaba en mí.
—¿Puedes… puedes darme un beso…? Yo no me puedo mover… —pidió, y en su voz no había vergüenza, solo una necesidad tan simple, tan honesta, que me hizo doler el pecho.