Lucien
Finalmente, después de tres semanas, Eryx se recuperó por completo; su rostro ya no estaba marcado por moretones ni hinchazón, solo quedaban algunas pequeñas cicatrices que el tiempo se encargaría de borrar, y ya podía caminar y moverse con una facilidad que, aunque aliviaba mis preocupaciones, también me hacía consciente de lo rápido que todo volvía a cambiar a su alrededor.
Cuando estuvo completamente restablecido, abandonó mis aposentos; dijo que no se vería bien si se quedaba, que no era apropiado, que los ojos del palacio siempre estaban atentos a lo que no debían ver, aunque yo… aunque yo deseaba que ignorara todo eso y se quedara de todas formas, como si mi voluntad bastara para protegerlo de cualquier murmullo o sospecha.
Claro, no lo detuve. En su lugar, le concedí unos aposentos mucho mejores, dignos de alguien que pronto ocuparía un lugar más cercano a mí, porque después de todo pensaba nombrarlo mi escolta personal… y algo más, algo que todavía no me atrevía a pronunciar en voz alta, pero que crecía dentro de mí con la misma intensidad silenciosa con la que él había sanado.
***
Eryx
Nunca antes en mi vida había recibido tales atenciones; antes, si me lastimaban, tenía que arreglármelas solo, limpiar mis propias heridas con lo que encontrara y soportar el dolor en silencio, pero ahora… ahora los mejores médicos del reino se habían encargado de mí, con manos expertas y ungüentos que olían a hierbas finas y poder, y no pude evitar pensar que, definitivamente, ser el favorito del rey tenía sus ventajas.
Cuando me recuperé por completo, decidí abandonar los aposentos de Lu; sabía que no debía ponérselo tan fácil, no… debía convertirme en algo más difícil de alcanzar, más interesante, algo que no pudiera simplemente poseer sin esfuerzo, porque no permitiría que Lu consiguiera de mí todo lo que tanto anhelaba sin antes caer completamente en mis redes; debía hacer que se enamorara perdidamente de mí, que me deseara no solo como cuerpo, sino como necesidad, como obsesión… debía hacer que se casara conmigo.
Solo siendo el rey consorte nadie podría reemplazarme, nadie podría apartarme de su lado, y entonces tendría el poder suficiente para deshacerme de ese imbécil de Hazem, borrar su presencia como si nunca hubiera existido, arrancarlo de raíz de todo lo que me estorbara.
Sabía que, después de la paliza que me dio, Lu lo había golpeado también, y que, a pesar de estar tan malherido casi tanto como yo, había tenido que encargarse de los asuntos del reino mientras el rey permanecía a mi lado, velando por mí… y esa imagen, ese desequilibrio, solo reforzaba lo que ya tenía claro: yo estaba ganando.
Y sabía que lo mejor aún estaba por venir; Lu me había llamado para asistir a una reunión del consejo, y aunque no me había dicho nada directamente, tenía una ligera idea de lo que sucedería.
Sonreí para mis adentros mientras caminaba por los largos pasillos de piedra, donde el eco de mis pasos resonaba como un anuncio silencioso de lo inevitable; definitivamente, acabaría con Hazem.
Las grandes puertas del consejo se abrieron frente a mí, pesadas, imponentes, como si guardaran secretos antiguos; los guardias que las custodiaban apenas me dedicaron una mirada fugaz, una mezcla de respeto y curiosidad mal disimulada. Caminé con la cabeza en alto, sintiendo cómo cada paso me acercaba más a lo que quería, hasta detenerme frente al rey, donde me arrodillé con una precisión casi ceremonial, y solo me levanté cuando él me lo pidió.
Me puse de pie, pero no alcé la mirada; aun así, podía ver lo suficiente: los hombres mayores del consejo sentados alrededor de la mesa redonda, con rostros tensos y miradas calculadoras… y a su lado, como una sombra que se negaba a desaparecer, estaba Hazem. A simple vista, se notaba que le había ido peor que a mí; su postura rígida, la forma en que evitaba ciertos movimientos… quise reírme en su cara, burlarme de él, saborear su miseria, pero me contuve. No podía hacer eso aquí. Aún no.
Entonces, la voz de Lu rompió el silencio.
—Como muchos conocen, Eryx ha sido mi guardia —dijo con firmeza, su tono llenando toda la sala—, pero quiero darle un puesto más apropiado para él. Quiero que sea mi guardia personal, que tenga autorización para seguirme a todos lados… y para entrar en mi habitación.
Un murmullo silencioso recorrió la sala, una tensión apenas contenida; todos lo miraron con sorpresa, pero ninguno se atrevió a cuestionarlo demasiado tiempo. Era evidente que quien desafiaba al rey podía terminar como Hazem, así que, uno a uno, fueron asintiendo, algunos incluso alabaron la decisión, llamándolo sabio… aunque yo podía ver la verdad en sus ojos: no estaban convencidos.
Sabía perfectamente lo que pensaban; lo había visto demasiadas veces antes en los rostros de otros.
“Dejemos que el rey se divierta con este alfa atractivo… seguro se aburrirá pronto”.
Y fue entonces cuando una sonrisa, lenta y peligrosa, se dibujó en mi interior, invisible para todos.
No tenían idea de lo equivocados que estaban.
Lo que esos viejos —y Hazem— no sabían era que yo no buscaba que Lucien se enamorara de mí; no… eso era demasiado simple, demasiado débil. Yo quería que se obsesionara, que desarrollara una dependencia enfermiza hacia mí, algo tan profundo que no pudiera respirar sin mi presencia, y gracias a Hazem… todo estaba resultando mucho más fácil de lo que había imaginado.
El rey era un omega que nunca había tenido una relación real, nunca había sentido el peso de la mirada de un alfa reconociendo su belleza, deseándolo de verdad… y eso, en gran parte, era culpa de Hazem. Yo solo tenía que ocupar ese vacío, hacerlo mío, convencerlo de que solo yo podía amarlo, de que no existía nadie más en el mundo capaz de verlo como yo lo veía… o al menos, como yo fingía verlo.
—Si quieres nombrarlo tu concubino, no necesitas darle un puesto más alto —intervino Hazem.