I
Las luces de las velas danzaban a nuestro alrededor,
mientras la luna nos observaba con envidia;
tus ojos cafés se posaban en los míos,
iluminados por pequeños destellos amarillos.
II
Tus manos descansaban entre las mías,
mientras observaba cada detalle de ti;
en aquel instante me perdí en mis pensamientos,
como si el tiempo hubiera dejado de existir.
III
Solo estábamos tú y yo,
nada alrededor se movía;
el mundo parecía distante,
y la noche nos pertenecía.
IV
Entonces desperté.
Fueron solo unos segundos,
pero parecieron una eternidad;
quería escapar de la realidad.
V
Lo comprendí al fin:
ya no estabas aquí.
Aunque me negaba a aceptarlo,
en el fondo siempre lo supe.
VI
Tu ausencia quemaba todo a su paso,
dejando únicamente cenizas;
cenizas que la más mínima chispa
amenazaba con volver a encender.
VII
En algo estábamos de acuerdo:
ninguno daría esa chispa.
Ninguno dejaría su orgullo atrás,
ni tú, ni yo.
VIII
Ahora lo sabía, jamás volverías.
Mis manos extrañan tus mejillas,
el calor de tus manos,
la forma tranquila de tu rostro.
IX
El vacío que dejaste abre la puerta a los recuerdos,
mismos que cada noche regresan;
haciéndome pensar en aquello que fue
y en lo que nunca volverá a ser.
X
Mientras todo eso me consume,
la luna me observa desde lo alto, silenciosa;
como cuando te escribía cartas de amor,
cartas que el tiempo convirtió en cenizas junto a mis sentimientos