El día empieza temprano. Me despierto, me visto y camino hacia la escuela con un solo pensamiento en mente. Allí está ella. Solo soy un niño de diez años intentando entender por qué el mundo se detiene cuando la veo. Es tan linda que me encantaría que supiera lo que siento, pero a veces, las palabras más importantes son las más difíciles de decir.
Los cuadernos de dibujos se llenaron de fórmulas y los juegos en el recreo se convirtieron en largas caminatas de regreso a casa. Pasaron cinco años, y aunque mi estatura cambió y mi voz se volvió más grave, la sensación en mi pecho al verla seguía siendo la misma que cuando tenía diez.
Aquella tarde, el aire se sentía distinto. Caminábamos en silencio, pero no era un silencio incómodo, sino uno cargado de palabras que por fin estaban listas para salir. Nos detuvimos frente al viejo roble del parque, el mismo donde solíamos jugar cuando éramos pequeños.
—He querido decirte esto desde que estábamos en primaria —le dije, sintiendo cómo mis manos temblaban un poco—, pero sentía que las palabras no eran suficientes.
Ella me miró con curiosidad y una sonrisa pequeña, esa que siempre lograba calmarme.
—¿Qué pasa? Sabes que puedes decirme lo que sea —respondió suavemente.
—Es que... no quiero estar en ningún lugar donde no estés tú —confesé por fin—. Te quiero, y no como a una amiga. Te quiero desde que solo éramos unos niños que no sabían nada del mundo.
El tiempo pareció detenerse. Ella bajó la mirada un segundo y luego su sonrisa se ensanchó.
—Tonto... yo también estaba esperando que lo dijeras. Yo también te quiero.