Contigo en tus vidas paralelas

El inicio de nuestro infinito

Nuestra relación creció sobre una base de respeto y admiración. Ella siempre fue la responsable, la que tenía cada detalle bajo control y cuya inteligencia me dejaba sin palabras. Yo, por el contrario, debo admitir que siempre he sido un poco más desordenado, quizá algo "tonto" ante sus ojos cuando pierdo mis cosas, pero ella siempre estuvo ahí para equilibrar mi caos.

A pesar de nuestras diferencias, algo nos mantenía unidos: la determinación. Yo tengo mis metas claras y ella las suyas. Siempre supe que amarla significaba respetar sus decisiones y apoyarla en cada paso de su propio camino, sin intentar cambiar quién era ella.

Presentarnos ante nuestros padres fue un paso natural. Aunque los nervios me hacían nudos el estómago, el respeto que sentía por ella me dio la seguridad necesaria. Quería que su familia supiera que, a pesar de mis despistes, mis intenciones eran tan nobles como el primer día que la vi en el patio de la escuela.

Una noche, bajo un cielo tan despejado que parecía que podíamos tocar las estrellas, nos quedamos en silencio mirando la inmensidad. Yo me sentía pequeño, pero a su lado, todo cobraba sentido.

—A veces me da miedo el futuro —susurró ella, sin apartar la vista del cielo—. El mundo es tan grande y nuestras metas nos pueden llevar por caminos tan distintos...

La miré de reojo. Su perfil se veía perfecto bajo la luz de la luna. Aunque yo fuera el desordenado y ella la que siempre tenía un plan, en ese momento entendí que mi único plan real era ella.

—No importa qué tan grande sea el mundo —le respondí, buscando su mano hasta encontrarla—. Te prometo aquí y ahora que, pase lo que pase, mi camino siempre terminará donde estés tú. Te voy a amar toda la vida, y si la vida no es suficiente, te buscaré en la siguiente.

Ella apretó mi mano y me miró con esos ojos inteligentes que lo comprendían todo.

—Entonces es un pacto —dijo con una sonrisa valiente—. Nos amaremos en este mundo y en cualquier otro que exista.

En ese momento, sellamos una promesa que ni el tiempo ni la distancia, ni siquiera el destino más cruel, podría borrar.




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